Algunos cuentapropistas le hacen el juego al gobierno cubano
Julia de la Rosa es una cuentapropista cubana. Hace 20 años, Julia y su esposo comenzaron su empresa con dos camas y un auto. Hoy tienen un hostal, La Rosa de Ortega, con 10 camas y 17 empleados que ofrece sus servicios las 24 horas de los siete días. Además, están echando a andar una compañía de taxis con viejos carros americanos.
En la página de internet de la Casa Blanca, Julia ha contado su historia en una nota celebratoria por el segundo aniversario de la normalización de relaciones entre Estados Unidos y Cuba. (No entremos en el detalle de cómo la carta llegó a la Casa Blanca o la Casa Blanca llegó a la carta). La apertura del presidente Barack Obama le ha permitido a Julia, también, lograr el sueño de visitar a su familia en Miami y comprar piezas de respuesto para sus taxis.
Por supuesto, yo me alegro por Julia y su familia y los cuentapropistas todos. Imagino cuán difícil tiene que haber sido este camino hacia un relativo progreso en las condiciones de extrema pobreza y caprichosa legalidad impuestas por 57 años de castrismo. Observemos que a lo largo de dos décadas el crecimiento del negocio de Julia, en términos anuales, apenas se manifiesta en un incremento de 0.04 cama y 0.85 empleado. Agréguense los desorbitantes impuestos, las asfixiantes regulaciones, el peaje a las corruptas autoridades, el desabastecimiento crónico, los abusos del mercado negro y la ausencia de una estructura de créditos y seguros. La calamidad, en fin, del pequeño empresario frente al poder totalitario.
En condiciones mucho menos penosas, en cualquier otro país, los empresarios forman gremios, incendian las calles, gritan su justa furia a los cuatro vientos.
Sin embargo, en Cuba, el empresariado, así como la Iglesia, los intelectuales y los artistas, vienen a constituir otra rama de la cancillería. De manera que ahora este cuentapropismo oficialista se ha lanzado a la batalla de ideas. Objetivo: evitar que el presidente electo Donald Trump le exija a Raúl Castro una hoja de ruta hacia la democracia.
Así que hemos visto a Julia en Washington exaltar las virtudes del reencuentro familiar y la libre empresa, como si todas las vicisitudes del cubano vinieran del embargo y todas esperanzas dependieran de la continuidad y el enriquecimiento de los Castro. Al unísono, Julia aparece como cofirmante de una carta enviada a Trump por un centenar de cuentapropistas. “Medidas adicionales para incrementar los viajes, el comercio y las inversiones, incluyendo trabajar con el Congreso de Estados Unidos para levantar el embargo”, dice la carta, “beneficiaría a nuestras compañías, el pueblo cubano y los intereses de Estados Unidos”. ¿En serio, Julia?
El tiempo lo pone todo en su lugar. El cuentapropismo de los servicios al turismo y a la elite nacional se ha convertido en un freno a las libertades de Cuba. Julia no estará a sueldo del gobierno, pero el gobierno sigue siendo su amo. Esta es la disyuntiva de los cuentapropistas. Un paso en falso y te quedas sin nada. Aquí no hay nada nuevo. China tiene más millonarios que Estados Unidos y ninguno está en las filas de la oposición. Dictadura y mercado son perfectamente compatibles. ¿Acaso no había paladares, hostales, peluquerías para perros y prósperos espectáculos de payasos en tiempos de Batista?
Con pesar te lo digo, Julia, porque a gente como tú el esfuerzo le hubiera rendido más, mucho más, en una Cuba libre o en esa Cuba libre que es Miami. Pero esto de prestarle la cara al discurso de la dictadura, por cuenta propia, sí que es un mal negocio.
Esta historia fue publicada originalmente el 21 de diciembre de 2016, 7:50 p. m. with the headline "Algunos cuentapropistas le hacen el juego al gobierno cubano."