Opinión Sobre Cuba

Manual para entender a un cubano

Una mujer y su hija pasan frente a un mural que representa al presidente Donald Trump, en una calle de La Habana, el 16 de junio.
Una mujer y su hija pasan frente a un mural que representa al presidente Donald Trump, en una calle de La Habana, el 16 de junio. AP

Siempre estuve vinculada a la Enseñanza Artística. Mi instrucción se basó en mecanismos de aprendizaje a través de métodos alternativos.

Los programas de estudio de la llamada Escolaridad comprendían refuerzos en humanidades o letras y menor énfasis en el aprendizaje de las ciencias.

La especialidad artística fue diseñada de modo peculiar, recreando formas de asimilación creativas que desarrollaron la fantasía en primer orden.

Los bailarines tuvieron –y hasta hoy tienen– una exigente y canónica escuela cubana de ballet clásico a sus espaldas. Desde los siete años de edad heredan una postura responsable ante las horas de ensayo y sacrificadas clases o entrenamiento físico.


Los músicos, por su parte, cargaron con la imposibilidad de un tiempo de jugar, desarrollando en ese período las destrezas que destilan las carreras largas que se inician a los tempranos seis años durante las pruebas de ingreso en especialidades como piano y violín.

Aquí hasta los genios se incorporan a las escuelas de arte y en poquísimos casos eres un artista profesional sin formación.

Tu crianza tiene que ser, por ende, diferente a la del resto de los niños. Un período aislado, una existencia enajenada, concentrada en tus deberes, lejos muy lejos del resto de las actividades o procesos recreativos de un pionerito común. Solo la política nos conecta con esa realidad insular, por demás, también impenetrable para el resto del mundo occidental.


Recibí el título de preuniversitario en una Facultad Obrera Campesina (FAC) adaptada a jóvenes egresados de esa suerte de plan de asimilación paralelo al que llevaban los estudiantes en toda la isla. Al querer ingresar al Instituto Superior de Arte (ISA) requeríamos una prueba de ingreso general, realizada masivamente a todos los jóvenes del país, pero como se sabe nuestro grupo especial se encontraba en desventaja, especialmente en las Matemáticas.

Ser artista profesional en Cuba no es solo una vocación, gesto o deseo que surge dentro de ti, pues como se sabe aquí todo el mundo canta, baila y gracias a nuestras dotes histriónicas sobrevivimos, se trata del desarrollo profundo de un don, entender, pulir la técnica y participar de una sacrificada manera de vivir tu infancia y adolescencia.


¿Tienes una alimentación adecuada? ¿Tienes transporte para desplazarte? ¿Tienes un hogar, instrumento, espacio coherente para desarrollar todas las habilidades? Casi siempre esas respuestas son negativas y aunque todas estas especialidades en el resto del mundo las estudian niños cuyas familias poseen recursos suficientes para garantizar esas carreras, en Cuba se trata de programas masivos. Alumnos salidos de diversos estratos sociales aprueban estos exámenes y se incorporan a otro sistema de crecimiento técnico e intelectual.

Interpretamos a Bach con el estómago vacío, bailamos con Tchaikovsky en medio de la Escuela al Campo, con el tutú y las zapatillas de punta levitando sobre los cafetales, dibujamos, imprimimos serigrafías o diseñamos con muy pocos elementos prácticos y nada de eso parecía importarnos, nuestros mundos estaban blindados culturalmente y el dinero, el confort, los asuntos cotidianos, incluyendo el hacinamiento y la falta de privacidad, parecían secundarios… hoy me pregunto: ¿Cómo lidiar con la realidad? ¿Cómo entender que el reggaetón –hecho en casa– es la música que la mayoría de los jóvenes cubanos desean bailar y corear? ¿Cómo integrarnos a la actitud que destila esta música?

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