ANDRÉS REYNALDO: El cambio-fraude en Cuba
Los heraldos del cambio-fraude nos dicen que Cuba está cambiando. Con los ojos abiertos de asombro y el gesto amplio, muy amplio. En Miami, nos dicen, queremos tapar el sol del cambio con el dedo del resentimiento. No entendemos nada de nada en Miami. Somos unos trogloditas. Miami es el inmovilismo. La desierta esfera de la antigravedad. Cuba, sin embargo, se mueve.
Lo dicen con tanto énfasis que pudieran sembrarte la duda. Suerte que ahí está la prueba demográfica. Conmovedora, aplastante. La gente, como siempre, vota con los pies. Los viejos, los jóvenes, los obreros y los profesionales. Los que siempre han sido gusanos y los que apenas ayer eran castristas. Sin equipaje. Sin dinero. Huyen de Cuba a como dé lugar. Como se huye de las peores guerras, de las catástrofes que te ponen el agua al cuello. Como se huye desde hace medio siglo de los hermanos Castro.
Hay que escuchar a los fugitivos cuando tocan tierra después de 10 días en una balsa, cuando cruzan la frontera después de atravesar Centroamérica. Lástima que allí no estén los heraldos del cambio-fraude. Los cabilderos del Trimpa Group. Los dialécticos muchachos del #CubaNow. Los encuestadores del Cuba Study Group. Sobre todo, los encuestadores. Porque lo primero que te dicen los fugitivos es que en Cuba nada ha cambiado. Y lo segundo que te dicen es que en Cuba nada va a cambiar.
Entonces, ¿de qué nos están hablando los heraldos del cambio-fraude? Tontos no son. Ni brutos. En general, tampoco son oportunistas. Puede que a este le convenga un auge de los viajes porque tiene un negocio de embalaje en el aeropuerto de Miami. Puede que el otro necesite mano de obra barata para sus negocios. Puede que alguno quiera comprar terrenos por el precio de hoy para vender al precio de mañana. No pasemos por alto la lírica facción de los románticos. La millonaria que sucumbe ante el joven pintor mediocre. El anciano ejecutivo que reencuentra a su primer amor. El peregrino que quiere ir a ver las palmas del patio de su abuela.
Si fuera solamente por oportunismo, me digo, si fuera por ligereza y vanidad, harían menos ruido. Irían a lo suyo. Cada cual a lo suyo, tal como se va por una semana de orgías a Tailandia o se contratan costureras de a centavo por jornada en Guatemala. Aquí hay una altisonante consigna, una hermandad en la acción. De no haberse desprestigiado tanto la palabra, diríamos una militancia. La profunda pulsión de una idea. Una identidad.
Para mí que no podemos descartar buena parte de este fenómeno como una manifestación tardía, vergonzante y en ocasiones pueril de nuestra nefasta cultura revolucionaria. Eso explica, en principio, el sacrificio de los escrúpulos ante el imperativo de su misión: convencer a Washington, a la banca, a los criadores de pollos de Arkansas, a los vendedores de fosforeras en Hamburgo, de lo que nadie consigue convencer al cubano de pie.
La racionalidad, no digamos ya la moral, cruje ante la presunción de que un cuentapropismo estrangulado por los impuestos y la arbitrariedad burocrática anuncia unas plenas libertades económicas, mientras que la familia de Raúl Castro controla el 80 por ciento de la economía. El mal no es excusable por sus variaciones de grado. La misma policía que tolera las críticas de un par de raperos reparte palos todos los domingos a las Damas de Blanco y asesinó a Oswaldo Payá.
El cambio-fraude es la construcción de un nuevo modelo de opresión. Nacionalista, oligárquico, dinástico, policíaco. El sol del raulismo que nos sigue dejando a oscuras.
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Esta historia fue publicada originalmente el 4 de noviembre de 2015, 2:31 p. m. with the headline "ANDRÉS REYNALDO: El cambio-fraude en Cuba."