WENDY GUERRA: Navidad de papel en Cuba
Mi madre y yo lo hacíamos todo en secreto. El secreto nos permitía no separarnos y para eso había que abrir los ojos y cerrar bien la boca.
“¿Qué es la Navidad?”, le pregunté un día cuando me dijo que el aire de diciembre olía a Navidad, y que en estos días hasta podía sentir el remoto sabor de las castañas en su boca. “¿Qué son las castañas?”
“La Navidad es…” Se detuvo cuidadosa afirmando su mano sobre la mía, guiándome por la avenida más peligrosa de Cienfuegos. Al alcanzar la acera me despeinó intentando peinarme con sus pequeñas manos, inclinándose hasta mi oído le escuché decir: “Es el instante en que lo esperamos a Él”.
“¿Quién es Él?”, dije curiosa. “Él es todo”, respondió risueña.
Era el año 1976, y vivíamos en un apartamento a la altura del puerto; mi madre decidió celebrar su Navidad esperando a alguien que llamaba Él, pero que no nombraba para que yo no la delatara en la escuela repitiendo su nombre. Siempre fui alguien que habló demasiado.
Él podía ser desde José Martí hasta mi padre.
Ser religioso, entonces, significaba traicionar, entrar a una iglesia, conspirar contra de la Revolución que debía ser, para nosotros, la única adoración posible.
Mi madre, aunque trabajaba en un “medio ideológico”, la emisora Radio Ciudad del Mar, me llevó a la Catedral para que viera un arbolito. Entramos tan nerviosas y excitadas, caminamos despacio; aquel lugar estaba tan vacío que nos parecía haber cruzado una franja sembrada de bombas, el límite justo entre la realidad y la fantasía nos esperaba junto al púlpito.
El olor a incienso siempre me recordará la Navidad. El sonido del órgano tocando... ¿Solo? Villancicos que también contaban la inminente posibilidad de que llegara Él.
Mi madre me cargó para tocar la estrella, yo sentía que era una niña en brazos de otra niña porque ninguna de las dos alcanzamos el cielo de esferas multicolores.
Caminamos solas, sin que nadie lo impidiera, dentro del enorme nacimiento bordado de animales y diminutos personajes de porcelana, todos y cada uno de ellos eran seres desconocidos para mí. A la salida del templo pude ver amontonadas varias cajas de regalos, rápidamente mi madre me aclaró que nada de eso era para nosotras.
Entonces me habló de religión, me dijo que esta era una celebración religiosa donde se esperaba la llegada de un niño muy especial, me contó que había estudiado en un colegio americano, en un colegio protestante. Me contó sobre los protestantes, los cuáqueros. Mi madre dijo que a pesar de todo eso ella era atea. “¿Qué es ser atea, mami?”. “No creer en esto, ni en aquello, no creer en nada más que lo que se ve”, dijo sacudiendo su cabeza. “¿Tampoco crees en mí?”, pregunté. “En ti y en mí sí creo”, dijo, intentando salvar esta situación desconocida.
“¿Pero si eres atea por qué te gusta tanto la Navidad?” Porque la Navidad es la fantasía y yo quiero, necesito, al menos, conservar mi fantasía.
Entonces fue cuando me convencí de que mi madre sí era una niña y que también quería todos esos regalos que quedaron amontonados en la Catedral.
Supe que el desvelo era para que el niño, al llegar, se sienta amado, porque ese niño... Mi madre, cuando temía explicarme algo, no terminaba las frases.
–Yo quiero mi Navidad, dije resuelta.
La noche del 24 de diciembre de 1976 tuve una Navidad especial.
Nos pasamos días cortando piezas de papel, fabricamos un Nacimiento con papelitos recortados. Arrastramos un pequeño pino hasta el apartamento y tejimos una especie de origami tropical.
Mi madre cocinó huevo con canela y azúcar reproduciendo el sabor del turrón de yema. Gaspar, Melchor y Baltazar fueron recortados y pintados en el abstracto estilo en el que ella dibujaba a los adultos.
Casi a las 12 de la noche, mami me invitó a subir a la azotea y reprodujo el retablo navideño bajo el cielo estrellado de diciembre. Ese día tampoco hubo luz, la ciudad permanecía tan apagada como nuestro arbolito de papel. Fue entonces cuando se le ocurrió incendiar el retablo y las llamas iluminaron, como un milagro, nuestras piezas prohibidas.
Los vecinos se asomaron para ver nuestro milagro, un pino encendido en el oscuro esplendor de diciembre, donde a Él se le había ocurrido llegar de forma clandestina, hasta el nido de dos niñas que jugaban a ser madre e hija.
Sigo en Cuba, otra vez llegó diciembre, ahora pueden verse los arbolitos en las casas y algunos hasta se animan a celebrar parte del ritual.
Han pasado 40 años, mi madre ya no está, nunca he vivido el verdadero espíritu de la Navidad, que para mí sigue siendo un ejercicio clandestino.
Sigo esperándolo a Él, sé que vendrá a encender, a iluminar mi ciudad apagada.
Escritora cubana residente en La Habana.
Esta historia fue publicada originalmente el 19 de diciembre de 2015, 11:00 a. m. with the headline "WENDY GUERRA: Navidad de papel en Cuba."