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Opinión Sobre Cuba

ANDRÉS REYNALDO: Navidad es patria

Mi padre contaba que ya la Navidad de 1959 había sido sombría. En la mesa faltaban dos tíos: uno fusilado y otro en el exilio. De un año al otro la mesa fue quedando grande. Al paulatino empobrecimiento de la cena siguió la prohibición oficial de la fiesta. Había que celebrar a puerta cerrada si había algo, o alguien, para celebrar. Casi nadie se atrevía a poner un pesebre. Un arbolito, con sus luces ardiendo triunfalmente en las ventanas, era una provocación contrarrevolucionaria.

Fidel Castro siempre apuntó al espíritu del cubano. La destrucción económica se le da por la intrínseca incapacidad de creación de las criaturas diabólicas. Sí, lo que Fidel vino a destruir fue el espíritu. Está en su naturaleza. Otros querrán explicarlo de manera más científica y hasta con mayor madurez. Pero la mayoría lo ve de una manera directa y sana: Fidel es una mala persona. Un agelasta: el que nunca ríe, el que desconfía de los hombres felices. Para que entiendan los niños: el monstruo que vino a robarnos la Navidad.

A principios de la década de 1970 empezamos a quemar el ñeque los 31 de diciembre. Un deforme muñeco de papel o paja, al que cada cual le prendía un papelito con una purgativa petición. Que desaparezca la envidia. Que muera la mediocridad. Sin embargo, con los años, la construcción del ñeque se tomaba días y las peticiones eran subversivamente crípticas. ¡Que se muera quien tú sabes! Ya el ñeque de 1979 era un frankensteiniano esperpento de ocho pies, con una gorra verde olivo y una barba de acuarela negra, que ardió hasta las cenizas en la esquina de Empedrado y Mercaderes, mientras convencíamos a dos policías orientales de que estábamos quemando al Tío Sam.

Luego, la primera Navidad en Estados Unidos. Nunca fui tan pobre como en aquel Nueva York de 1980. Tampoco volví a aprender tantas cosas en tan breve tiempo. Los primeros exiliados cambiaron de país; los marielitos, de civilización. En el contraste descubrí cuán norteamericana era la Cuba de mis abuelos y mis padres, con su inocente pujanza hacia el progreso, su edificadora curiosidad, su rechazo a la mugre física y espiritual. Ah, cuánto debían odiar a esa Cuba los revolucionarios de oficio, los parásitos, los débiles de lomo y la estéril ralea del choteo. Aquel país, aquel mundo de mis abuelos y mis padres, merecía por lo menos mejores enemigos.

“La próxima Navidad en Cuba”, es un brindis que pasó de la nostalgia a la retórica. Para muchos, Cuba sigue siendo un compromiso, pero no una posibilidad. Proporcional al ritmo de su destrucción, a la espantosa síntesis de sus taras, el país puede hacérsenos irreconocible. La patria, si no es comunión, se hace mero territorio. A los pocos que no quieren exiliarse en aras de resistir, a los pocos que salen apaleados y regresan a recibir palos, hay que darles el crédito de una desmesurada valentía y una recalcitrante esperanza. Ellos nos dejan, al pie del árbol familiar, la confirmación de nuestra amenazada identidad.

Cuando salga publicada esta columna vamos a estar en la plena resaca de la Nochebuena. La ola de la celebración habrá traído las indiscretas anécdotas familiares, las discusiones que permanecen dormidas por un año a la espera de su cautivo auditorio, los reencuentros, los regalos de otra talla y los planes de irnos este verano adonde nunca vamos a ir. La modesta, contradictoriamente gloriosa, partitura de la felicidad. A puerta abierta.

¿Qué más puedo decir? La dicha de estar en Miami alivia la pena de no estar en La Habana. Con creces.

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Esta historia fue publicada originalmente el 24 de diciembre de 2015, 0:11 p. m. with the headline "ANDRÉS REYNALDO: Navidad es patria."

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