ANDRÉS REYNALDO: Plegaria de año nuevo
Hoy comienza el año que viene. Ya sabemos el ritual. El propósito de la celebración del Año Nuevo, decía G. K. Chesterton, no era creer que teníamos otro año por delante, sino que podíamos tener una nueva alma y un nuevo cuerpo. Sobre todo, una nueva mirada.
De eso debe tratarse. Volver a verlo todo con nuevos ojos. Confiar, aunque sea por unas horas, en la siempre traicionada posibilidad de bajar unas cuantas libras, poner orden en el ático y hacer una huerta en el patio. Las resoluciones son el reverso de nuestras irresoluciones. El cíclico testimonio de nuestra humana imperfección. Hacemos las promesas de Año Nuevo como si no nos conociéramos. Descaradamente. Como si los demás tampoco nos conocieran.
Juan Eduardo Cirlot, el gran hermeneuta catalán, alude en su formidable Diccionario de símbolos a la idea primitiva de que la persona atraviesa un proceso de regeneración entre diciembre y junio. El tránsito de seis meses entre una muerte y una resurrección. Cualquiera dirá que a diario morimos y renacemos, al menos en una dimensión celular. Los cumpleaños, también, facilitan un argumento poético para renovarse. Pero no cabe duda de que el primer día de enero trae una ineludible llamada, la ilusión de que podemos caminar un paso por delante de nosotros. De este modo, volviendo a Chesterton, conseguimos mantenernos en camino, que es todo lo que importa.
Un amigo que estuvo en prisión por 20 años en Cuba hablaba de la inequívoca percepción del domingo y el Año Nuevo. Aun en confinamiento solitario, sin cambio en las rutinas y los ruidos, el prisionero notaba la misteriosa calidad de esas fechas. “Parece domingo”, decimos de los días excepcionalmente tranquilos. Percepción que, por ejemplo, debe escapar a la gente en Israel y algunos países árabes, cuyos fines de semana comienzan el viernes. Igualmente, el Año Nuevo de chinos y judíos no cae 31 de diciembre. ¿Por qué una construcción cultural se experimenta como un fenómeno ontológico? ¿Por qué nuestro domingo y nuestro primer día de enero sorprenden con este no sé qué?
Pocas veces podemos hacer borrón y cuenta nueva. De hecho, pocas veces conviene hacerlo. Quien mucho empieza nada termina. Todos los días escribimos los borradores de una obra en progreso. Unos pocos capítulos salen en limpio. Otros, acaso los más importantes, siguen llenos de tachaduras. Cada uno esencial a nuestra particular narrativa. Capítulos banales y trágicos. Capítulos de apenas un párrafo y de 300,000 palabras. De joven, el Año Nuevo se presentaba con la urgencia de quemar y reescribir las páginas. Pasados los 50, preferible releer. La relectura es simpatía. De la simpatía, según Plotino, surge el encantamiento.
Sea este, pues, un día encantado. El único día que recibimos con champán y las uvas de 12 deseos. “Bienvenido el Año Nuevo”, celebraba el poema de Rilke, “pletórico de cosas que nunca han existido”. Por supuesto, antes del mediodía ya habrá sido quebrada más de una promesa hecha a la medianoche. Las resoluciones trocadas en contradicciones. Nadie cambia con un brindis. Por lo demás, ¿por qué tenemos que cambiar con un brindis? Brindemos, entonces, por lo que no queremos cambiar. ¿Para qué complicarnos? Una libra de más no va a matarnos y el caos del ático no se cuenta entre los pecados capitales.
Dios responde rápido a las plegarias simples. Hago mía, para el 2016, una oración de los antiguos campesinos escoceses: “Señor, bendice a mis hijos y mi mujer. Bendice mis herramientas y mis ovejas”.
Esta historia fue publicada originalmente el 31 de diciembre de 2015, 1:28 p. m. with the headline "ANDRÉS REYNALDO: Plegaria de año nuevo."