ANDRÉS REYNALDO: Aire para Raúl Castro
Los heraldos del cambio-fraude razonan: medio siglo de una política de hostilidad no consiguió derrocar a los Castro; optemos, entonces, por la distensión. Todo sea por el bien del pueblo.
El argumento tiene sus debilidades, cuando no sus falacias. ¿No habrá fracasado la política anterior por ser insuficientemente hostil? ¿Alguien ha visto alguna vez que la distensión le haya atado las manos a los Castro? Ahí están, para ejemplo, las administraciones demócratas de Jimmy Carter (1977-1981) y Bill Clinton (1993-2001).
En 1978, Carter buscó la normalización con Fidel. Para empezar, se le ayudó a deshacerse de miles de presos políticos que, en la cárcel, eran un problema de imagen y, en la calle, un problema de seguridad. El paquete incluyó la creación de la industria de viajes y remesas, a precios de extorsión. Controlado por la Seguridad del Estado a través del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos, nació el proyecto colaboracionista de una “comunidad cubana en el exterior”, en oposición a los valores del exilio.
El 21 de noviembre de ese año, Fidel declara: “Esto no se pudo hacer antes, ¡ni pensarlo!, porque había una situación de Estados Unidos muy grave en la época en que la CIA y el gobierno de Estados Unidos preparaban el asesinato de los dirigentes de la Revolución, los sabotajes, la contrarrevolución, los desembarcos de armas, que sostenían una guerra activa contra la Revolución Cubana”.
Esto no lo inhibió de lanzarse a la aventura de Angola, bendecir la invasión soviética de Afganistán como presidente del Movimiento de los No Alineados, ayudar con armas, hombres y logística a establecer el régimen de los sandinistas y arrojar contra Miami una bomba demográfica de 125,800 refugiados, por citar lo más obvio.
En la quimera de la normalización, Clinton tuvo dos poderosos factores en contra: un agresivo lobby cubanoamericano lidereado por Jorge Mas Canosa y un Congreso dominado por los republicanos en ambas cámaras desde 1994. Curiosamente, ese es el año del Maleconazo y el llamado éxodo de los balseros.
En 1996, cazas cubanos derriban dos avionetas de Hermanos al Rescate en aguas internacionales. Tres de las cuatro víctimas eran ciudadanos estadounidenses. Clinton rechazó el consejo de sus asesores de bombardear objetivos militares castristas. En febrero del 2014, en La Habana, Raúl alardea ante el congresista James McGovern, demócrata por Massachusetts: “Yo di la orden. Yo soy el responsable”.
La enfática confidencia raya en la provocación si consideramos que ya estaban en plena marcha las negociaciones con Obama. A McGovern no se le achica el entusiasmo por el cambio. Sin pestañear, piensa: “Con este hombre podemos hacer negocios”.
También en 1996, Clinton detuvo el encausamiento de un fiscal federal contra Raúl por narcotráfico. Entonces, fuentes del Departamento de Justicia dijeron al Miami Herald que se trataba de un caso sólido. Más sólido aún que el caso contra el hombre fuerte de Panamá, Manuel Noriega, en 1988.
La mejor manera de predecir el comportamiento futuro está en la observación del comportamiento pasado. A un año del restablecimiento de relaciones se ha agravado la represión y no han aumentado las oportunidades económicas del cubano de a pie. Norcoreanamente, la semana pasada, las autoridades la emprendieron contra los carretilleros y los bicicleteros. En los campamentos de refugiados de Centroamérica, cubanos de todas las edades y condiciones repiten las mismas historias de opresión, escasez y desesperanza del último medio siglo.
Al amparo de la distensión, en espera del capital extranjero, la elite toma un segundo aire. Con Raúl sí se puede hacer negocios. Nadie dirá que por el bien del pueblo.
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Esta historia fue publicada originalmente el 27 de enero de 2016, 2:38 p. m. with the headline "ANDRÉS REYNALDO: Aire para Raúl Castro."