Trasfondo

Cuba sin minifaldas: las mujeres cubanas emigran solas

Una mujer saluda a la llegada del crucero Adonia a La Habana, en mayo del 2016.
Una mujer saluda a la llegada del crucero Adonia a La Habana, en mayo del 2016. AP

Ya no son las mujeres cubanas quienes se quedan ancladas esperando en la orilla a sus hombres como “Penélopes” del Caribe. Por la experiencia vivida con nuestros padres y abuelos, sabemos que los hombres generalmente no regresan, o si regresan, lo hacen de vacaciones una vez al año, casi siempre casados con extranjeras que conocieron al calor del combate en otras tierras.

Excepto las prostitutas o aquellas damas que todavía se animan a casarse para emigrar, la mayoría de las mujeres de esta nueva generación se exilian solas.

Son muchas las que hoy se trasladan al extranjero con el pretexto de cursar maestrías o doctorados fuera de la isla y una vez allí, poco a poco, se abren camino a base de valor y soledad, sin familia y haciendo nuevos amigos. Amparadas por algunos pocos conocidos en países de Europa, Asia, América Latina y hasta en Angola, te encuentras cubanas que trabajan duro para ayudar a su familia en la isla.

La Habana y las capitales de provincia presentan hoy un paisaje humano envejecido, pues cada año se siguen escapando muchísimas de estas jóvenes que, entre los 25 y los 45 años, deciden abandonar la isla para ayudar a sus padres, hijos y maridos. Caminas por la ciudad y te cuesta encontrarlas, pero en cambio, si viajas por el mundo aparecen por todas partes, solas y valientes, limpiando o sirviendo en bares, impartiendo o recibiendo cátedra en diferentes universidades, cantando en un coro o atendiendo en una tienda por departamentos. La Habana y el resto de las provincias se ha quedado sin muchachas en minifaldas, ya no las encuentras riendo, llorando o enamorándose en las esquinas con alguien de su edad. Cuba se ha quedado sin esas mujeres que al graduarse de la enseñanza media o la universidad deseen integrarse a la sociedad socialista y allí echar raíces.

¿En qué lengua será narrada la historia generacional de estas mujeres cubanas asentadas en el exilio?

Algunas encuentran las rutas más sofisticadas, simples o delirantes para emigrar. La vía no importa, el asunto es desplazarse a un sitio donde poder laborar, desarrollarse y capitalizar. Un porcentaje bajo de esta generación sí ha preferido permanecer en su país natal, compartiendo la vida con sus padres y hermanos, desarrollando sus carreras y asumiendo que, aunque no reciban el sueldo merecido por lo que ellas aportan, se sienten bien en el lugar donde nacieron. En mi grupo de amigas tengo varias que comparten conmigo la necesidad de seguir vivir en la isla, pero debo reconocer que hoy nosotras en Cuba somos minoría.


Muchas se encuentran al cuidado de adultos mayores que dependen completamente de ellas y no se animan a abandonarles.

No todas estas cubanas que se quedan en su patria deciden parir y cuando lo hacen, generalmente solo se animan a tener un hijo.

En el año 2015 se produjeron en Cuba 125,064 nacimientos, 2,421 más que en 2014, pero en el 2016 bajó nuevamente la taza al reportarse 116,872 partos. Una de las principales causas de este declive es la ausencia de mujeres en plena edad reproductiva en la isla.


Los hombres cubanos que hoy tienen de 25 a 45 años y decidieron quedarse a vivir aquí se lamentan por no encontrar mujeres de su generación con intereses comunes para fundar una familia. El drama es cada vez más visible en los medios cuando ves la fotos de tus amigas mayores que han viajado al extranjero para auxiliar en el parto a sus hijas que lejos, muy lejos de nuestro terruño, dan a luz a un niño alemán, español, israelí o norteamericano.


¿En qué lengua será narrada la historia generacional de estas mujeres cubanas asentadas en el exilio? ¿Quiénes serán sus azarosos o entrañables testigos? ¿Cuándo volveremos a tener experiencias comunes, cumpleaños juntas? ¿Será posible hablarles en cubano a los hijos de estas muchachas que siguen abandonando en masa el país?

¡Adiós a las minifaldas! Buen viaje y buena suerte, me digo cada vez que llego al aeropuerto José Martí y las veo entrar a los vuelos internacionales con los ojos aguados, pero sin mirar atrás.

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