Artes y Letras

Wendy Guerra se libera del ‘encierro insular’ en una novela viajera, ‘La costurera de Chanel’

De todas las versiones de Coco Chanel que las artes nos han entregado últimamente, incluyendo la de Audrey Tautou y la de la extraordinaria Juliette Binoche, la Gabrielle de la novela más reciente de Wendy Guerra es la que mejor refleja el personaje complejo y siniestro que fue la diseñadora francesa.

Además de colaboracionista del nazismo, Chanel llegó a invocar una de las leyes antisemitas más crueles para deshacerse de sus socios empresariales judíos, como muestra la serie The New Look (Apple TV), con el temido resultado de que, por su denuncia, esos hombres podían haber terminado en un campo de concentración.

En La costurera de Chanel, que Guerra presenta en Books & Books de Coral Gables el sábado 3 de mayo, con las palabras introductorias del escritor Armando Correa, la protagonista no es Chanel, sino una joven heredera de provincia, Simone Leblanc, que recibe el don de la costura de su madre y su abuela.

Junto con la sirvienta y después socia de Simone, Teresa Lenormand de Mezy, que como Gabrielle fue criada en un orfanato, forman un trío de mujeres fuertes que responden a las tragedias con talento y trabajo.

No es por gusto que Simone prefiere llamar a Chanel por su nombre de pila, Gabrielle, con el que sus íntimos la conocen antes de convertirse en la famosa Coco Chanel. Es esa Gabrielle, que desaparece y aparece con frecuencia, la que acompaña, entretiene o inspira a Simone ante la muerte y el abandono de sus seres queridos o en momentos difíciles de las dos guerras mundiales.

La costurera de Chanel (Lumen, 2025) es una novela viajera que lleva al lector a Arcachon, un pueblo marítimo al suroeste de Bordeaux, donde está la mansión Leblanc; a París, donde está el atelier de Chanel en la Rue Cambon o el hotel Lutetia, escenario de una velada que cambia la vida de Simone y en la que uno de los invitados es Igor Stravinsky. También viajan los personajes a La Habana, la tierra de Teresa, que tiene un encanto curativo para ellas.

Si los nombres famosos están en el trasfondo, los más importante son los seres sin nombre, como Simone y Teresa, que emergen de las grandes conflagraciones sumergiéndose en una intensa actividad, como la restauración de un palacete.

La referencia a Alejo Carpentier en el apellido de Teresa, igual que el de uno de los personajes de El reino de este mundo, ofrece una clave sobre lo que el hombre puede hacer ante las revoluciones o las guerras. No se puede cambiar que la guillotina llegue a América en El siglo de las luces, con toda la destrucción que el hecho anticipa, pero sí se puede oler el salitre desde la proa del barco.

Simone tampoco puede cambiar que un café de París, en el que el día anterior le han prestado ayuda, al día siguiente ya no vuelva abrir. Pero sí puede transformar el palacete que le legó su tío y, para espantar la humedad, crear sus propias fragancias. ¿La génesis quizás del famoso perfume de Chanel?

“Gabrielle Chanel nos ayudó a encontrar un estilo, ese que llevamos prendido en el cuerpo como una camelia blanca”, dijo Wendy Guerra, autora de ‘La costurera de Chanel’, fotografiada en Paquita Parodi’s Costume Collection, en Miami.
“Gabrielle Chanel nos ayudó a encontrar un estilo, ese que llevamos prendido en el cuerpo como una camelia blanca”, dijo Wendy Guerra, autora de ‘La costurera de Chanel’, fotografiada en Paquita Parodi’s Costume Collection, en Miami. Pedro Portal pportal@miamiherald.com

Simone, Chanel y Teresa son hacedoras de belleza, como la moda de Chanel, que libera el cuerpo femenino. “Bastaba desabotonar un simple lazo para soltarlo todo y verlo descender de mis pechos a la alfombra”, dice Simone sobre un traje de noche que lleva el sello innovador de Chanel.

La costurera de Chanel es un libro sensual para disfrutarse a la orilla del mar, con sombrero y anteojos, aunque no sean de Chanel, dejando que la arena y la espuma nos lleven por el placer de la lectura.

Decía Vargas Llosa que escribir una novela es como un strip-tease porque el novelista muestra sus nostalgias, sus culpas, sus rencores. ¿Cumple ‘La costurera de Chanel’ ese rol para ti y en qué sentido te desnudas?

La costurera de Chanel no es una novela nostálgica, posee esa inmediatez que imprime el presente en los sucesos irreversibles. Acontecimientos que irrumpen en nuestras vidas cambiándolo y revolcándolo todo, y que, sin embargo, logramos registrar y asir con organicidad. Se trata de un texto lírico, una especie de ensayo sobre la belleza, donde las sensaciones se van contando despacio, con el cuidado y la cadencia que invierte su protagonista en terminar los vestidos.

En este caso se trata de entallar y vestir; de los desnudos me he ocupado ya en libros anteriores, en la construcción de un mito como mujer y autora contemporánea. Aquí estamos hablando de otra poética, una obra escrita con la sofisticación de un poema de 376 páginas. Novela de ficción trabajada y decantada hasta el agotamiento, con la plenitud y felicidad que encuentra al narrador mientras va bordando a mano su texto, palabras y sensaciones hilvanadas con hilo de seda sobre algodón egipcio. La sensación está mejor definida en la cita de François Vallée: Le bonheur: s’épuiser dans la pure percepción…(La felicidad: agotarse en la pura percepción).

Durante varios años leímos tus crónicas sobre Cuba. Ahora sitúas tu novela en un pueblo de mar francés. ¿Cómo das con Arcachon y en qué sentido puede tener puntos similares con Cuba?

A lo largo de la historia los autores han escrito desde y sobre lugares diversos. Un ruso desde Nueva York, un francés desde Abisinia, un checo desde París. Esa extraña sensación de encierro insular, de estar rodeado de miedo y agua, de saber nadar, y no querer o no poder llegar a la otra orilla es muy peligrosa, porque te convierte en autor de un solo libro. Somos ciudadanos del mundo y convivimos en esa fascinante multiculturalidad que nos abre a infinitos universos, acentos, espacios y formas de asentamiento cultural.

Nadie lo ha dicho mejor que Julián del Casal. : ‘Amo el bronce, el cristal, las porcelanas, / Las vidrieras de múltiples colores, / Los tapices pintados de oro y flores / Y las brillantes lunas venecianas. // Amo también las bellas castellanas, / La canción de los viejos trovadores, / Los árabes corceles voladores, / Las flébiles baladas alemanas; // El rico piano de marfil sonoro, / El sonido del cuerpo en la espesura, / Del pebetero la fragante esencia, // Y el lecho de marfil, sándalo y oro, / En que deja la virgen hermosura / La ensangrentada flor de su inocencia’.

Hay que soltarse y cambiar el registro, solo la confianza en lo que puedes ser capaz de transportar a través de esa otra partitura que es la forma de narrar, sacará a tu obra de ese cansancio profundo que sienten, primero los agentes y editores, luego los lectores, académicos y finalmente la crítica, cuando ya la obra de un autor alcanza un grado de agotamiento y ya no da para más.

Arcachon es la ciudad marítima francesa donde vivió la madre de quien fuera mi esposo por más de 30 años. En ese lugar nació una leyenda que vincula a la familia cubana con una particular costurera francesa, para mí un enigma, de la cual nunca supimos demasiado, motivo suficiente para que una autora decida recrear la vida de Simone Leblanc, Gabrielle Chanel y Teresa Lenormand de Mezy y su nexo con la moda, el buen gusto y la alta costura, cultivada y protegida por manos femeninas que sobrevivieron juntas al horror que viviera Europa en el siglo XX.

El colaboracionismo de Coco Chanel durante la ocupación nazi de Francia se ha dado a conocer aún más por la serie ‘The New Look’. ¿Qué descubres sobre la diseñadora durante tu investigación para la novela que quizás no imaginamos?

Coco Chanel fue, desde su infancia, una criatura abandonada a su suerte. Una mujer solitaria, sin asideros sentimentales, un genio que se propuso crear para sobrevivir a toda costa. Lo que nos queda de su nombre, lo que podamos decir de ella sin temor a equivocarnos o a incurrir en acusaciones vacías, o inexactitudes históricas, habla del patrimonio tangible e inagotable que nos legó, y del que disfrutamos hasta el día de hoy. Gabrielle nos ayudó a encontrar un estilo, ese que llevamos prendido en el cuerpo como una camelia blanca. El resto sería contar la novela.

La escritora Wendy Guerra, que presenta su novela más reciente, ‘La costurera de Chanel’, el sábado 3 de mayo en la librería Books & Books de Coral Gables, posa junto a vestidos diseñados por Coco Chanel, parte de la colección de Paquita Parodi, que tiene su sede en un edificio restaurado en Wynwood, Miami.
La escritora Wendy Guerra, que presenta su novela más reciente, ‘La costurera de Chanel’, el sábado 3 de mayo en la librería Books & Books de Coral Gables, posa junto a vestidos diseñados por Coco Chanel, parte de la colección de Paquita Parodi, que tiene su sede en un edificio restaurado en Wynwood, Miami. Pedro Portal pportal@miamiherald.com

Nombras a uno de tus personajes Teresa Lenormand de Mezy. ¿Qué hay detrás de este guiño a Carpentier y su novela ‘El reino de este mundo’?

El apellido de Teresa Lenormand de Mezy pertenece a un personaje que asoma en El Reino de este mundo: Monsieur Lenormand de Mezy. Este colono existió y sigue siendo una inspiración de lo que fuimos y a lo que no deberíamos nunca renunciar al relatarnos. Aunque en la narración de Alejo es solo una misteriosa referencia, él fue el verdadero dueño de Ti Noel, el esclavo que cuenta y guía toda la novela. Monsieur Lenormand de Mezy pasó muchos años entre Cuba y Haití, y perdió mucho dinero en los juegos de azar. Yo he aprovechado para establecer una conversación sobre Francia y su huella en las islas, levantando así una estructura de dos pisos, donde reluce y resuena el Caribe como parte de la memoria cultural de una de sus protagonistas.

Esta es una novela muy táctil: los hilos, las telas, la conexión entre las mujeres de la familia. ¿Cómo se vincula tu formación en el cine y tu pasión por las artes plásticas con el proceso de escribir y con la misma novela?

Mi obsesión por lo sensorial, el ejercicio de sentir el color a través de la iluminación, los tejidos a través de cuerpos que se van liberando, sacudiendo, transformando hasta aligerar toda su carga, conforman la revisión de un mundo que debe ser sentido antes de ser narrado: la historia del hombre vista desde la evolución del vestuario es parte trascendental de nuestros acuerdos con el lector.

Existe toda una tradición literaria que encarnan, a la par de la literatura, el cine y las artes visuales, abordando el lenguaje sensorial como forma de verosimilitud. Sin Caravaggio o Modigliani no pudiésemos saber en qué ambientes se movían sus contemporáneos. A esta tradición reconstructiva, casi antropológica, me encomiendo cada día desde que investigué y escribí Posar desnuda en La Habana, es justo desde allí que decidí narrar La Habana de Anaïs Nin (1923) en su etapa temprana.

La literatura francesa de los siglos XIX y XX ha trabajado de manera pormenorizada estas descripciones, alcanzando un estatus modélico en autoras y autores que eligen colocar a sus personajes en ambientes que nos transportan y convencen hasta hacernos viajar y perdernos con ellos en sus descripciones.

Ahora que ha muerto Vargas Llosa muchos autores han resaltado su deuda con él. ¿Cuáles son los escritores que han influido en ti y cuáles te interesan hoy más?

Tener deudas ante la tradición del conocimiento me remite al martirologio religioso. En mi caso, al político. El boom latinoamericano, donde Gabo y Mario son pilares fundamentales, abrió al lector un universo estético conceptual, temático e ideológico que cambió la página en blanco o la forma de ver a los autores latinoamericanos. Sin este movimiento no se hubiese podido leer, del modo en que se lee hoy, a escritores como Roberto Bolaños. Todos ellos son parte del reservorio que nos guía, como un faro en la inmensidad de las bibliotecas y librerías.

Hay un duelo en ‘La costurera de Chanel’ por la pérdida de la madre de Simone. ¿Están presentes tus propios duelos? ¿Qué pudieras decirnos para gestionar esos sentimientos?

La tragedia griega y el teatro de Shakespeare encarnan el terrible acoso que el duelo produce en el cuerpo y la mente del ser humano, la canal, el juego patrimonial, el flujo y caudal incontenible hacia la literatura, la forma en que el autor utiliza estos residuos, y los coloca en la obra provocando estropicios en el lector.

Diario de duelo, de Roland Barthes, es uno de esos ejemplos de tránsito irremediable hacia lo que persistirá en el tiempo. Los libros son documentos vivos, criaturas que nacen y crecen como un amparo para seguir adelante. El problema de las pérdidas, más allá de la poderosa droga que resulta el apego, se basa en la complejidad de encontrar en el camino a seres más interesantes de los que hemos perdido.

Los artistas callan sobre sus planes, pero si hay algo que nos puedas contar y que viene en el futuro, pues escuchamos.

Puedo adelantar que el filme All We Cannot See, dirigido por el magnífico director venezolano Alberto Arvelo, con un guion coescrito por ambos (mi primer guion para largometraje) competirá el próximo mes de junio en la edición del prestigioso Festival Tribeca, 2025.

Se trata de una coproducción entre Estados Unidos y España producida por Gabriela Camejo. La película cuenta con la actuación de las excelentes actrices María Valverde y Bruna Cusi, y la música, compuesta y dirigida por el maestro Gustavo Dudamel. Estaré en Nueva York a inicios de junio festejando su estreno mundial junto a nuestro equipo. De a poco, con mucho empeño y respeto, mi camino se va definiendo hacia lo que estudié y me especialicé, llevar la literatura al universo audiovisual.

Wendy Guerra presenta ‘La costurera de Chanel’ el sábado 3 de mayo, 5 p.m., en Books & Books, 265 Aragon Ave., Coral Gables.

Esta historia fue publicada originalmente el 30 de abril de 2025, 0:35 p. m..

Sarah Moreno
el Nuevo Herald
Sarah Moreno cubre temas de negocios, entretenimiento y tendencias en el sur de la Florida. Se graduó de la Universidad de La Habana y de Florida International University. @SarahMoreno1585
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