Galería 305

Juan Tamayo: Misterio de legajos y ruinas en Burgos


Juan Tamayo a la entrada de Salas de Bureba, pueblo de Burgos donde vivieron cinco generaciones de su familia.
Juan Tamayo a la entrada de Salas de Bureba, pueblo de Burgos donde vivieron cinco generaciones de su familia.

Son las 7:30 de una mañana helada y lluviosa, y estoy esperando afuera de un viejo edificio de piedra marrón, con un paraguas de tres euros que resulta inútil ante el aguacero tan fuerte que está cayendo, con los pantalones ensopados y los dedos de los pies temblando de frío.

Me pregunto por qué estoy esperando, pues las puertas del edificio no abren sino hasta dentro de otras dos horas. Y más o menos lo sé.

En este edificio de la ciudad española de Burgos están los archivos de bautismo, matrimonio y defunción desde el siglo XVI de toda las iglesias de la provincia, entre las que se encuentra la del pueblo de Salas de Bureba, donde vivieron cinco generaciones de los Tamayo, mis ancestros. Y quiero examinar esos archivos.

Pero no lo sé. Realmente no sé qué me impulsa a perder cientos de horas tratando de armar nuestra historia familiar, reuniendo docenas de documentos de bautismo y buscando el certificado de defunción de Juan Manuel Tamayo, mi bisabuelo y tocayo, que emigró a Cuba a principios del 1880, y la hoja de servicio de su padre, Elías Tamayo, que trabajó 31 años en la policía española.

No estoy buscando herencias, tierras ni títulos reales perdidos. Según cuentos de la familia, Juan Manuel empezó como un pobre panadero en el pequeño pueblo de Jarahueca en el este de Cuba. Los predecesores de Elías eran campesinos pobres en Salas, parte de una región árida a 180 millas al norte de Madrid. Pero soy periodista, y quiero saber con certeza las cosas, para confirmar la historia familiar y dejar a un lado los mitos. De modo que prefiero pensar que mi búsqueda es un trabajo de investigación para un reportaje en un periódico.

En los últimos cuatro años, he rastreado mi línea paterna hasta Angelo de Tamayo, mi quinto bisabuelo, nacido en 1692 en Salas. Según documentos de bautismo, su padre fue Simón de Tamayo, nacido también en Salas. Pero luego no hay nada más. No existen documentos sobre Simón. Casi aparece de la nada y luego desaparece en la niebla de la historia. Entre las posibilidades más improbables están que era hijo ilegítimo, o un judío que cambió su apellido para escapar de los efectos de la Inquisición. La explicación más fácil es que realmente no nació en Salas.

Vine a Burgos para buscar en los archivos de la arquidiócesis donde hay documentos de casi 1,150 parroquias de la provincia. Los archivos, que se mudaron recientemente para una esquina renovada de una escuela de teología del siglo XVIII, están muy cerca de la Catedral de Burgos, una magnífica edificación gótica que parece haber sido moldeada en merengue y fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1984.

Llegué a los archivos ayer por la mañana, pero no pude entrar. El archivo tiene solo 10 escritorios, de modo que los visitantes llegan temprano para estar entre los 10 primeros en la fila cuando las puertas abren a las 9:30 a.m. Ayer llegué a las 8:10 a.m., pero tenía el puesto número 13 en la cola. Esperé hasta las 2 p.m., la hora que cierran, con la esperanza de que uno de los primeros 10 –la mayoría investigadores genealógicos– se fuera temprano y ocupar así su puesto. Pero no tuve suerte.

Hoy llegué a las 7:30 a.m. y soy el primero en la cola. Los investigadores que llegaron más tarde me regalaron grandes sonrisas. Quiero pensar que le están rindiendo honor a mi perseverancia. Lo más probable es que le tengan lástima al americano empapado de lluvia. Esa misma tarde, uno de ellos me ayudó a llegar a la biblioteca pública de Burgos y poner mis manos sobre una riqueza genealógica: un libro de tres pulgadas de ancho de pergaminos, amarrado con tiras de piel de chivo, que contiene la parte de Salas de un censo nacional hecho en 1752. Tomé más de 70 fotografías de las páginas donde se mencionan las pequeñas parcelas de tierra, los animales de finca, las colmenas y otras posesiones de Angelo de Tamayo y su esposa, María Ramos Alonso de Prado. Y en una de las últimas páginas se menciona una casa en Salas propiedad de los “herederos de Simón de Tamayo”. Pero, de nuevo, nada sobre los padres de Simón.

Esa mañana, en los archivos de la iglesia de Burgos, pedí ver el libro de bautismos, matrimonios y defunciones en la parroquia de Salas que va desde 1665 hasta 1670, calculando que podría ser más o menos la fecha en que nació Simón. Me dieron un libraco de dos pulgadas de ancho lleno de pergaminos, marcado 1649-1680 y atado en lo que parece ser otro pergamino arrancado de un misal medieval ilustrado, con las notas musicales negras casi de una pulgada de alto, con tracerías en oro y rojo en los bordes. El libro está sorprendentemente en buen estado.

Encontré un certificado de bautismo de 1665 de la esposa de Simón, Angela Ruiz, pero ningún documento de bautismo a nombre de Simón que pudiera identificar a su padre y brindarme una pista sobre las generaciones anteriores.

Días después, mi esposa Grace y yo manejamos hasta Salas, un pueblito de unos 150 habitantes y casas de dos pisos, un café y la pequeña e impresionante Iglesia de Santa María, con un par de cigüeñas en un nido en lo alto del campanario. Salas es conocido por sus cosechas de cerezas, pero hoy en día ningún Tamayo vive allí. De acuerdo con documentos gubernamentales, el pueblo tenía 541 habitantes en 1940, pero la masiva emigración española en busca de trabajo hacia las ciudades que tuvo lugar en los años 1970 provocó que se quedara con menos de 350 personas.

Ese mismo éxodo masivo de las áreas rurales acabó con el pueblo de Tamayo, que se levanta en una ladera árida a cuatro millas al noroeste de Salas y, según un libro sobre la historia del pueblo, es el lugar donde nació el apellido Tamayo. El censo de 1752 describe a Tamayo como un sitio relativamente próspero, con 111 habitantes que vivían de viñedos, campos de cerezos y las recuas de mulos que cargaban sal de un cercano manantial mineral a la costa norte. Tenía 145 casas, un hostal-restaurante, un horno para pan, una carnicería, una vivienda con dos camas para los pobres y hasta un médico.

Pero el pueblo que Grace y yo visitamos ahora es una verdadera ruina, lleno de malezas, una masa de paredes derrumbadas y restos de vigas de madera tan anchas como mi cintura que en cierta época sostenía los pisos y los techos de las casas. El esqueleto de la destruida Iglesia de San Miguel, un dintel con una sencilla cruz tallada y una puerta de madera con elaborados herrajes son las únicas cosas que recuerdan la antigua prosperidad del lugar. Un libro sobre las tres docenas de pueblos abandonados de la provincia de Burgos, titulado Los pueblos del silencio, describe a Tamayo como “la imagen más emblemática de la despoblación del Burgos rural”.

Tamayo fue oficialmente declarada “deshabitada” a principios de la década de 1960, pero Niceto Muñoz, su esposa y su hijo se mudaron allí hace seis años y reconstruyeron una de las casas arruinadas con la esperanza de convertirla en un hostal rural. Muñoz murió de cáncer el año pasado e Ismael, su hijo de 25 años, está luchando para mantener vivo el sueño del padre.

“No hay nada aquí, nada en absoluto”, dice Ismael. Eduardo Tamayo, un médico que vive en la ciudad portuaria de San Sebastián al norte del país y escribió el libro Tamayo y su Historia, compró una de las ruinas por $4,000 hace algunos años, pero él y su esposa no están seguros de qué quieren hacer con la propiedad.

El único visitante regular en estos días parece ser Pedro Martínez, un robusto anciano de 76 años que pasó más de 40 años trabajando en Alemania y se retiró en el pueblo de Oña, a 1.5 millas de distancia. En la actualidad camina hasta Tamayo todos los días para atender un pequeño viñedo, en un terreno que no llega al tamaño del patio de una casa de Miami, y fermenta un par de galones de un vino blanco espumante conocido como Chacoli. “Para mi copa”, dice. Supe después que se cree que Tamayo y Oña son los sitios de nacimiento de Chacoli.

En los archivos de la iglesia en Burgos, se acerca la hora de cerrar en nuestro tercer y último día en Burgos, y todavía no he conseguido nada sobre Simón de Tamayo. Los empleados del archivo han sido increíblemente amables y los investigadores profesionales me han brindado aliento, pero se les acaban las ideas. Termino de revisar el libro de Salas de 1649-1680 y pregunto por el siguiente período. Un archivero vestido con un guardapolvo blanco me trae un libro donde se lee 1680-1703. Tiene bautismos, matrimonios, defunciones, ingresos de la iglesia y legajos de gastos, llegadas de nuevos sacerdotes y dedicaciones de importantes visitantes. Hay bautismos a nombre de Simón Fernández y de Antonio Tamayo, pero todavía nada sobre Simón Tamayo.

Por fin, 30 minutos antes de cerrar, lo veo. Son 13 líneas escritas por un sacerdote en una caligrafía tan legible que las palabras casi saltan de la página: “Simón de Tamayo, viudo”. El documento, fechado el 8 de mayo de 1698, dice que su esposa Angela Ruiz falleció y menciona su nuevo matrimonio con Francisca de Cueba. Siguiendo la práctica habitual de la iglesia, da también los nombres de los padres de Simón: Sebastián de Tamayo y Bernarda Fernández.

Mi grito de ¡¡BINGO!! estremece el silencio casi eclesiástico del archivo. La mitad de los empleados y de los visitantes me levantan el pulgar en señal de triunfo. La otra mitad me frunce el ceño por el ruido.

El misterio, por lo menos esta parte del misterio, está resuelto. No pude encontrar documentos acerca de Simón en Salas porque él realmente no era oriundo de Salas. El certificado de matrimonio de 1698 dice que sus padres –mis séptimos bisabuelos– eran de Cornudilla, otro pueblecito de casas de piedras marrón a cuatro millas de Tamayo y a tres de Salas de Bureba. Días después, Grace y yo fuimos hasta allí, pero dos mujeres sin dientes y envueltas en raídas batas de casa y con chancletas plásticas que barrían la entrada de las casas nos dijeron que allí no vivía ningún Tamayo en estos momentos.

Cuatro semanas más tarde, de regreso en Miami, recibí un correo electrónico de los archivos de la iglesia de Burgos con una copia del matrimonio de Sebastián de Tamayo y Bernarda Fernández, fechado 26 de noviembre de 1657 en la parroquia de Cornudilla. No pudieron hallar ningún papel de bautismo ni de Sebastián ni de Simón en Cornudilla desde 1604 hasta 1657, pero sí hay un Josef de Tamayo, bautizado el 2 de mayo de 1604.

Mi fuerte corazonada, sin confirmación, es que Josef es el padre de Sebastián. El documento de bautismo de Joseph identifica a su padre como Diego Tamayo el menor, lo que quiere decir que también su padre se llamaba Diego. Pero no hay ningún documento a nombre de ningún Diego Tamayo –quienes podrían ser mis noveno y décimo bisabuelos– en Cornudilla antes de 1604.

El rastro de la familia Tamayo de nuevo se ha esfumado. Siempre he querido rastrear hasta los 1500. Pero estoy empantanado muy cerca, en 1657. ¿Qué debo hacer? Tal vez ya basta. Logré más de lo que jamás había esperado cuando empecé esta búsqueda de la historia. Quizás ya es hora de comenzar a seguir las huellas de otras líneas de mi familia, como los parientes Tendero y Cisneros de mi madre.

Pero a lo mejor solo necesito un empujoncito para romper esa barrera del año 1600. Después de todo, el gobierno provincial de Burgos tiene archivos –protocolos– de documentos legales como títulos de tierras, herencias y disputas en tribunales que se remontan al siglo XIV. Tal vez puedo contratar a uno de los investigadores que conocí en los archivos de la iglesia. Y empezar otra vez.

Ahora el nuevo target: Sebastián de Tamayo, muy probablemente nacido en Cornudilla. Se casó el 26 de noviembre de 1657.

Esta historia fue publicada originalmente el 24 de mayo de 2015, 5:46 a. m. with the headline "Juan Tamayo: Misterio de legajos y ruinas en Burgos."

Artículos relacionados el Nuevo Herald
Reciba acceso digital ilimitado
#TuNoticiaLocal

Pruebe 1 mes por $1

RECLAME SU OFERTA