María Antonieta Collins

Una mujer se presenta a cenar en un restaurante argentino en paños menores

Miguel de Marziani, dueño de El Rincón Argentino asegura que han puesto un letrero en la entrada, con el código de vestir.
Miguel de Marziani, dueño de El Rincón Argentino asegura que han puesto un letrero en la entrada, con el código de vestir. el Nuevo Herald

Desde que me estacioné en El Rincón Argentino la vi bajarse de un auto en forma extraña. Ahí mismo supe que la cena ese día en uno de mis restaurantes favoritos seguro que me daría mucha “tela por donde cortar”, aunque la realidad superó a la ficción. Era una mujer de cabello rubio, por debajo de los hombros. De primera intención la vi de espaldas calzando unas sandalias romanas anudadas hasta la rodilla y me llamó la atención. Después me dio la impresión de ser muy joven y, por lo que veía a simple vista, era muy audaz.

No había que ser detective de la moda para imaginarlo. De espaldas parecía lucir unos shorts cortos negros, de esos que les llaman hot pants, pero la increíble realidad es que no era así. Cuando aquella mujer se acercó y quedó frente a mí comprendí que no era la jovencita que parecía al verla de espaldas, todo lo contrario, con la sorpresa le calculé bastante más de 50 años. Pero nada de eso era alarmante, todo lo contrario.

La situación era que la mujer, por debajo de una larga blusa anaranjada… solo traía unas bragas, panties o como quiera llamarle, pieza que vulgarmente es conocida como calzón, punto.

¿En calzones para ir a comer a un buen restaurante como el de mi amigo Miguel de Marziani? Así mismo sucedió. Como yo esperaba a mi amiga Angélica y sabiendo que esta no creería nada de la inusual historia sobre esta comensal, decidí seguir a la extraña criatura, armada de mi teléfono para tomar fotos.

Mientras ella iba entrando al restaurante hablaba por su celular y entonces pude ver más: por la orilla de los calzones se salía la orilla de un “pañal de adultos” de esos que se usan cuando hay incontinencia urinaria. Parecía decidida a cenar en un buen restaurante. Entró y, sin preguntar más, se sentó en una de las mejores mesas, para cuatro personas, justo de frente a la entrada para tener mejor panorama del sitio.

Cuando uno de los meseros notó su presencia en una mesa grande ocupada por una sola persona, le pidió cambiarla y la llevó a otro sitio del salón donde, al pasar, los clientes que se encontraban ahí desconcertados veían a esa mujer que “en paños menores” estaba lista a cenar frente a un nutrido público.

“¿Por qué hacer eso?”, me he preguntado desde entonces. Miguel de Marziani el dueño del restaurante dice que los negocios tienen que soportar muchas cosas. “Hay quienes llegan en chanclas de hule y shorts, y por eso hemos puesto un letrero en la entrada, avisándoles de un código de vestir para cenar en este lugar. Aparentemente a muchos eso no les importa o no saben leer, o no lo vieron”.

Volviendo a la estrambótica comensal. En tanto, los clientes boquiabiertos la vieron de nuevo cruzar todo el comedor para instalarse en otra mesa, mientras hablaban del porqué de la vestimenta: “Es probable que esté mal de la cabeza” –decían unos–. “O quizá se le haya olvidado ponerse falda o pantalón y salió así a la calle”. “Definitivamente no está bien”.

Yo no alcanzaba a entender lo que tenía en la mente aquella mujer, que dicho sea de paso se veía feliz de estar comiendo en un restaurante lleno de gente. “Si no lo veo, nunca te hubiera creído –me dijo Angélica– y no lo hubiera creído porque nunca había visto a nadie ir a cenar en calzones”.

Quizá la respuesta más acorde es: se han roto ya todas las barreras y lo peor es que eso ya no le importa a nadie.

mariaantonietacollins@yahoo.com

@CollinsOficial

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