María Antonieta Collins

La Cascada (el Palacio del Pellejo) fue derrumbada para dar paso a un lavado de autos

De mujer a mujer

María Antonieta Collins

Los hombres pasaban en busca de alguien para sacar bailar.
Los hombres pasaban en busca de alguien para sacar bailar. el Nuevo Herald

Hace tiempo que no pasaba por la Calle 8, a la altura de la 71 Avenida y de pronto, venía manejando y trataba de ver el mismo lugar que por morbo me atrae. Me di cuenta de que no estaba y del susto frené de inmediato para verificar que, en el sitio donde estaba uno de los símbolos de la vida nocturna de Westchester, habían derrumbado lo que por años estuvo ahí, y me quedé boquiabierta.

“¿Cómo pudieron hacerlo? –me dije, mientras trataba de entender lo que había sucedido con el lugar donde decenas tenían el mismo ritual y la misma frase: “Mira como está, de tan lleno, ya no cabe ni un alfiler en el “Palacio del Pellejo”, también conocido como el “Palacio de las Arrugas”.

No me gustaba el nombre por despectivo, pero ese era el apodo con que lo llamaban de burla. En realidad se trata del restaurante La Cascada, famoso no por la comida que sirvieran sino por algo más: ahí dentro se tejían todo tipo de historias de amores fallidos. No se me olvida el día en que una amiga me llamó alarmada para decirme que su abuela, viuda hacía años, traía un novio que bien podría ser para ella por razones de edad.

“Abuela va todos los viernes y sábados por la noche al Palacio del Pellejo y ahí conoció a ese novio”.

Durante los fines de semana muchas mujeres mayores de 50 años iban a bailar y a buscar hombres dispuestos a tener una relación con ellas para hacerlas felices por breve tiempo. Mientras más tarde, más hombres había para escoger.

No se trataba de algo ilícito, solo era una situación muy clara: jóvenes de todas las edades, por lo general recién llegados y sin dinero, encontraban allí la solución a sus penurias cortejando sin pena alguna a abuelas, a madres divorciadas, a mujeres solteras con un común denominador: la mayoría era de 60, 70 años o más, y las “pepillas” de 50. Había que verlos bailando mejilla con mejilla y trayéndolas de la mano como si fuera una disco de quinceañeras.

El sabroso ritmo de la música tropical y boleros invitaba a entrar, mientras que afuera, muchas parejas platicaban animadamente. Tenían que salir a tomar aire porque adentro aquello era un horno, de tanto calor. La Cascada era éxito total de asistencia, sin otro imán publicitario que la voz que se corría de encontrar ahí “el fin de la soledad”.

Una noche, junto a Mauricio Zeilic decidimos ir a ver como era aquello. La llegada nos produjo una impresión que aún no se borra. Decenas de mujeres de más de 60 años de edad bailaban con hombres de 30 y 40. Y otras, sentadas a las mesas veían a los hombres pasar en busca de alguien para sacar bailar, rogando ser las afortunadas.

“Aquí vienen mujeres que quieren encontrar a un compañero –nos dijo un asiduo del lugar– y así se corrió la voz entre los hombres. Son recién llegados, sin dinero, muchos sin casa, pero de buen aspecto físico, cualquiera se puede enamorar de ellos. ¿Y qué hacen estos hombres? Las tratan bien y, viendo la conveniencia de resolver, ellas los ayudan a iniciar su vida aquí en el exilio. Lo triste es cuando muchos son abusivos, les quitan lo que pueden y las dejan enamoradas”.

Mauricio y yo salimos pronto de ahí, porque, un honesto encargado de turno nos dijo: “Que pena que hayan venido, pero este no es un lugar para ustedes”. Partimos con las imágenes de todas aquellas mujeres, que esperaban encontrar un amor.

Pero eso se acabó, porque La Cascada fue derrumbada para dar paso a un lavado de autos. Sentí pena y, al mismo tiempo, tranquilidad por los amores fallidos y por quienes se ahorrarán dolores de cabeza, aunque el paisaje urbano de esta zona de Miami lleva ya unos meses sin uno de sus lugares icónicos: aquel que un día fuera el Palacio del Pellejo.

mariaantonietacollins@yahoo.com

@CollinsOficial

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