María Antonieta Collins

La Casa de Dios en Semana Santa

Semana Santa es buen momento para reflexionar sobre lo que enseñamos a nuestros hijos y nietos sobre la conducta a guardar en la iglesia.
Semana Santa es buen momento para reflexionar sobre lo que enseñamos a nuestros hijos y nietos sobre la conducta a guardar en la iglesia. AP

Sucedió hace tiempo, pero lo recuerdo como si fuera hoy. Era la misa de mediodía y en aquella iglesia muchas madres iban con sus hijos. En la banca delante de donde estaba había una chica con su novio; un poco más allá la madre de la joven.

De pronto, en el sopor de una prédica algo densa, los novios decidieron pasar el tiempo dándose ardientes besos en la boca. Quienes estábamos sentados detrás de ellos nos mirábamos sorprendidos.

Los novios se besaban con tal libertinaje, que de pronto, preferí tocar suavemente la espalda de los jóvenes al tiempo que les recordba que estaban en la casa de Dios y que su conducta no era apropiada. El novio pareció avergonzado de que les llamara la atención, pero ella me miró en forma retadora y me recriminó por amonestarlos: “No se meta señora, este no es su problema”.

¿Cómo que no? Le aclaré que no se trataba de eso, sino que debía respeto a la casa de Dios y al servicio religioso y a quienes estábamos allí. Fresca como una lechuga, hizo caso omiso, en tanto que su madre –gracias a Dios– en ese momento pareció volver a la tierra del viaje sideral en que se encontraba para no darse cuenta de que alguien le llamaba la atención a su hija por su escandalosa conducta.

“¿Qué pasa? –le preguntó–. ¿Por qué esta señora –y me miró enojada– te habla así?” La chica le dijo que no sabía por qué me meía con ella”. Si hubiera tenido que confesarse su primer pecado sería la mentira deliberada. Al escucharla, la madre me dijo que no me metiera en lo que no era mi problema. No quise decir nada más y callé. En alguien cabría la prudencia. Pero, poco después –como la madre estaba de nuevo ensimismada sin ver lo que pasaba a su lado– la parejita de novios volvió a besarse sin esperar a que la misa terminara.

Ya nadie dijo nada, solo volteábamos la vista incómodos. Le cuento todo esto porque Semana Santa es tiempo para reflexionar sobre lo que enseñamos a nuestros hijos sobre la conducta a guardar en la iglesia. ¿Recuerdan cuando en Semana Santa la radio solo transmitía música sacra al menos los últimos tres días de la semana?

¿Recuerda que en las iglesias las imágenes de los santos se cubrían de morado en señal de duelo? Ni que decir tengo queno había fiestas ni jolgorios y mucho menos en jueves o viernes santo? La playa era un dilema: ¿Ir a enseñar el cuerpo en traje de baño? ¡Mi abuela hubiera muerto de un infarto al miocardio si hubiera presenciado lo que yo vi aquel día en una iglesia! Y ni hablar de la ropa que se vestía: vestidos con manga, nada de blusas ni vestidos que enseñaran los hombros.

En fin, que estos días sirvan para pensar que debemos inculcar a hijos y nietos el respeto a la casa de Dios. Si no lo hacemos nosotros, ¿quién lo hará? ¡Feliz Semana Santa!

mariaantonietacollins@yahoo.com

@CollinsOficial

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