María Antonieta Collins

El sadomasoquismo consensual

El vinyl era el elemento esencial en su extraña vestimenta.
El vinyl era el elemento esencial en su extraña vestimenta.

Había sido un larguísimo viaje de tres semanas por Arizona y California con una asignación extra de última hora que hizo a Gabriela Tristán, Vicepresidenta de Productora de Noticias Univision hacernos una promesa: “Para el regreso los pondremos en un excelente hotel a las puertas del aeropuerto de Los Ángeles para que descansen a gusto, antes de que tomen el avión de regreso”. Y ahí comenzó la aventura.

Estábamos descargando el equipo en la puerta del hotel, cuando un hombre vestido de mujer como si fuera niña, pero cargado de látigos, nos hizo voltear a verlo con las cejas arqueadas. “Es probable que haya venido a alguna reunión a hacer el show –dijo la productora Wilma Román-Abreu que nos acompañaba a Jorge Álvarez, el camarógrafo y a mí–, pero cuando estábamos en la larga lista para registrarnos en la recepción del hotel vimos que algo raro sucedía allí.

Pasaban mujeres con escandalosas ropas negras, casi todas, enseñando lo que tenían. Exhibían los senos y glúteos casi en su totalidad; y como común denominador, llevaban botas negras de charol, que cubrían hasta la mitad del muslo, con afilados y altos tacones. El vinyl era el elemento esencial en su extraña vestimenta.

Cuando estábamos a punto de recoger nuestras llaves, una pareja llamó nuestra atención: él, de unos 40 años llevaba un collar de cuero negro, con varias argollas. Una gruesa cadena que pendía de una de esas argollas lo unía a la mano de su acompañante que lo paseaba esposado por todo el lobby. ‘¡Virgen Santa!’, me dije, cuando la voz de la recepcionista explicó: “Tenemos la convención anual de sadomasoquistas. Tendrán un panorama no muy común para un hotel; solo observen. Ellos no hacen nada con quienes no son parte de su grupo. Es probable que se los encuentren en elevadores y pasillos, pero es algo que no podemos evitar”.

¿Que no es “un panorama muy común para un hotel”? ¡Por supuesto que no! Me la paso viajando por razones de trabajo y jamás había visto algo semejante. Jorge Álvarez el camarógrafo me llamó poco después a la habitación para contarme, espantado, como el elevador se había llenado de una docena de activos sadomasoquistas, que allí mismo y frente a él, como si no existiera, comenzaron a hacer sus ritos. “Mira que hay cosas extrañas, y gente que hace cualquier cosa para sentir placer. ¡Increíble! Todos cargan una maletica con todo lo que usan”.

Habíamos pensado salir del hotel a cenar y relajarnos, pero decidimos quedarnos en el lobby para ver el espectáculo. Un hombre que bien podría ser el gerente de un banco por su aspecto serio, iba de traje, pero con botas, el saco se le levantaba mucho en la parte trasera, en ambos bolsillos del pantalón. Traía varios enormes látigos que –en un momento dado, y frente a un grupo de mujeres que lo saludaban con familiaridad– sacó haciéndolos restallar mientras ellas gritaban de felicidad.

Sentados en el lobby vimos a varias mujeres pasar con fuetes para dar golpes a sus parejas; hombres con aparatos llenos de filosas puntas, una mujer que llevaba grandes argollas en las manos y pies, para ser encadenada a la cama; y otra más con los senos perforados con alfileres.

¡Cristo de los Panaderos! Dirían los de la Hermandad en Sevilla, los angustiados empleados del hotel no sabían que hacer: “Imagínense –dijo uno–, hoy salió una convención de maestros con niños, ¡y llegaron estos!”

Cuando dejamos el hotel de madrugada rumbo al aeropuerto, aquellos personajes regresaban de un “santuario” adonde fueron a realizar sus prácticas. Sus actitudes motivaban la reflexión. Pasearse amarrados, pinchados con alfileres y azuzados por el látigo es una forma extraña de disfrutar la vida. ¿Cómo podrían amanecer luego de una noche de dolor y látigo?

mariaantonietacollins@yahoo.com

@CollinsOficial

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