María Antonieta Collins

‘Un viejo amor ni se olvida ni se deja’

A los 20 años estamos llenos de ilusiones.
A los 20 años estamos llenos de ilusiones. el Nuevo Herald

Corría abril de 1972 cuando una joven concursante de Oratoria, asistía en Mexicali, Baja California, México, a un certamen nacional que se llevaba a cabo. Esa era yo que, acompañada de mi madre como la mejor chaperona, habíamos llegado una semana antes a aquella ciudad, frontera con Caléxico, California. Nada me pudo haber prevenido entonces que, en múltiples ocasiones como periodista volvería al lugar décadas después, ni que allí encontraría a mi primer y fugaz amor.

A los 20 años estamos llenos de ilusiones y mucho más cuando se es una de las dos únicas mujeres participantes. La gente fue generosa conmigo y me apoyaron apenas llegamos, entre ellos, un joven universitario que estudiaba ciencias políticas llamado Elías Íñiguez.

Me di cuenta de su presencia porque en medio de mi discurso gritó algo que jamás olvidaré: “¡Eres lo máximo!” El dardo dio en mi corazón. Se convirtió en mi inseparable. Era gracioso, inteligente, culto, con gran facilidad de palabra, arriesgado, y de sobra está decir que todas esas cualidades me enamoraron; pero como era costumbre entonces, siempre con mi madre de por medio. Aquello no pasó de un abrazo, de andar de la mano conociendo la ciudad, y de uno que otro beso. No eran años para más. Mi veracruzana humanidad lo había conquistado, al grado de que, como sucedía en las películas, a la semana me pidió matrimonio. ¡Me sentía la heroína de Love Story!

Nos llevó a conocer a su familia. Sus padres eran extraordinarios, su hermano gemelo tan simpático como él. La hermana, ni se diga. Pensé que serían la familia perfecta. Pero en Veracruz estaba mi vida, mi universidad.

“No importa –me decía– aquí puedes terminar tu carrera, yo te ayudo, no tengas miedo, estudiamos juntos. Vivimos con mis padres mientras nos acomodamos y verás que felices seremos”.

Elías hizo más: le pidió mi mano a mi madre. “Permítanos casarnos: lo haremos en tres días. No se lleve; aquí ella será muy feliz”. Lo que dijo mi madre, fue inolvidable: “¿Cómo piensas casarte con alguien a quien acabas de conocer?” Le respondí que me había enamorado sin remedio. Y ella lanzó la bomba atómica: “Y ¿qué le digo a tu padre? ¿Regresé sola porque la niña se casó en Mexicali? ¡Lo matarás con la noticia!”

Aquello saboteó el intento de matrimonio. Terminó el concurso y, con la lejanía, llegó el olvido. No había tecnología, ni redes sociales; y Mexicali, estaba a tres mil millas de distancia de Veracruz. Nuestro amor pasó al olvido. Pero siempre, en los malos momentos sentimentales, he pensado en lo que pudo haber sido y no fue.

No volví a verlo hasta hace unos días, ¡45 años después! Tenía una asignación por Mexicali, pregunté por él y di con su paradero. Era el mismo de entonces y, con 71 años encima, corrió a saludar a su vieja amiga en plena calle, donde yo hacía mi historia. Era el mismo.

Genial en sus respuestas, caballeroso, me contó que siempre estuvo al tanto de mi vida siguiendo mi trabajo en la televisión. Y ahí, frente a la productora y al camarógrafo actualizó la suya: Se divorció del primer matrimonio y se volvió a casar con una muy buena mujer que conoce esta anécdota. “Cuarenta y cinco años más tarde, y en el mundo, solo tú y yo somos dueños de aquella bella historia. Solo tuya y mía, de nadie más. ¿Acaso no somos afortunados?”

Camarógrafo y productora, testigos del reencuentro, rieron maliciosos y les aclaré: “Elías, por favor, diles a estos malpensados que tú y yo apenas intercambiamos un beso. Y Elías pronunció una de las frases más bellas que alguien me dicho:

“¡Claro que no hubo más! Si nunca presumí de tu amor como trofeo; te quise como mi gran amor”. Solo atiné a darle las gracias. El fugaz encuentro, frente a la línea divisoria de Mexicali, solo duró media hora. Después, como siempre, cada quien volvió a su vida, pero con la certeza de tener ahora un amigo para siempre, más que un viejo amor.

mariaantonietacollins@yahoo.com

@CollinsOficial

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