María Antonieta Collins

Carmela y ‘sus’ orquídeas

Carmela se dedica, por devoción personal, a cuidar de cada planta de orquídea que alguien me ha regalado.
Carmela se dedica, por devoción personal, a cuidar de cada planta de orquídea que alguien me ha regalado. the Miami Herald

Carmela no soporta el llanto. Tampoco puede esperar a mi llegada de un viaje para hacerme saber “la tragedia que le ha ocurrido” y me llama con una queja en su dramático tono.

Se me va la sangre a los pies al pensar en el desastre que puede haber ocurrido en mi casa durante mi ausencia, por razones de trabajo:

“No imagina lo que ha hecho uno de sus perros. Es algo tan doloroso que me ha dejado sin habla. ¡Se subió encima de los armarios de la terraza donde tengo mis orquídeas y las destrozó toditas! Las aventaba con el hocico para arriba y para abajo y ha acabado con ellas”.

Sabiendo lo que esas plantas significan para ella, entiendo que la travesura que hizo uno de mis perros le destrozara el alma.

“Es que no imagina usted cómo ese perro callejero acabó con las que iban ya a florecer y que estaban listas para entrarlas a la casa. He llorado sin parar”.

La consuelo y entiendo su dolor y la frustración que rompiera por un rato la calma de mi casa; algo que solo pueden hacer, sin lugar a dudas, los ladridos y maullidos de mis hijos “de cuatro patas”; y también mi sacrílega forma de aprender a tocar La comparsa de Lecuona. Mejor dicho –más que tocarla– de practicarla, porque los “pianazos” compiten con mis animales y con algo más, que tiene que ver con la nicaragüense Carmela.

El otro día, la escuché llegar y entró rápidamente en pleno pleito con alguien. “Sigue, sigue así, haciendo lo que te viene en ganas ¡y ya verás de lo que soy capaz!” Intrigada por saber con quién peleaba, salí en silencio solo para encontrármela sermoneando a mis orquídeas; porque estaban perezosas para dar flores.

¿Dije “mis” orquídeas? Me equivoqué. ¡Son de ella! Mejor les cuento.

Carmela, que lleva más de 20 años en casa, se dedica, por devoción personal, a cuidar de cada planta de orquídea que alguien me ha regalado. A tal punto que tuve que encargué unos anaqueles para que pueda tenerlas controladas.

Las conoce y las ama a su muy especial manera. En ocasiones, ha sucedido lo opuesto al regaño y la encuentro con una voz dulcificada hablándoles una a una. Las conoce a todas, y muy bien. Los días que va a casa las revisa minuciosamente y también las premia.

“¡Qué linda estás! –le dice a una–. “¡Y tú, mira qué flores más bellas vas a dar; mira cuántos capullos tienes sin abrir!”

Dijéramos que es, para las orquídeas de casa, una maestra a quien ellas obedecen totalmente.

Y la cosa no termina ahí, porque su fama de excelente cultivadora ha traspasado las barreras de mi hogar. Todas mis vecinas y amigas me piden que Carmela solucione cualquier problema que haya con sus plantas.

“¡Como sabe! –me dice una conocida–. Me hizo revivir una que estaba moribunda y hasta va a florecer!” Y su sapiencia va más allá: en cuanto llega un arreglo floral, investiga la planta y da su dictamen:

“Oiga, esta no es de muy buena calidad. Creo que a quien le envió este regalo, lo atracaron”. Por el contrario, en otras ocasiones, aunque la orquídea llegue de un modesto sitio, ella festeja el obsequio. “¡Usted verá cuán bella es esta planta y cuantos años va a durar!”

En conclusión, si existiera una universidad para que personas como Carmela puedan ir a aprender el arte de cuidar las plantas, sin lugar a dudas, que la Carmela de mi casa ya sería Doctora Honoris Causa, ¡con especialidad en orquideología!• 

mariaantonietacollins @yahoo.com

@CollinsOficial

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