María Antonieta Collins

El calvario del equipaje de mano

‘Me puse a tomar fotos de los carritos ya dispuestos en cada sala de llegada para irlos acomodandoy que están llenos de maletas’.
‘Me puse a tomar fotos de los carritos ya dispuestos en cada sala de llegada para irlos acomodandoy que están llenos de maletas’. MA Collins

Me he cansado de sufrir el mismo martirio de cada pasajero en un avión comercial: que llega a su asiento y, se encuentra con que no hay espacio para su maleta en el compartimento superior porque otros ya lo ocuparon.

¿Da rabia? ¡Muchísima! Y más si se trata de equipo de TV como la cámara y demás delicados aditamentos y la amenaza es mandar todo al sitio de carga en el avión. Jorge Álvarez, el camarógrafo que viaja conmigo siempre a las asignaciones de Crónicas de Sábado, sabe que eso es algo que tenemos que evitar.

“Las cámaras deben ir en la mano del camarógrafo en sitio seguro, usualmente en el compartimento arriba de su asiento, para que estén protegidas. Una cámara no debe ir en el área de equipaje, donde se puede dañar al ser transportada. Eso, por una parte, por la otra, es la más elemental razón que tenemos los periodistas: si algo sucede, siempre estaremos listos para grabar cualquier cosa en el instante en que pase”.

Pero, al margen de cualquier preocupación, está la anécdota que he observado en decenas de viajes: los pícaros sacan provecho de la avaricia de las aerolíneas. Quien descubrió “el meollo” fue el suspicaz y cubanísimo Jorge Álvarez.

“¿Te has dado cuenta de que desde que las aerolíneas comenzaron a cobrar por cada maleta –por lo regular más de $50–, a la hora de documentarse, cuando les pregunta el agente de boletos, los pasajeros dicen que solo traen equipaje de mano? Y ¿qué sucede? Que son más inteligentes que todos los estrategas”. Le pedí que me explicara mejor.

“Observa lo que sucede antes de embarcar un vuelo. Que el empleado que realiza el despacho de ese avión hace un anuncio: “Los pasajeros que tengan una maleta que quieran documentar, tráiganla al frente y, sin cobro alguno, la maleta viajará con ustedes en este avión a su destino. El vuelo está lleno y no hay espacio, por lo que agradecemos su cooperación”.

Álvarez tiene razón. Apenas escuchar el anuncio, decenas de pasajeros “voluntarios” hacen fila para entregar las maletas que recibirán tan pronto como si las hubieran documentado en el mostrador a su llegada al aeropuerto, con una inmensa ventaja: ¡no les cobran ni un centavo!

Me puse a tomar fotos –que les muestro– de los carritos que ya hay dispuestos en cada sala de llegada para irlos acomodando y que están llenos de maletas que, por ahí mismo, por el puente mecánico de embarque, serán llevadas rápidamente a los compartimentos de carga de la aeronave, sin ningún problema.

“Imagínate si hubieran pagado el costo normal: por cargar la maleta hasta la sala de abordaje, se ahorran $50 o $ 100, si viajan en pareja con dos maletas que envían de forma gratuita”.

Comprendí que Jorge tenía toda la razón. Vi a una familia de cuatro personas que entregaban cuatro maletas y les pregunté:

“¡Claro que lo hicimos a propósito, hay que ahorrar dinero! ¿Imagine usted? Somos varios, y en realidad $100 o $200 de ahorro no le vienen mal a nadie, ni a ricos ni a pobres. Pero ¿se han preguntado acaso quien nos forzó a encontrar la solución a los cobros excesivos? ¡Pues las mismas aerolíneas! De cualquier forma, ganamos los pasajeros que hacemos esto: si la maleta cabe arriba del avión, ¡qué bueno! No pagamos ningún extra y ya, pero, si no hay espacio y la tenemos que entregar para documentarla gratis en el gate, pues también ¡porque no pagamos nada tampoco!” Mientras Jorge Álvarez estaba feliz porque su teoría ganó, hago la reflexión final: los que sufrimos somos quienes viajamos por razones de trabajo, pagando como debe ser por nuestro equipaje y llevando en la mano lo delicado y con lo que trabajamos a bordo del avión, y a quienes nos pasan la factura, porque, ¡no hay espacio para lo nuestro!

mariaantonietacollins@yahoo.com

@CollinsOficial

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