María Antonieta Collins

El triste adiós a un viejo amigo

Hacía tiempo que sabía que su momento de despedirnos había llegado.
Hacía tiempo que sabía que su momento de despedirnos había llegado. MA Collins

Hace tiempo que sabía que su momento de despedirnos había llegado, pero a decir verdad me rehusaba a hacerlo. Es que no era asunto fácil. De ninguna manera. Especialmente porque cada noche y cada mañana estuvo cerca de mí años y años.

Supo de tantas cosas, con esa confidencia que da la intimidad de la recámara. Siempre a mi lado al acostarme y levantarme, era parte de ese panorama cotidiano con el que viví por años. Conoció de mis tristezas y mis alegrías y participó de tantas cosas que, en realidad, la ingratitud humana hizo que no me diera cuenta cuando, poco a poco, sus servicios fueron siendo cada día menos y menos necesarios.

Pero aun así, al tener conciencia de eso, un larguísimo tiempo me rehusé a prescindir de él. ¡Se había ganado un lugar en mi vida y no porque existieran otros, él tendría que salir de lo que a pulso se había ganado estando tan cerca de mí como pocos! Era un viejo amigo que sirvió lo mismo para las buenas noticias que para otras, si no del todo felices, de amores inconclusos. También fue el testigo que alegró por las noches una larga jornada ayudándome a enterarme de tantas cosas.

Me vio llorar y me vio reír. Por eso me rehusaba a dejarlo partir. Pero, a decir verdad, de un tiempo a la fecha comencé a tropezarme con él, a sentir que a pesar de todo el cariño y la nostalgia de la que yo era capaz de sentir por él, era ya como que estaba fuera de lugar en mi vida, y luchaba por no encontrarme con él y comenzar a preguntarme si era válido seguir teniendolo tan cerca.

Alguien de casa me hizo ver que el viejo amigo merecía un buen descanso luego de tantos años de servicio. La última vez que escuché que me dijeran eso, la idea no me resultó tan descabellada. ¿Sería el momento de dejarlo partir? De pronto comprendí que sí.

Me armé de valor. Y venciendo a la nostalgia me di cuenta de que tendría que dar paso a otra etapa de mi vida. Hace unos días amanecí decidida a hacerlo y, sin más, lo acaricié, le di las gracias por todo lo que de mi guardó tan silentemente.

Le dije que seguramente soy de las pocas personas que hacen una despedida tan solemne a un miembro de la familia como lo fue él. Acto seguido, lo desconecté y le quité el espacio que tuvo en mi vida. Así terminaba con el servicio silente, mudo, que el teléfono de mi recámara prestó en mi casa.

Hace años que no sonaba y, cuando lo hacía, era en horarios impropios, por lo general, con gente pidiendo dinero o con un número equivocado.

Hablo del aparato telefónico que nadie usa ya en las alcobas porque el celular ha sustituido todo. De manera que hice el funeral apropiadamente.

Doblé el cordón, y empaqué a mi viejo amigo para guardarlo como un recuerdo, tal y como lo hice con mi primer teléfono celular que hoy es un recuerdo que hace a muchos decir: “¡Ah, caray! ¿Así eran los primeros celulares? Más bien parecían armas de defensa personal”.

Así sucederá un día con los teléfonos de las casas que hoy muy pocos usan. Ya no se habla por las noches con las amigas por ese aparato. Siempre es el celular el que está junto a nosotros, odo el tiempo.

Queda un solo aparato telefónico para los usos tecnológicos de la casa, pero el que tanto tiempo usé tan cerca de mí, se retiró, no sin antes dejarlo ir con el cariño de una era más, que se va de nuestra vida en aras de la modernidad. No me quedó más que decir: “Adiós, querido, adiós”.

mariaantonietacollins@yahoo.com

@CollinsOficial

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