María Antonieta Collins

Solo aspiro a ser su mejor amiga

‘Al terminar tu trabajo, llama a ver si ella y el esposo pueden encontrarse contigo en un bar’, le dije.
‘Al terminar tu trabajo, llama a ver si ella y el esposo pueden encontrarse contigo en un bar’, le dije. Getty Images

Antonietta me llama desde Connecticut, donde vive, varias veces al día para comentarme las cosas importantes que le pasan. No son solo las cosas afectivas, también las del trabajo. Y, luego de casi una década de una relación madre e hija, con decenas de altibajos –en los que no siempre las madres ganamos–, la nuestra, se ha estabilizado de la forma más gratificante e inesperada. Ahora nos hemos convertido en amigas que pueden hablar de cualquier tema.

Me llamó para preguntarme sobre un viaje que ella tendría que hacer a Nueva York. Va por razones de trabajo y quiere aprovechar para ver a una de sus amigas, recién casada; ellas fueron muy cercanas antes del matrimonio, pero después se han alejado un tanto. Me permití entonces darle un consejo, con el objetivo de ahorrarle un dolor; el que provoa la tristeza de sentirse relegada a un segundo plano. Ya que, por supuesto, su amiga tiene ahora otras prioridades que no su amistad con ella. Le conté lo que en su momento me sucediera a mí en iguales circunstancias con una amiga, a quien yo quería mucho. Sin embargo, ella no tuvo el valor de hablar claro sobre las nuevas reglas del juego –como mujer casada, para con quienes fuimos sus grandes amigas–, y cometió errores que llevaron a la ruptura de nuestra amistad.

Le dije: “No te quedes en su casa aunque te invite y reserva en un hotel. Y, al terminar tu trabajo, llama a ver si ella y el esposo pueden encontrarse contigo en un bar. Si no pueden o no quieren, pues no ha pasado nada. Busca a tus otros amigos y disfruta de la ciudad”. Para mi sorpresa, en vez del clásico: “Mamá, no te metas en esto”. Su respuesta fue: “¡Claro que sí!. Tienes toda la razón”.

La primera sorprendida, cuando la escuché, fui yo. Sentí que había logrado una meta que parecía inalcanzable en otros tiempos: que ella aceptaba mi consejo de amiga, por encima del de madre.

Es que yo misma no me había dado cuenta de la evolución lograda en la relación madre-hija, hasta que, como en todo, la percepción vino de otros. En uno de mis recientes viajes de trabajo, este a Roma, la productora Arianna Requena, con quien viajo en las asignaciones vaticanas, me hizo ver ese detalle que no había advertido. “La distancia te ha unido más con tu hija. Nadie podría pensar que algún día tuvieron fuertes desacuerdos en la adolescencia de Antonietta; porque hoy en día, ella es una hija amorosa, siempre pendiente de ti, sin importar cuán lejos estén”. Es Requena quien me provoca con sus palabras a escribir esta columna, esperanzadora para muchos padres y madres que han pasado por situaciones como esta.

Hace tiempo, cuando la adolescencia de Antonietta, pensaba que mi papel era ser solo su madre, no su amiga. Lo que nunca imaginéque las cosas cambiarían y que, algún día, yo no aspiraría a ser su madre, sino solo su mejor amiga.

“¿Cuánto tiempo debe pasar para llegar a pensar así?”, me pregunta angustiada una conocida, que sufre ahora esos años terribles de la adolescencia de su hijo. Le respondo con la verdad: quizá tengan que pasar años. Solo entonces, la lejanía, o el beneficio de “la mano dura”, o los golpes que le dé la vida, le hará pensar: “Qué razón tenía mamá o papá”.

Finalmente –luego de ver mucha agua pasar bajo el puente de nuestras vidas–, quiero compartir feliz con usted, que, si bien a los hijos nunca se les termina de criar y orientar, por lo menos, ahora, voy ganando. Porque ahora sé que somos verdaderas amigas. ¡Y solo quiero que siga siendo así! ¡Siempre!• 

mariaantonietacollins @yahoo.com

@CollinsOficial

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