María Antonieta Collins

El Papa, Cantinflas y la reportera

‘Cantinflas’, me dijo el Papa, ‘fue de los pocos grandes mimos con la virtud de hacer reír sin cambiar el tono’.
‘Cantinflas’, me dijo el Papa, ‘fue de los pocos grandes mimos con la virtud de hacer reír sin cambiar el tono’. MA Collins

Justo cuando nos aceptaron al camarógrafo Juan Carlos Guzmán y a mí en el vuelo papal a Colombia, me pregunté: “Y después de las famosas empanadas argentinas que le llevé en el viaje a Estados Unidos, ¿ahora que podría llevarle?” Patsy Loris, vicepresidenta de Noticias me decía justo el día antes de partir: “Y ¿ahora? ¿Qué vas a llevarle al Papa? Tiene que ser algo bueno, no me puedes decepcionar”.

Yo misma dudaba qué regalarle. No podía llevarle empanadas colombianas –que sin duda hubieran sido de El Patacón Pisao de Doral– porque no soy colombiana. Las empanadas que le llevé en el 2015 eran argentinas, y tampoco soy argentina; pero como Francisco venía a Estados Unidos eran producto artesanal de unos inmigrantes argentinos, Miguelito Marzain, el dueño de El Rincón Argentino y su familia, y eso hacía más que valido mi presente.

En esta ocasión eso no era factible y, además, pensaba en aquello de que “segundas partes nunca han sido buenas”. La idea para el papal regalo no tardó mucho en llegar. Comencé a preguntar a sus cercanos y coincidieron en alguien que lo hacía reír de buena gana: Cantinflas, el inmortal cómico mexicano.

El Papa no es aficionado a ver televisión, pero sí a ver cine. Hace unos días viajé a México y aproveché para buscarle unas películas. No había muchas, solo cuatro: Por mis pistolas, El señor doctor, Romeo y Julieta y El ministro y yo. No dudé un segundo, las compré todas.

“¿Va a llevarlas para regalo?”, preguntó el dependiente. Le respondí que sí. “Seguro que son para un viejito y a ellos estos regalos les encantan”, aseguró. Reaccioné con una sonrisa. “¿Se las envuelvo?” Le dije que sí y de inmediato se puso a la tarea.

Para mis adentros pensaba: “Si este joven supiera para quién las envuelve, y quién es “el viejito” del regalo, de seguro se emocionaría. De pronto me vi dentro del avión papal a Colombia, y con el Papa Francisco frente a mí, en su recorrido por la sala de prensa del Pastor Uno, saludando a todos y cada uno de los 73 pasajeros que lo acompañábamos.

“Su Santidad –le dije–, aquí tiene a Cantinflas. A usted le gusta mucho Cantinflas”. Su carcajada fue estruendosa y sorpresiva y se acercó más a mí. Mientras las recibía, continuaba explicándole: “Fui a la Ciudad de México para traérselas”.

El Papa Francisco parecía niño con juguete nuevo; en tanto a mi alrededor Elisabetta Pique, del argentino diario La Nación; Matteo Bruni, coordinador de los viajes papales; y Sergio Rubin, de El Clarín, presenciaban fascinados la entrega.

“Cantinflas –me dijo el Papa– fue de los pocos grandes mimos con la virtud de hacer reír sin cambiar el tono. Ese era su gran mérito”. En una papal alusión a un humor blanco del pobre que se defiende del rico que abusa de él.

Sin lugar a dudas, esa fue su calificación de Diez para nuestro inmortal mexicano que hubiera estado feliz al saber lo que un Papa pensaba de su trabajo. Me preguntó: “¿Como se le ocurrió traerlas?” Y, sin pensarlo mucho, le respondí: “Pensé que los Papas también deben reír un poco”. Y soltó la carcajada de buena gana. Y con esa carcajada atesorada me quedo.

mariaantonietacollins@yahoo.com

@CollinsOficial

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