María Antonieta Collins

¿Qué espera Penélope en la 87 Avenida?

Bauticé a la desamparada de la 87 Avenida como Penélope, por la canción de Serrat. Es que pareciera que con su andar, de esquina en esquina tejiera y destejiera sus pasos sobre la acera.
Bauticé a la desamparada de la 87 Avenida como Penélope, por la canción de Serrat. Es que pareciera que con su andar, de esquina en esquina tejiera y destejiera sus pasos sobre la acera.

Hace como dos años que escribí sobre ella. No hay discusión, es todo un personaje que no puede faltar por las mañanas o las tardes en la 87 Avenida del Northwest, al grado de que no pasa inadvertida para nadie; no importa la hora, el día o el estado del tiempo.

La bauticé como Penélope, por la de la canción de Joan Manuel Serrat. Es que pareciera que con su andar, de esquina en esquina –pero siempre sobre la 87 Avenida– tejiera y destejiera sus pasos sobre la acera.

Tiene unos sesenta y pico de años largos. Blanca, alta, cabello rubio a media espalda. Siempre con vestimenta estrafalaria que saca, sabe Dios de dónde. Usa zapatos de alta plataforma y lleva calcetas a media pierna, lo que complementa con una eterna minifalda. Y lo más interesante: se pone enormes pamelas y espejuelos de sol. Está maquillada a toda hora con los ojos delineados y en la boca usa colores brillantes. No habla español, pero cuenta su historia en inglés: “Fui muy rica en Fort Lauderdale donde tenía muchas propiedades. A mí me han hecho muchos reportajes y la gente hablaba mucho de mí, siempre he sido famosa”, me dijo en una ocasión.

Debo confesar que, a diferencia de muchos que lo dudan, por el contrario, yo sí le creo esa historia. Sin duda esta se ha borrado con el mendigar sin rumbo en la ciudad en que se ha convertido en una desamparada más.

Pero al observarla con detenimiento, descubrimos a una mujer que habla con palabras rebuscadas, sin gritos y que muestra todas las características de haber estudiado.

Pero lo que nadie sabe es si alguna vez tuvo hijos, si estuvo casada, dónde vive y de dónde sale cada día, siempre empujando un carrito de supermercado con sus escasas pertenencias. Este personaje ocupa la atención de muchos. Angélica me llama por teléfono:

“¡Penélope ha regresado! –hacía mucho que no la veíamos y nos tenía preocupados–. Sí –recalca–, pero ha regresado con una actitud que te hace reír. Al verla ahí parada en la esquina, esperando la luz roja para acercarse a los autos saqué de mi billetera dos dólares; ella me dijo rápida: ‘¿No tienes un billete de cinco dólares?’ Pobrecita, me dio pena y, sin pensarlo, saqué el billete que ella me pedía. Ahora la donación mínima para Penélope son cinco dólares”.

Le digo que eso depende del día, o quizá del hambre o la necesidad. La vi poco antes de escribir esta columna y, por el contrario, yo le había dado cuatro dólares que traía en billetes y me corrigió rápida. “No, no necesito tanto, dame solo dos dólares”.

Los tomó y me devolvió los otros dos y se volvió para seguir en su eterno caminar. Otras veces, me dicen varios conocidos, se muestra risueña y locuaz con los automovilistas.

“Pero también hay ocasiones –me dice alguien– en que parece abstraída en un mundo que nadie conoce y que le pertenece solo a ella. La he saludado muy de cerca, luego de ser uno de sus contribuyentes de cuando en cuando; pero no me ha reconocido, ni siquiera me ha devuelto el saludo. Pero ni pienso en eso, porque no conocemos la realidad de su historia, ni qué sucedió para que terminara viviendo en una de las zonas más hispanas de Miami”.

Sea como fuere, debo confesarles que verla cada mañana, cuando voy al trabajo, o a plena luz del sol o por la noche, me hace sentir muy en casa. Es que con los años Penélope la de la 87 ya es toda nuestra, aunque de ella solo podamos intuir lo que su figura refleja en el panorama.• 

mariaantonietacollins @yahoo.com

@CollinsOficial

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