María Antonieta Collins

Don Francisco, ¡lo vamos a extrañar!

Don Francisco durante la transmisión de Sábado Gigante por Univisión con las concursantes de ‘Miss Chiquitita’.
Don Francisco durante la transmisión de Sábado Gigante por Univisión con las concursantes de ‘Miss Chiquitita’. el Nuevo Herald

Como muchos, quedé nostálgica con la noticia: Don Francisco, el legendario personaje al que he recibido cada sábado por la tarde –no solo en mi casa, sino en todas las casas en que he vivido en los últimos 29 años–, a partir del 19 de septiembre ya no estará en nuestra cita semanal, porque para entonces cierra su ciclo.

Debo confesar que mi horario de hacer ejercicios coincide con el de Sábado Gigante. La razón es sencilla: me entretengo tanto frente al televisor, que se me pasan rápidamente los minutos y las millas de la caminadora, que devoro, matando calorías. Y, por suerte se van sin sentir, mientras el Chacal de la trompeta hace de las suyas con los desafinados concursantes. Estos dan el todo por el todo con tal de ganar el codiciado concurso. Y, cada sábado, Don Francisco estrena un estrambótico sombrero con cada canción que provoca tanta o más risa que el propio concursante.

Y, justo a la hora en que me preparo para salir a cenar con los amigos, es cuando llega el momento de los concursos. Sin lugar a dudas, uno de los más populares es el de Miss Colita, donde las exuberantes participantes muestran sus encantos para ganar el codiciado trofeo.

Hay ocasiones en que el concurso está tan bueno que me he sentido tentada de llamar a quienes me invitaron para cancelar la cita, porque no quiero irme sin saber quién ganó y quién perdió.

Y eso sin contarles que detengo lo que esté haciendo cuando el detector de mentiras aparece manejado por un experto norteamericano que a duras penas maneja el español; pero que hace reír con las ocurrencias de Don Francisco quien le hace repetir el dictamen, para descubrir al infiel, hombre o mujer, que se esté presente. Es una forma bonachona de permitirnos un pecadillo: reírnos de los conflictos de otros.

La Cuatro es punto y aparte. Ella sabe cómo lograr que el público se revuelque con sus chistes viviendo el papel de la siempre humilde y vejada empleada. Esa que, además, está enamorada del jefe aunque sepa que este nunca va a apoyarla, y mucho menos le hará el mínimo caso nunca.

Y para qué mencionar la otra nostalgia: la de las secciones que solo han quedado como parte de la historia del show: todos aquellos actores que nos han hecho reír a carcajadas por casi tres décadas.

He llorado con esos maravillosos reencuentros que un gran equipo de producción ha logrado: reencuentros casi imposibles. Padres, hijos, madres o hermanos distanciados por la necesidad de emigrar a otro país y el rigor de las leyes migratorias. La mayoría de las veces, estos no se han visto durante décadas; y de pronto ocurre el milagro: son tocados por una varita mágica de alguien que logró encontrar la fórmula feliz para alegrar las noches de los sábados.

Lo que nunca imaginé, como seguidora de Don Francisco –ese personaje dicharachero que el austero Mario Kreutzberger creara y que vive solo cuando las luces de su estudio se encienden–, es que me tocaría a mí, como fiel televidente, escribir la crónica de un final que marca una época que se cierra en la televisión hispana de Estados Unidos.

Estoy triste y solo atino a decir: Don Francisco, ¡lo vamos a extrañar mucho después del 19 de septiembre!• 

mariaantonietacollins @yahoo.com

@CollinsOficial

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