María Antonieta Collins

De tal palo tal astilla

Enseñemos a los más pequeños que los buenos modales no son cosa del pasado.
Enseñemos a los más pequeños que los buenos modales no son cosa del pasado. AP

Yo sé que es el momento de hacer los propósitos para el año nuevo que comienza y, por si necesita una sugerencia, aquí la tiene: enseñar a los suyos que los buenos modales no son cosa del pasado. Llegué a casa de Rafael a ver a sus padres y el niño de escasos 12 años que no solo abrió la puerta con gran educación; me saludó afectuoso y me hizo sentar en la sala en lo que llamaba a sus padres. Me quedé maravillada con aquella actitud. De pronto apareció la abuela, una señora de gran porte y educación, que se veían al instante. “¿Has saludado a la señora?”, preguntó preocupada.

El niño entonces respondió de inmediato: “Sí, claro que la saludé. ¿Verdad?” De inmediato ratifiqué aquello. Lo que en otros tiempos era algo más que común en la educación de los niños, que saludaran, que dieran las gracias, es hoy el tema central de esta columna, porque de inmediato surgió en mi mente la terrible comparación de Rafael con otros niños de su misma edad (y también mayores), para quienes las visitas a su casa no merecen ni siquiera un saludo.

Me explico mejor –y sé que es algo que usted ha vivido–. Que llega usted a una casa y hay niños o jóvenes que ni siquiera se toman la molestia de voltear a verlo y siguen absortos o bien, en el programa de televisión que están viendo, o en el texto o el juego que tienen en su teléfono celular. Usted es un fantasma, no existe para ellos hasta que no llega la persona a quien fue a visitar.

Al ver a la abuela de Rafael –y de Raquel, su hermana– una adolescente que es el vivo retrato de las buenas costumbres en medio de una edad donde son visibles todas las malacrianzas del mundo. NO es el caso de Raquel, quien no hace otra cosa que agradar a quien llega a su casa porque así fue criada.

Pero distintas y abundantes son otras situaciones: “Fulanita no saluda porque así son todos los jóvenes hoy en día”, escuchamos de boca de los familiares de estos muchachos sin educación… ¿la razón para que sean así? ¡Porque en su casa no les inculcaron buenas maneras! Esa es la reflexión a la que me lleva recordar a la educada abuela de Rafael, que de la misma manera educó a la madre del niño.

María Cristina, la madre, y su esposo son el sinónimo de la cortesía y los buenos modales. De pronto vino a mi memoria el día –no hace mucho– cuando a las puertas de la oficina, una joven de los llamados “milenios” venía entrando, caminando con unas muletas.

De inmediato mi instinto me dictó ir a ayudarla abriéndole la puerta para que pudiera pasar sin esfuerzo. Así lo hice. ¿Qué sucedió después? Lo inimaginable. Aquella joven, al ver que yo le abrí la puerta, pasó de frente, sin mirarme, mientras yo le detenía la puerta para que entrara y ¡siguió su camino de frente!

Puse entonces en práctica la popular frase: “Si no educas a tus hijos en casa, entonces te los educarán en la calle. Los empleados de la recepción, boquiabiertos por la mala educación de la muchacha observaban sorprendidos la escena.

“¡Vaya falta de educación! –les dije–. Ni a un portero, que se merece todo el respeto de la grosera esta, se le trata de esta manera… Esa joven ni las gracias dio”. Como la joven se me quedó mirando, alcancé a decirle que yo no trabajaba abriendo puertas, y que a cualquiera le tenía que agradecer la cortesía de ayudarla. Me miró como si fuera una marciana que le hablaba en otro idioma, y siguió su camino.

¿Qué dice todo esto? Que los culpables de que los jóvenes reaccionen así, somos los adultos que convivimos con ellos. Los que usan su tiempo para enseñarles buenos modales. No se valen excusas. Los votos son para que la abuela de Rafael y Raquel no sea un personaje del pasado, sino todo lo contrario. Así que por favor haga espacio en su lista de propósitos para el Año Nuevo, de manera que sin importar volverse un miembro impopular de su familia porque enseña y regaña, haga que los suyos saluden, sean amables, y utilicen la palabra gracias a menudo, que a fin de cuentas es una ley no escrita que le va a enorgullecer: de tal abuelo, tal hijo, y tal nieto. ¡Feliz Año 2018!

mariaantonietacollins@yahoo.com

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