María Antonieta Collins

Entre lágrimas y risas...

Celebración del desfile por el Día de los Muertos en Ciudad de México, el 29 de octubre del 2016.
Celebración del desfile por el Día de los Muertos en Ciudad de México, el 29 de octubre del 2016. AP

Y luego dicen que los mexicanos sabemos reír de la muerte más que nadie en este mundo.

Estoy de visita en Coatzacoalcos, Veracruz, México, mi ciudad natal. No recuerdo en los últimos 35 años haber llegado a otro sitio que no sea la casa de Chata Tubilla, mi amiga desde que teníamos 12 años de edad.

Casada con Pepe hace 45 años, ha vivido en el mismo sitio y con el mismo panorama frente a su casa: una modesta funeraria, la funeraria Díaz, sin aire acondicionado, por lo que, con las ventanas abiertas de par en par para que el calor no acabe con los deudos, al cruzar la calle se pueden escuchar todos los comentarios que se dan en un velorio… y algo más.

Don Raúl, el leal velador que, desde su trinchera de observación dentro de la casa de la Chata, ha visto todo en esa funeraria… tiene una historia fuera de lo común que contar.

“Yo les llamo a todos ellos, los dueños y los deudos de los difuntos como una revista que se llamaba “Lagrimas y Risas”, y que contaba todas las historias más imposibles de pasar”.

Don Raúl me hace reír de buena gana porque me cuenta algo que nadie puede creer.

“Resulta que el negocio no estaba muy bueno. Es decir, los “muertitos” para velar no abundaban y el negocio no tenía ganancias con eso de los velorios últimamente hasta que se les ocurrió algo para poder salir adelante.

Volteo a ver a la funeraria que tiene dos pisos. “Comenzaron entonces a ofrecer el segundo piso… como salón de fiestas…”

¿Como salón de fiestas?... ¿a quién se le puede ocurrir eso?

Sin poder evitar la carcajada pregunto sobre lo inimaginable: ¡Convertir una funeraria en sala de banquetes y fiestas!

El simpático don Raúl es el encargado de hacerme la crónica.

“Como lo está escuchando doña. Rentan la parte de arriba y hacen sus fiestas con la música a todo meter. Los ve usted con las risas, los bailes, la comedera, en fin, todo lo que tiene que ver con un festejo, total, si no lo están utilizando como sala velatoria, pues entonces hacen todo lo que es opuesto y entonces hay diversión”.

Le pregunto a mi amiga Chata si es cierta semejante idea o es producto de la inventiva popular… Me dice que sí y añade: "Originalmente siempre ha sido una funeraria de las más antiguas de Coatzacoalcos. Cuando se murió el dueño, tomaron posesión los herederos que fueron más modernos en la comercialización de tiempos difíciles para la economía y para subsistir ellos como negocio. Alquilan sillas de las plegables para reuniones o fiestas, y bueno, siempre es interesante lo que presenciamos como vecinos, pues un día resulta que hay velorio y otro, pues tienen fiesta”.

La Chata dice que la funeraria tenía sin embargo, unas reglas éticas de comportamiento, al menos en tiempos pasados: Cuando había muerto no había jolgorio…

El problema es más que humano. ¿Cómo saber quién se va a morir, especialmente si ya se tiene contratado el servicio para una fiesta?

Don Raúl ha presenciado ese ir y venir entre la vida y la muerte. “Hay veces que ha tocado que están velando abajo a un difuntito y en la parte de arriba están en el festejo. Ni modo que el que fue y rentó el lugar tiene que cancelar la fiesta porque llegó un difunto. Así que decidieron que las cosas serían sencillas: muerto que velar en la planta baja y fiesta que celebrar en la planta alta. Así que más claro: mientras abajo unos recuerdan y lloran a un difunto, otros, pues toman la vida como lo que es”.

Por razones como estas, donde aprender que la vida y la muerte son parte de una complicada convivencia, pero de la que hay que reír, es que estoy segura que ¡cosas como estas solo pasan en mi adorado Coatzacoalcos!

Twitter @CollinsOficial, mariaantonietacollins@yahoo.com
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