María Antonieta Collins

Dar sin esperar las gracias

Un oficial de seguridad pública habla con una pareja de desamparados en Time Square, Nueva York, en enero de 2016.
Un oficial de seguridad pública habla con una pareja de desamparados en Time Square, Nueva York, en enero de 2016. AP Photo

En medio de un viaje de trabajo por Nueva York venía caminando al tiempo que saboreaba una taza de café que humeaba de lo caliente y lo sabroso combinado perfectamente.

Momentos antes había detenido mi diaria caminata de cinco millas en un popular sitio de café y desayuno para pedir el pequeño sándwich del que siempre como menos que la mitad: uno de huevo, tocino y queso Gouda.

Hice lo mismo que siempre: le pido al dependiente que por favor lo corte por la mitad. Pero ese día el corte fue desproporcional a una parte. Me explico mejor, el cuchillo partió más un lado y dejó minúsculo el otro; y sin darme cuenta, con el hambre, comencé comiendo el pedazo más pequeño.

“Al rato, en medio de la caminata seguro que me como el otro trozo” –pensé.

Seguí caminando cuando, justo en la esquina de la avenida Park, frente a una iglesia, en esa hilera de departamentos de mega lujo, todos con portero, vi que un hombre que estaba en la esquina, hablaba con alguien mientras sostenía un vaso de café que se veía humeando.

Al observarlo me di cuenta que era un indigente al que quizá alguien le había regalado aquel café. Contrastaba con la elegante zona, con su humanidad sucia, el pelo hirsuto de no haberse lavado en meses, su rostro y manos blancas, todas cubiertas de mugre. De la ropa, ni hablar, era algo parecido. Despedía un olor que alejaba a quien quisiera acercársele.

Junto a él me paré a esperar que la luz verde me permitiera cruzar la avenida, cuando me di cuenta que aquel hombre tenía un problema mental: estaba hablando con alguien imaginario

“Mira, esa es la iglesia de la que te hablo. Aquí no viven millonarios, aquí viven solo multimillonarios. Esto es Nueva York, donde vivo. Todos los días amanezco viendo el mismo panorama antes de desayunar.” En ese momento con aquel vaso de café hizo un brindis con el amigo imaginario.

Ahí reaccioné. Decidí que la otra mitad del sándwich que me apetecía tanto, bien podría ser el desayuno de este desamparado. Yo podría cualquier otro día comprarme otro. Me acerqué y se lo ofrecí.

Sin decir una sola palabra me lo arrebató mientras seguía hablando con la vista perdida en el infinito. Seguía en comunicación con su amigo imaginario… “Mira, voy a desayunar porque en este momento me acaban de servir el desayuno…”

La luz verde se puso y sin verlo, me alejé. De pronto, ya en el otro lado de la avenida, la curiosidad me hizo voltear, pensando que el hombre quizá hubiera botado en un latón de basura aquella mitad de sándwich caliente…

Mi sorpresa fue grande cuando lo vi sentado en la acera, degustándolo como si fuera un manjar.

Me sentí feliz porque pude ver el rostro de felicidad de aquel infeliz, que ese domingo tuvo la suerte de un café caliente y un pedazo de sándwich de huevo, tocino y queso Gouda.

A lo lejos vi como con la cabeza hacia un gesto de gusto al comérselo.

Le cuento esto a mi hija Antonietta y me pregunta; “¿Te dio las gracias?” Le respondo que no, y que tampoco hubiera querido que me las diera.

Dar es un acto tan privado como la conciencia de otorgar. “Que bueno –me respondió–, así mismo es que hay que hacer las cosas. No porque nadie tenga que agradecer nada” Y esa, es una gran y olvidada verdad que hay que rescatar más a menudo.

Twitter: @Collinsoficial, email: mariaantonietacollins@yahoo.com.

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