María Antonieta Collins

¡Abre! Que sé que estás ahí: una historia de infidelidad

La esposa al cabo del tiempo lo perdonó, el hombre seguramente siguió en las andadas extramaritales, pero teniendo siempre en la mente la frase que aterra a un infiel: ¡Abre la puerta! ¡Que sé que estás ahí!
La esposa al cabo del tiempo lo perdonó, el hombre seguramente siguió en las andadas extramaritales, pero teniendo siempre en la mente la frase que aterra a un infiel: ¡Abre la puerta! ¡Que sé que estás ahí! Getty Images

Una buena amiga mía me cuenta una historia digna de ser compartida: al igual que la frase que tuvo que pronunciar el día que finalmente confrontó la infidelidad de su esposo.

“Habían sido años de escuchar rumores, que él, siempre de viaje, en realidad lo que tenía era una doble vida —me dice la mujer—. Durante años, casi 30 de nuestro matrimonio soporté no una, sino decenas de infidelidades, cerrando los ojos y haciéndome la tonta... Él siempre me convencía. Llegaba meloso a la casa y cuando yo le reclamaba, la respuesta era la misma: ‘Mami, no hagas caso, son gente malas que nos quieren separar. Mira cómo te tengo... como una reina. ¿Crees que eso no les da envidia a esas amigas que te meten en la cabeza ideas de que yo soy infiel, quisieran tener un marido como yo?”.

Efectivamente a ella no le faltaba nada en su casa, incluyendo una buena vida sexual, me dice la aludida.

“Es que no era posible nada malo porque conmigo, a la hora que fuera que llegara a la casa, el cumplía como el mejor de los esposos y así sucedió por años”.

Pero un buen día la mala fortuna tocó al casanova.

Resulta que le envió flores a su amante y cometió el gravísimo y terrible error de no darse cuenta que dirección era la que daba. Resulta que las flores llegaron a la dirección equivocada, es decir: a su propia casa. El regalo tenía nombre: Blanca, y una hermosa dedicatoria: “gracias por los años de gloria que me has hecho vivir. Sin ti la vida no tendría sentido”.

La amiga que primero se sorprendió gratamente con las flores, instantes después, al leer el mensaje, lloraba con amargura. Ahí estaba lo que buscó por años, la prueba de esa infidelidad.

Dicen bien que nadie puede evaluar el daño de una mujer despechada, y el infiel esposo de mi amiga no valoró lo que esta podría hacer.

Le fue fácil averiguar en la florería, con una buena propina, la dirección de la tal Doña Blanca.

Dice que sintió un hervor dentro del cuerpo y contrario a lo que siempre pensó, “soy una señora, y no me rebajo ante una amante”, decidió esta vez confrontar lo que era su realidad. El esposo tenía años llevando una doble vida, que ella conocía secretamente: él tenía una amante y una esposa, una “casa grande” y una “casa chica” para decir las cosas más claramente.

El hombre llegó “de un largo viaje” y cumplió como los buenos con todas sus tareas maritales. Dos días después, tuvo que partir nuevamente en “otro largo viaje”, pero esta vez no fue solo. Un detective contratado por la ofendida esposa dio rápidamente con los detalles.

Armada de valor, mi conocida decidió que hasta ahí llegarían sus años de esposa fiel y sufrida.

Se vistió con sus mejores galas y sin avisarle a nadie, ni siquiera a sus hijos, con la dirección en mano fue a encontrarse de frente a la dolorosa verdad.

Llegó al lujoso apartamento en un edificio que tantas veces vio en el panorama de la ciudad, y nuevamente, gracias a una propina al conserje, estaba frente a la puerta del fatídico departamento.

Respiró profundo y al más puro estilo caribeño golpeó la puerta para que le abrieran.

Una voz de mujer preguntó: ¿Quién es? Y eso le dio a la esposa el valor para gritar desde el fondo de su alma. “¿Qué quién soy? ¡Mira Blanca, soy la esposa de Roberto!”.

Cualquiera puede imaginar la escena adentro, Roberto corriendo a esconderse mientras le decía a su amante que no abriera y afuera en el pasillo la esposa gritando a voz en cuello:

“¡Robertooooo abre, que sé que estás ahí!”.

Por increíble que parezca, la tal Blanca también se armó de valor y vio su momento decisivo: abrió la puerta y de pronto los tres estuvieron de frente. Bueno, Roberto salió corriendo a la recamara temeroso del temperamento de su amante y el desconocido de su mujer. Blanca fue la que abrió la boca:

“Si, aquí está y ¿qué? ¿Qué vamos a hacer ahora? ¡Yo también tengo años cansada de esta situación! Roberto no se divorcia de ti, pero tampoco me deja”.

La esposa gritó con fuerza: Robertoooo abre la puerta de la recamara y escoge.

Roberto salió y dejó a las mujeres en el departamento. ¿Cuál fue el final? Que la esposa al cabo del tiempo lo perdonó, el hombre seguramente siguió en las andadas extramaritales, pero teniendo siempre en la mente la frase que aterra a un infiel: ¡Abre la puerta! ¡Que sé que estás ahí!

Twitter: @CollinsOficial. Correo: mariaantonietacollins@yahoo.com.

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