María Antonieta Collins

¿Y ahora cómo le hacemos?

Seguidores reaccionan a un discurso del presidente Donald Trump durante un acto de campaña, el 5 de noviembre en Fort Wayne, Indiana.
Seguidores reaccionan a un discurso del presidente Donald Trump durante un acto de campaña, el 5 de noviembre en Fort Wayne, Indiana. AFP/Getty Images

Pasaron las elecciones luego del martirio de casi un año de ataques y contraataques, pero no solo de los candidatos... también de los seguidores.

Las redes sociales se llenaron de insultos y golpes bajos, de pleitos entre amigos, y también de familias que se dividieron al calor de la apasionada defensa a un político.

Facebook fue el campo de batalla favorito donde otrora aliados se convirtieron en furibundos atacantes de quien no siguiera su tendencia electoral. Se olvidó la gentileza, el deber, los favores recibidos, salieron a relucir la ira, el encono, la inquina y las ganas de acabar con el contrario.

No importó la amistad ni los lazos sanguíneos.

Todos conocimos a personajes que al son de la política nos dejaron boquiabiertos.

Tengo un conocido cuya amistad conmigo es tan pública, que verá usted lo que sucedió.

Este amigo defendía a capa y espada a un candidato, pero lo hacía sin medir la dimensión de sus palabras.

“Claro que las mido y por eso mismo es que escribo lo que me da la gana”, me dijo el día en que le pregunté por qué tanta pelea. “Lo que sucede es que la gente habla cosas que ni siquiera le constan y yo estoy para defender a mi amigo de los depredadores políticos que lo atacan, así que a quien no le guste lo que yo pongo, pues que no entre a ver mis disertaciones, y arreglado el problema”.

El problema en el que se estaba metiendo no fue durante las elecciones sino después.

Resulta que quienes conocen de nuestra amistad comenzaron a darme las quejas de lo que mi amigo decía —muchas veces— sin medir la dimensión de sus palabras que se convertían automáticamente en insultos.

La gente ofendida me mandaba copias de lo que este escribía para que yo lo conminara a la cordura.

¿Decirle algo yo? ¡No hombre! Para bien o para mal, él estaba ejerciendo su derecho a la libre expresión, gustara o no, aunque a mí misma me parecía excesivo.

Personalmente en un par de ocasiones intenté devolverlo al carril del buen comportamiento electoral, pero ¡qué va! Él no estaba dispuesto a claudicar.

“Estoy sumamente ofendida —me dijeron varias amigas— de lo que esta persona hace al insultar a mujeres y a inmigrantes. ¡Qué manera de decir obscenidades en aras de la política! Pero eso sí, ya nos veremos después de las elecciones”.

Pensé entonces que faltaba mucho tiempo para eso y que las cosas mejorarían para entonces, pero al parecer no.

Mi amigo era uno solo de esos cientos de miles que fueron envenenados por la rabia de las elecciones de termino medio.

Las elecciones llegaron y se fueron y lo que viene próximamente es para mí la más sagrada fecha que verdaderamente celebramos en este gran país: Thanksgiving.

¿Y?, me preguntan muchos, y respondo: ¿cómo que y? Porque me refiero a esas amistades, a esos hermanos, a esos padres e hijos, a esos amigos que se desangraron en aras de los insultos causados por efervescencia política, la soberbia y la terquedad.

¿Ahora cómo le vamos a hacer? Podría ser la pregunta del millón de dólares. Pues sencillo.

Viene el mejor momento para pedirles perdón, para tender la mano amiga, para que en ninguna elección más se vuelva a insultar a la gente como sucedió en la elección presidencial del 2016, ni en estas elecciones del medio término.

En fin, que si es su caso, aquí tiene usted la receta. Pida disculpas y también aprenda a perdonar que es al fin y al cabo la más egoísta de las acciones que nos hacen bien. Así que ya lo sabe, en sus manos está la solución.

Twitter: @CollinsOficial. Correo: mariaantonietacollins@yahoo.com.

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