María Antonieta Collins

¿En pijama? y ¿en el restaurante de un hotel?

Una mujer en pijama desayunando en un restaurante de un hotel de Los Ángeles.
Una mujer en pijama desayunando en un restaurante de un hotel de Los Ángeles. Cortesía: María Antonieta Collins

Lo había visto hacía tiempo y en jóvenes adolescentes en sus 12 y 13 años y me chocó en ese entonces la “moda” pero lo que mis ojos venían en el hotel de Los Ángeles donde me encontraba junto a la productora Cynthia Oviedo era más de lo que mis ojos podían resistir aquel día.

Resulta que Cynthia me alertó de algo que de inmediato la escandalizo: eran mujeres maduras entrando al restaurante esa mañana mientras tomábamos un desayuno antes de salir corriendo a trabajar.

Le pregunto sobre aquello que le causa tanta atención y únicamente me hace la seña de que observara por mí misma. Y, ¡ahí sí que se me cayó la baba de la sorpresa!

Era un grupo de cuatro o cinco mujeres que se servían plácidamente el desayuno recorriendo con una calma las hileras del buffet, lo que hasta ese momento no tenía nada de especial, a no ser por sus atuendos.

De pronto me fijo que aquellas mujeres que sin lugar a dudas serían madres y hasta abuelas eran las menos indicadas para enseñarles a hijos y nietos las buenas costumbres.

Mi vista se fijó en que todas vestían pijamas tipo mameluco, es decir la pieza que es completa hasta la planta de los pies, tal y como usan los niños pequeños.

Todos los pijamas eran la antítesis de la discreción, es decir, en diseños y chillones colores, una más que la siguiente y hasta con inscripciones de “Feliz Navidad”.

No les importaba que nadie las viera ni lo que dijera el mundo.

“El descaro de cómo vas —decía azorada la productora Oviedo— primero que sales a desayunar en un hotel con tu ropa de cama, de un lugar íntimo a un sitio público. Con algo que dormiste toda la noche, además, lo que hace ver que la higiene tampoco es algo que les importe. Lo que más llamaba la atención es que parecía que para todas ellas desayunar así vestidas, como si estuvieran en su casa, no el lobby del hotel donde se localiza el restaurante, parecía lo más normal de la vida”.

La cosa no terminaba con ellas.

Lo peor es que alguien más también llegó en pijama, pero en forma más provocativa. Esa mujer traía un negligé. Venía con su pareja, novio o esposo, lo que fuera. Ella con un camisón corto de seda que únicamente tenía unos tirantes de “spaguetti” y por supuesto, para cubrirse traía una bata —de seda también— y corta, culminaba el atuendo con unas pantuflas de seda.

Cuando una presencia situaciones como esta, las reflexiones fluyen de inmediato con más interrogantes que respuestas.

¿Qué tiene en mente una mujer mayor para vestirse de esa forma en un restaurante? ¿Acaso han cambiado las reglas de urbanidad y los que estamos mal somos los que pensamos que a un sitio publico hay que asistir propiamente vestidos? ¿Qué ejemplo pueden dar a los suyos quienes están dispuestos a romper algo establecido por la costumbre? Si se desayuna en pijama en la casa, pues es asunto de las reglas de cada uno, pero ¿en un restaurante?

¿Quién puede entonces culpar a jóvenes adolescentes siguiendo esta moda que popularizan también sus padres y que andan en toda clase de pijamas por los restaurantes de los hoteles donde pernoctan? ¿A quién le corresponde poner un alto? Probablemente al sitio donde claramente tendrá que existir un letrero que diga: “No pijamas o no desayuno”, o ¿qué más?

Twitter: @CollinsOficial. Correo: mariaantonietacollins@yahoo.com.

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