María Antonieta Collins

El diario esfuerzo de los choferes de ‘San’ Uber

Un chofer de Uber en San Francisco.
Un chofer de Uber en San Francisco. NYT

Es asunto de conocerlos para entender el diario martirio de muchos choferes de Uber, que hacen las veces de psicólogos sobre ruedas porque les toca “en suerte” en una jornada, atender a los pasajeros que se convierten en sus “pacientes” durante un agitado viaje que dura solo minutos.

Me subo a uno cuyo chofer luce preocupado por la forma en que encuentre el vehículo.

“¿Le molesta el olor?”, pregunta. Le respondo que luce como que se hubieran tomado una botella completa de alcohol ahí mismo.

“No sabe usted el susto que he pasado”, me dice con angustia. “Era una joven de unos 24, 25 años. La recogí afuera de una discoteca de las que abren a las 6 de la mañana para todos aquellos que quieren seguir la fiesta cuando todo ya cerró. Apenas entrar en el auto se fue de lado y parecía dormida. Yo pensé que era tal la borrachera que traía encima que decidió dormir en lo que yo la llevaba a su casa y que pronto despertaría. En el trayecto de vez en cuando la observaba por el espejo y nada, lucia como estar en el quinto sueño.”

De pronto el hombre dice que las cosas tomaron un rumbo peligroso.

“Llegamos a la dirección de su casa e inútilmente intenté despertarla llamándola por su nombre. Decidí que llamaría a la puerta de donde seguramente vivía con su familia. No pude hacerlo porque ella vivía en un cuarto adicional seguramente rentado a un lado de la vivienda y donde nadie me abrió luego de tocar y tocar inútilmente. No sabía que hacer”.

Imagino su desesperación y le pido me cuente cómo terminó esa mala odisea

“Me atacaban todo tipo de pensamientos… ¿respira? ¿se habrá muerto? Intente despertarla moviéndola y nada. Era como un costal de papas tirado ahí en el asiento. Subí la música para ver si pasaba algo con el ruido y nada. Comencé a desesperarme imaginando que me podía acusar de haber abusado de ella, usted sabe… En esto estaba cuando de pronto veo que se movió”. El hombre respiró aliviado pensando que por lo menos no lo acusarían de homicidio.

“De inmediato la agarré para sacarla del auto como pude. ¡Qué va! Parecía estar desmayada de la cantidad de alcohol que seguramente ingirió. Se dio cuenta que estaba fuera del auto y por lo menos se enderezó, pero no hizo nada por caminar. Entonces, decidí, arrastrarla como pude hasta la entrada de su casa. En ese momento ella como que recobró la noción de donde estaba y buscó las llaves en su bolso. No sé cómo las encontró y sin atinar a dármelas las tiró al piso al tiempo que balbuceaba que le abriera la puerta y la metiera dentro”.

El chofer dice que lo pensó dos veces, pero que entonces lo que hizo fue abrir la puerta, meter a la joven hasta la entrada justo donde pudiera cerrar la puerta, dejarle las llaves ahí mismo y salir corriendo.

“Imaginé entonces cualquier cosa mala que me pudiera pasar por haberla ayudado. Que me acusara de robo, violación o lo que fuera. Me alejé de ahí tan rápido como pude, pero temblando de miedo. Después me calmé porque seguramente los vecinos tendrían cámaras que registraron como estaba ella y que en realidad la ayudé y que no tardé adentro de su casa ni medio minuto. Yo creo que lo de ella no era solo borrachera sino quizá también drogas porque estaba como muerta, no se movía hasta que no supo de alguna manera que estaba en su casa”.

Le di las gracias a nombre de esa muchacha, que dicho sea de paso, al pagar con Uber no le dió ni un “like”, ni una sola palabra de agradecimiento, y de propina, ya ni hablar, porque tampoco lo hizo.

Luego de escuchar semejante historia, mi nariz disculpó el aroma etílico recordando lo que el chofer me dijera: “Hay ocasiones en que son más complicadas las mujeres que los hombres arriba de un Uber”.

Twitter: @collinsOficial.

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