María Antonieta Collins

¿Cómo le hicimos entonces los periodistas?

Los actores Dustin Hoffman (izq.) y Robert Redford interpretan a los periodistas del Washington Post, Carl Bernstein y Bob Woodward, respectivamente, en la película “Todos los hombres del presidente” (1976).
Los actores Dustin Hoffman (izq.) y Robert Redford interpretan a los periodistas del Washington Post, Carl Bernstein y Bob Woodward, respectivamente, en la película “Todos los hombres del presidente” (1976). Archivo/AP

El viaje en el avión era largo y mi cerebro estaba en pausa por tanto trabajo. Entonces decidí ver la película “Todos los hombres del presidente”, sobre la odisea de los periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein que descubrieron Watergate y provocaran la posterior caída del presidente Richard Nixon.

Fascinada por la investigación comencé a sumergirme en aquel tiempo y de pronto me doy cuenta de que hay elementos físicos en la redacción de aquel Washington Post que me producen recuerdos y nostalgia porque me muestran como ha pasado el tiempo.

Woodward y Bernstein no tenían asistentes de producción como tiene hoy en día un reportero importante, eran ellos mismos los que llamaban a la Casa Blanca en los teléfonos de su escritorio en la oficina, o usando los teléfonos públicos por todas partes, los celulares entonces hubieran sido producto de una mente desquiciada. ¿Llamar a cualquier parte del mundo y desde cualquier parte en un aparato portátil? ¿Qué se habían fumado para pensar en eso?

Cuando necesitaban averiguar el número de alguien, Woodward y Bernstein recurrían a las gruesísimas Guías Amarillas y ahí, buscando uno por uno, en cada minúsculo renglón encontraban después de un gran esfuerzo de la pupila, lo que tanto necesitaban.

No existían directorios electrónicos, entonces los Rolodex —aquel sistema de pequeñas cajas de plástico en las oficinas— era el sitio para almacenar las tarjetas de presentación y tenerlas a mano como el último grito de la modernidad.

Tampoco había buzón de mensajes. Si alguien quería encontrar a una persona simplemente insistía, insistía y volvía a insistir hasta hablar con el interesado.

Y, ¿qué decir de la forma de investigar cualquier dato? Los inventores de Google, Facebook o Instagram ni siquiera habían pensado en nacer. Entonces había que buscar en enciclopedias y en atlas de cada ciudad. Los datos más complicados estaban reservados para las bibliotecas públicas.

Saber datos profundos y comprometedores sobre alguien requería de un detective. Ni soñar con Google, Facebook, Instagram o Twitter que hoy al instante nos muestran el rostro, nombre, apellido, estado civil y puntos a favor, así como debilidades de cualquiera.

Y ni hablar del cigarro. Se fumaba en los sitios menos imaginados, y los elevadores y las redacciones eran lugares abiertos para la nicotina. Nadie se quejaba, peor aún, todo aquel que estuviera sumergido en una gran historia, invariablemente tenía a su lado, ahí junto a su máquina de escribir, el cenicero lleno de decenas de colillas que se había fumado en aras de “calmar los nervios” o de esperar la llegada de la inspiración. De inmediato hubo algo que identifiqué como síntoma perdido de las redacciones: la ausencia de los ruidos más familiares.

Aquella del Washington Post era una mezcla perfecta del tecleo de las maquinas de escribir manuales, y algunas automáticas, y del sonido de los teletipos, de las receptoras de cables. No había audífonos a prueba de sonidos que se utilizaran para aislarse de un ruido semejante que causaba distracción. Hoy es el silencio de los computadores y la modernidad de los audífonos reina en las silentes redacciones de periódicos y televisión.

Los periodistas escribían en pequeñas libretas de taquigrafía todo lo que el entrevistado les decía. Y ¿si este se retractaba? Bastaba creer en la palabra del periodista que reprochaba al entrevistado: “Usted tal día me lo dijo”. Era creer en la palabra sin más.

Hoy todo eso ha quedado en los museos y en las películas, y yo sigo con la pregunta: ¿Cómo le hicimos los periodistas entonces?

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