María Antonieta Collins

Los milagros del camino de Santiago de Compostela

La Catedral de Santigo de Compostela, en Galicia, España.
La Catedral de Santigo de Compostela, en Galicia, España. Archivo/el Nuevo Herald

Decidí en enero pasado, entre viajes y la locura diaria, donde a veces el celular suena tanto que una quiere tirarlo y que se rompa y se pierda para que no vuelva a timbrar mas, que era el tiempo de cumplir una de las metas de mi vida: ir como peregrina a Santiago de Compostela.

¿Estás loca? ¿Sabes cuánto vas a caminar? ¿No te has dado cuenta cuantos años tienes? Ignoraba yo estas preguntas porque quizá en el fondo ir al Camino de Santiago era casi una utopía.

Había ido un par de veces mientras viajaba por Galicia y conocí la Gótica catedral con el enorme botafumeiro, el incensario monumental que recorre entre la admiración de los peregrinos, de norte a sur y de este a oeste la nave central. Veía a los peregrinos mientras cumplían con el milenario ritual de abrazar la piedra y saludar humildemente tocando con la cabeza baja el monumento que significaba el final de un viaje donde todos repiten que algo aprenden, y me preguntaba entonces, ¿por qué tanta emoción por ese momento? Sabía que en algún momento lo haría, pero en realidad nunca puse fecha.

Decidí que el 2019 sería el año de cumplir conmigo misma, y que la mejor compañera de mi viaje sería mi hija Antonietta, reportera de deportes y una atleta consumada que a diario entrena box y que casi cada mes corre un maratón o un medio maratón y lo hace con una disciplina férrea y facilidad como ir a una esquina a comprar café. Era la persona ideal. Y planeé el viaje.

Una maravillosa agencia de viajes gallega programó la estancia en hoteles donde a la llegada a cada sitio ya nos esperaban las maletas. Cargábamos lo necesario —siempre yo con la mayor cantidad— pero de todo lo necesario que una madre sabe que se requiere para cualquier emergencia.

Y partimos.

La primera lección apareció en los primeros minutos, las primeras horas, en los caminos medievales: saludar a todos, “buenos días”, “buen camino”, decía cualquiera a cualquiera. Confieso que sentir aquellos saludos me produjeron lágrimas. Sabía que tendría que recuperar algo perdido con nuestro modernismo tan carente de algo tan elemental como la cortesía para con el otro.

Reflexiono en el valor de una sonrisa, de un saludo, de provocar en los demás una buena energía y eso no tiene valor. Prometo nunca mas dejar de hacerlo. No importa que no me devuelvan el saludo, no importa que no tengan cortesía, aquí he aprendido que las cosas básicas perduran sin importar que el otro lo haga o no.

Pero Antonietta, siempre con un gran poder de observación me dice algo más luego de 18 colinas entre subida y bajada que aumentaban los ritmos cardiacos a más de 130 por minuto y que amenazaban con sabotear el viaje.

Llegando a una de las cimas me hizo ver otra gran lección: “Voltea hacia atrás mamá, mira lo que hemos recorrido, lo que tu has recorrido. Mira hacia abajo aquello que jamás creíste que serías capaz de hacer y que aquí en Galicia, en medio de la nada has logrado. Y, además, hemos recordado lo que no hay que olvidar: el poder de saludar”.

Se me nublaron los ojos con las lágrimas por aquella gran verdad que mi hija me estaba mostrando.

Acerté cuando decidí que la mejor forma de celebrar mi cumpleaños sería hacer este viaje. ¿Para que festejos donde una nunca queda bien con nadie? ¿Es el camino un mito? Eso no me importa. La verdad es el cambio que se opera en quienes lo hacen a pie o en bicicleta por lo menos los últimos 130 kilómetros del llamado Camino Francés a Santiago de Compostela. Lo importante es aprender.

Lo leímos en una parte del recorrido: La respuesta no está en el camino… El camino es la respuesta. Y aquí seguimos aprendiendo.

Y les deseo lo mismo que aquí nos han deseado: ¡Buen camino a ustedes!

Siga a María Antonieta Collins en Twitter: @CollinsOficial. Correo: mariaantonietacollins@yahoo.com.

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