María Antonieta Collins

Los reyes y las reinas del quejumbre

De las personas quejumbrosas hay que huir como vampiros a la luz del día. De otra forma, toda la negatividad que los acompaña, un día termina pegándosele a uno como esporas.
De las personas quejumbrosas hay que huir como vampiros a la luz del día. De otra forma, toda la negatividad que los acompaña, un día termina pegándosele a uno como esporas. Unsplash

Me llega una amiga que siempre está quejándose que lo que le falta para todo es el dinero.

Tenía un par de semanas de no verla y por tanto descansar de su perorata a cualquier hora y en cualquier día que le apetezca.

“Ay, es que no tengo dinero para irme de descanso un par de días. Ay quien fuera alguien con más suerte para poder hacer lo que se me antojara”.

Su plática diaria se debate en un “Ay si yo pudiera” y por supuesto que se da cuenta de sus quejas a cada momento, pero descubrí que son una manera de martirizar a quien encuentra a su alrededor como si fueran los culpables de lo que le sucede.

Pero resulta que tenía un par de semanas de no ver al personaje en cuestión cuando de pronto me la encuentro en medio de una plática donde era el centro de la atención de un grupo de compañeras del trabajo. No se dio cuenta que llegué de improviso y que me quedé rezagada para escucharla, y ¡cual va siendo mi sorpresa al enterarme de unas inesperadas partes de su vida diferentes al infortunio que vende a diario!

“Pues me fui a las Islas Griegas, a Italia y de ahí a Croacia y estuve de lo mejor. Era realmente lo que yo necesitaba para reponerme del estrés diario”.

Me llamó la atención ver que aquella, que para unos era una desdichada por asuntos económicos y por la que muchos sufríamos a menudo con las penurias que contaba, de pronto era una persona normal rayando en la abundancia para utilizar su crédito en viajes que le enriquecieran el espíritu.

Alguien le preguntó: “Y ¿el viaje salió caro?”. Su respuesta fue sorprendente.

“Nada que una tarjeta de crédito no pueda pagar. Una que puede hacerlo, para eso trabaja”.

No pude más y me hice visible a sus ojos y ella no sabía dónde meterse sintiendo que la había descubierto.

Me vio, la vi y decidí enfrentarla hasta días después cuando viniera a quejarse de su desdichada vida donde ni siquiera el amor se le daba “como a las demás”.

La oportunidad —que ella estuvo rehuyendo— a sabiendas de lo que yo haría, se dio precisamente un día en que no pudo más evitarme.

“El otro día me di cuenta que escuchaste aquello que estaba contando a las compañeras de trabajo, quería explicarte algo…”.

“¿No recuerdas que te dije que me iba de viaje? ¿Que estaría fuera unas semanas?”.

“Quiero que sepas que pude irme de vacaciones porque el boleto, que saqué a precio de ‘family and friends’ de alguien que me conoce, me costó viaje redondo, $150 a Europa”. El cinismo de aquella excusa me molestó más que sus mentiras.

Le respondí que no me lo dijo y que mi memoria continuaba siendo muy buena para no recordarlo, que por el contrario, la última vez que hablamos mencionaba las deudas que tenía y cómo no le alcanzaba para pagar la renta de su departamento y que si quería pasar como rica o si no lo era, únicamente le competía a ella. Le dije que no me debía ninguna excusa y que mi paciencia se había terminado.

Decidí que estas vampiras emocionales no me drenaran la energía. Es lo único que les detiene.

Alguien que conoce a estos personajes aconseja: a la primera queja en donde lo involucran a uno los quejumbrosos hay que huir como vampiros a la luz del día. De otra forma, toda la negatividad que los acompaña, un día termina pegándosele a uno como esporas. Así que ya lo sabe: ¿Conoce un rey o reina del quejumbre? ¡Salga corriendo de ahí!

Siga a María Antonieta Collins en Twitter: @CollinsOficial. Correo: mariaantonietacollins@yahoo.com.

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