María Antonieta Collins

Encontré al ángel de Machu Picchu

María Antonieta Collins y Albi Correa.
María Antonieta Collins y Albi Correa. Cortesía: María Antonieta Collins

La odisea amenazaba con ser lo que mi hija Antonietta me prometió en mayo, al final del Camino de Santiago en Compostela: que en agosto iríamos a Machu Picchu.

Entrené como de costumbre, a diario cuatro o cinco millas y me dispuse hace unos días a cumplir uno de los grandes sueños de mi vida: conocer la ciudad sagrada de los incas.

Finalmente, luego de vencer el “Soroche” como le llaman al mal de montaña que produce la altura llegamos a Aguas Calientes, la puerta de entrada a la imponente ciudadela.

Luego de una espera en la cola de hora y media los autobuses cargados de turistas —programados ahora si por horario— nos dirigimos al centro arqueológico.

De pronto, algo que veíamos constantemente nos llamó la atención por la ventanilla: eran grupos de gentes de dos, tres, y familias completas caminando al margen del estrello y polvoroso camino, para, en un segundo desaparecer entre los acantilados. Mas adelante la misma imagen, hasta que no pude más y pregunté. “Es gente que baja de la montaña o la sube, pero a pie en vez de hacerlo en el autobús.”

Me quedé con la boca abierta. Antonietta al escucharlo sentenció: “tenemos que hacerlo. Al regreso nos venimos en ese camino hasta el pueblo.”

Me entusiasmó la idea y toda vez que es una ruta muy circulada por los turistas, al terminar la increíble visita a la ciudadela de los incas, rápidas, raudas y veloces comenzamos el descenso entre la Huayna Picchu la montaña joven.

¡Hasta ese momento supimos la realidad: que eran 2,000 escalones de piedra desigual en altura y forma! Lo que amenazaba —de no haber venido con las botas de caminar— con dislocarnos un tobillo. Aquello era interminable, además de los 2,000 escalones el reto era otro: llegar a 12 mesetas de terreno, como si se subieran 12 montañas para poder ir en un descenso controlado y circular.

Finalmente, aquel martirio que duró casi una hora terminó en un puente colgante donde me detuve a descansar. Faltaba decirle que a la media hora del camino mis piernas comenzaron a temblar sin que pudiera controlarlas… Eso, al llegar al terreno plano en camino a la población de Aguas Calientes, distante a media hora más, me llevaban directa al desmayo.

No quería asustar a Antonietta que discretamente —me confeso más tarde— venía detrás para poder detenerme en el momento en que me desplomara.

Recuerdo haber orado para no caerme cuando de pronto, junto a mi una mujer joven me tomó el brazo y lo apoyo en el suyo al tiempo que me hablaba cuando yo estaba a punto de desfallecer.

“Vamos, tu puedes. Tus piernas se ven temblando, pero vámonos, no te voy a dejar caer. Apóyate en mi”.

Esa desconocida con la bondad dibujada en el rostro es una ecuatoriana generosa, se llama Albi Correa. Venía haciendo el camino de ida y vuelta con sus tres hijos, dos mayores y un pequeño. ¡Fue el ángel por el que pedí a Dios momentos antes cuando todo comenzaba a nublárseme en aquella odisea! La bondadosa desconocida me llevó a paso fuerte para poder sacarme de aquel estado donde seguramente me hubiera desmayado en minutos si ella no hubiera llegado.

“Yo te vi porque venía detrás de ti y tus piernas se veían tembleques. No sabía si hablarte o no, pero las mujeres somos guerreras y no nos dejamos vencer, así que únicamente me emparejé contigo, te tomé del brazo y nada… pudimos llegar todos con bien”.

Albi Correa es el epítome de una odisea donde encontrar a personas como ella siempre dan la certeza de que nada en la vida es coincidencia. Momentos antes en mi oración pedía a Dios fuerza para salir adelante, y pronto apareció su mano anónima que me ayudó. Ella y sus hijos siguieron su jornada no sin antes compartir la mesa con nosotros. Luego Antonietta me dijo algo que no olvidaré: era el ángel en el camino de Machu Picchu, o lo que es lo mismo: los buenos son mas que los malos en el mundo… ¡Amén!

Twitter: @CollinsOficial. Correo: mariaantonietacollins@yahoo.com.

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