María Antonieta Collins

Conquisté Machu Picchu, ¿y después qué?

María Antonieta Collins y su hija, Antonietta, visitan la ciudad histórica inca Machu Picchu en Perú.
María Antonieta Collins y su hija, Antonietta, visitan la ciudad histórica inca Machu Picchu en Perú.

El año 2019 abrió lleno de expectativas, las mismas que hacemos todos cada principio de año: cumplir los sueños.

Entre lo que estaba guardado, mejor dicho, lo que estaba largamente guardado se encontraban tres de mis metas a largo plazo: hacer el medio maratón de Miami, poder hacer el último tramo oficial del Camino Francés a Santiago de Compostela y por supuesto, lo impensable, llegar a Machu Picchu.

Hace 20 años con 83 libras de sobrepeso y con una presión arterial alta que me hacía tomar dos pastillas diarias para nivelarla, mientras cubría una asignación en Perú surgió entonces la eterna oferta: ¿Por qué no visitar Machu Picchu la ciudadela sagrada de los Incas?

Rápidamente me dispuse a hacer reservaciones. Hice todo hasta el momento en que alguien con más sentido común que mi persona —y conociendo mi estado físico entonces—, me conminó a la cordura.

“¿Cómo es posible que no te des cuenta de que, con tu falta de condición física, con la presión arterial en las nubes todavía así mismo pienses que puedes subir a 3,400 metros de altura como si nada pasara y sin que te dé un “patatús”?

Le di la razón y sabiendo como me encontraba decidí cancelar los planes.

Frustrada, después comenté durante años la desventura de no haber visitado nunca las ruinas incaicas. Era lo que había quedado inconcluso en mi vida.

Un momento, me dije en mayo pasado. ¿Cómo que no puedo ir ahora a Machu Picchu?

Como si me hubiera escuchado, Antoniettta mi hija me dio la sorpresa de un inolvidable regalo de cumpleaños: ir al soñado lugar.

Machu Picchu era, al igual que el Camino de Santiago en su momento o el Maratón de Miami, la barda de concreto donde se estrellaban ciertas aspiraciones como por ejemplo poder llegar más allá de donde mis habilidades me permitían.

De pronto, 20 años después, y a los 67, pude estar finalmente en el sitio largamente esperado. Pude remontar los 3,800 metros de altura de la ciudad de Cuzco y poder aclimatarme para seguir con la jornada hacia Ollantaytambo y Aguas Calientes.

Estaba yo en el gran desafío contra los años. ¿Quién me hubiera dicho entonces, hace dos décadas que mi condición física será envidiable a pesar del paso del tiempo?

La cirugía bariátrica que de inmediato puso alto a la presión arterial, el sobrepeso de 83 libras que se fueron yendo, me permitieron ir a donde no pude antes.

Respirar el aire viendo a mis pies la bellísima ciudad que por casi 400 años estuvo escondida entre la maleza me hizo reflexionar en tantas cosas. La más importante: que el ser humano es capaz de lograr casi todo lo que se proponga.

Al terminar la visita quedaba el reto principal: si bien habíamos subido la montaña en los autobuses dispuestos para el turismo, el descenso fue a nuestro ritmo: a pie.

Esa fue la inmensa prueba. Aquellos escalones entre los precipicios que daban la sensación de no permitir ningún error, so pena de caer en aquel abismo relleno de árboles y cerrada vegetación.

En medio de aquella bajada encontré que los miedos existen únicamente en alguna parte del cerebro que es el que nos sabotea. Que no somos nosotros los que inventamos el miedo, sino aquello que nos paraliza con excusas que nos evitan cumplir con algo que nos prometimos.

Después, largo, extenuante pero bellísimo, el paisaje se nos abrió hasta la población de Aguas Calientes. El sentimiento entre quienes habíamos hecho el mismo recorrido —decenas de aventurados turistas— era el mismo: la montaña no nos venció… y tampoco las montañas con las que a diario peleamos en nuestras vidas.

Por lo pronto Machu Picchu me hizo ver que 20 años después, la vida me sigue dando oportunidades, solo hay que aprender a no vencerse.

Twitter: @CollinsOficial. Correo: mariaantonietacollins@yahoo.com.

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