María Antonieta Collins

¿A qué clase de ‘dates’ se puede aspirar online?

Unsplash

Cada día son más y más las amigas que están felices —bueno, al principio— de entrar en las páginas del “online dating” es decir, de encontrar una pareja a través de la internet.

Me regocijo con las historias que me cuentan y con la ilusión que les hace la primera cita, y digo primera porque en ocasiones las citas no van más allá de una.

La desilusión las atrapa y lo que cuentan no es para menos.

Frida, una mexicana en sus cuarenta largos, de muy buen ver es una entusiasta de este tipo de encuentros.

“Y, ¿qué voy a hacer para conocer hombres si yo no salgo a ninguna parte? ¿De qué otra forma hacerlo si no es esta forma?”.

Tiene razón, pero el asunto es lo que sucede en la realidad: una cosa es cómo cada persona se vende para encontrar la pareja y otra muy diferente la forma que es. Estos ejemplos son más que claros.

Frida estaba emocionada porque conocería a un ingeniero de sistemas de computadora, divorciado, de 50 años y más aún porque se encontrarían en un sitio neutral que era un restaurante de comida rápida de esos donde se pide en el mostrador la comida o lo que se quiera tomar.

Frida fue vestida para la informal ocasión, eso sí, con la melena bien peinada y maquillada. Llegó al sitio donde el futuro galán la esperaba. Era un americano sentado en una mesa con una botella de agua en la mano.

“Luego de saludarnos, pasaron 10, 12 minutos sin que el hiciera el menor esfuerzo de ofrecerme algo. El empezó a tomar agua de la botella que seguramente llevo desde su casa. Yo dije: quiero tomar un café. El hombre me respondió… Ok. Ante eso no me quedó más que pararme e ir a pedir el café latte que yo apetecía. Pague los 5 dólares que costó y regresé a la mesa y aquel como si nada”.

Poco después de una plática superflua mi amiga se despidió del individuo, pensando que el americano no tenía la menor intención y por eso su descortesía.

Al día siguiente Frida se topó con un mensaje del personaje en cuestión.

“El gringo que había quedado impactado conmigo quería otra cita: está ahora sería para hacer alguna actividad al aire libre, es decir correr o montar bicicleta”.

Frida decidió entonces no solo no volver a salir con él, sino decirle las razones por las que no iría.

“La verdad no creo que voy a volver a salir contigo, porque si cuando me invitas a tomar un café no eres capaz ni de pagarlo, que se puede esperar más adelante. Te deseo mucha suerte en tu búsqueda”.

Poco después vino la respuesta del insultado americano.

“Efectivamente no te invité nada porque yo estaba poniéndote a prueba. Ahora sé cuáles son tus verdaderas intenciones y tu agenda personal. Era un examen y lo reprobaste”.

La respuesta al verse descubierto fue más barata que la invitación al café que Frida tuvo que pagar para platicar con ese hombre. La realidad es que el galán era un miserable emocional y material y mi amiga lo puso al descubierto.

“Hay un problema —dice Frida— que estos individuos forman parte de una nueva generación que utiliza las redes sociales para poner en práctica su descortesía en mujeres que, necesitadas de una compañía masculina aceptan todo. Primero que todo ellos ya no invitan a cenar. No. Ni siquiera una copa de vino. Un cafecito o té y te fue bien. Este hombre a pesar de que la invitación fue suya, viendo lo que sucedió pues queda claro que nunca tuvo intención de invitarme un café. ¿Qué hacer?”.

Le respondo a Frida que lo primero es, al darse cuenta de las intenciones, huir de ahí de inmediato. Pararse a comprar el café y salir del sitio y bloquear al individuo en el celular y no volver a cruzar ni media letra con él. ¿Por qué hacer esto? Porque hay una máxima popular que dice: No es malo hacer como le hacen a uno. ¿Por qué y para qué soportar una descortesía semejante?

Twitter: @CollinsOficial. Correo: mariaantonietacollins@yahoo.com.

  Comentarios