María Antonieta Collins

La fiesta de Friducha

Imagen de la obra de teatro “La fiesta de la Friducha”.
Imagen de la obra de teatro “La fiesta de la Friducha”. Cortesía

No se ni lo que pensé cuando vi el título. De primera instancia sería una obra sobre Frida Kahlo en Miami, lo que de inmediato me hizo transportarme a la pregunta obligada: ¿Frida Kahlo en Miami? ¿Hecha por cubanos?

La respuesta era sí.

La siguiente pregunta era ¿por qué hablando de un personaje tan doliente, tan sufrido en el desamor y en el amor mismo por Diego Rivera, de esa misma mujer que se ensañaba pintándose fragmentada por el dolor del accidente que la dejó casi postrada en una silla de ruedas para siempre, en esta obra de teatro en otro país de su lejano México tenía que ser representada por una fiesta?

Y peor aún, llamándola “La Friducha” como si fueron los chavos de hoy los que hablaran de un ser común y corriente y no de ella. Y así era.

Sabía que Rosalinda Rodríguez era una artista a cabalidad, pero llevar en sus espaldas un papel durante más de hora y media de un monólogo donde nunca pierde el hilo y lleva a cabalidad cada palabra de quienes escribieron el guion, eso es otro cantar.

Nada más el espectador se sienta en las butacas, descubre a un personaje en versión mexicana de la Penélope de Joan Manuel Serrat que teje y desteje esperando la llegada de un amante.

Las sorpresas llegarían no solo con aquella anónima tejedora, sino con quien se encontraba en un lecho de muerte al centro del escenario. Todos querían adivinar si en aquel catafalco cubierto había alguien que respiraba. Nadie podía ver si había un ser viviente esperando salir de ultratumba y cobrar vida, aunque al final se desvela la sorpresa y quien yacía casi inerte no era otra que la Frida, la Friducha del repertorio.

Me intrigaba saber cómo, con la dirección de la cubana Liliam Vega, esta Frida Kahlo tan sui géneris cobrara vida hablando de sus intimidades más guardadas que la mayoría —incluida yo— ignorábamos: que una de sus hermanas se hubiese unido a la inmensa lista de amantes de su esposo, lista que seguramente Frida celosamente calló para no perder al hombre sapo-rana como le llamaba de cariño a quien idolatrara hasta el fin de sus días.

Rosalinda transmite el dolor que Frida sintiera con la traición de la hermana como si fuera la de una de nosotras a quien sucediera semejante trancazo al corazón. Y debo confesar que brincamos de gusto al ver que se lo gritara a la cara de la infiel.

Imagino el binomio Rosalinda-Liliam/Liliam-Rosalinda creando aquel tejido de escenas y diálogos, de datos verídicos mezclados con diálogos imaginados por dos mujeres, como si lo hicieran como con las agujas para crear la obra que deja al auditorio contento.

Supieron recrear con una escenografía sui géneris de Catrinas —la muerte flaca y risueña— que tanto amaba Frida, lo mismo New York que la Casa Azul de Coyoacán donde no es difícil imaginar que haya existido el dolor de la traición y la alegría del amor desbocado y sin freno que motivara a Frida a amar a Diego prácticamente desde el instante en que le conoció.

¿Por qué fiesta de la Friducha? —me preguntaba, hasta el momento mismo en que entrara en escena el mariachi y la inmortal “Si nos dejan” de José Alfredo Jiménez que tan bien combinara en aquella oda al amor y al desamor y que nos hizo cantar con ella... o con Rosalinda.

Terminamos todos aplaudiendo sin parar a un esfuerzo enorme que habla de un gran trabajo.

Twitter: @CollinsOficial. Correo: mariaantonietacollins@yahoo.com.

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