El troglodita del pepino
El exclusivo salón de espera de la aerolínea por donde viajaríamos a Polonia tenía restringida la entrada.
“Ahí únicamente entran —dijo orgullosa la empleada— clientes distinguidos y sus huéspedes... pero nadie más”.
Afortunadamente tantos viajes me han dado la oportunidad de por lo menos en algunos poder invitar a mis compañeros.
Jorge Álvarez, el camarógrafo, acompañado de Cari, su esposa, quien de inmediato entró en la plática.
—Caballero, aquí hay que comportarse a la altura, lo bueno es que estamos bien vestidos…
La espera sería divertida con tanto por ver en aquel sitio donde las pantallas gigantescas y el lujoso buffet anticipaban hacer de aquel tiempo un verdadero oasis.
Debo confesar que me gustó el sitio elegante.
La comida muy bien presentada, apenas se comía era recogida por un ejército de personas que limpiaban y recogían el sitio cada cinco, diez minutos para que nada causara una mala impresión.
—Hay que recordar que esto es un sitio donde vienen empresarios, gente seria, familias pudientes con sus hijos en vacaciones— dijo alguien más que me pide obviar su nombre.
De pronto, lo vi llegar como una aparición apocalíptica que se fue a sentar justo frente a mí en una butaca.
Era un hombre de no más de 35 años, que vestía un sucio pantalón de viaje de los que se les pueden poner y quitar las piernas con zipper. Se las había quitado y entonces quedaba en pantalones justo bajo las rodillas.
En la parte de arriba traía un sweater “hoodie” todo grasiento, con la capucha sobre la cabeza, lo que solo permitía ver su rostro cubierto por una barba, y el cabello que a leguas lucia sucísimo.
Al bajar mi vista me topé con unas piernas flacas, peludas y los pies sucios con largas uñas, sucias también, que jamás habían tenido un pedicure, y que calzaban unas sandalias “pata de gallo” de piel, toda desgastada y grasienta.
Aquel joven miraba con desconfianza a un lado y hacia otro.
De pronto, de una bolsa de plástico de las que dan en los supermercados sacó un inmenso pepino que, sosteniendo con sus manos, ¡y que sin más partió en dos sin ayuda de un cuchillo!
¡Madre Mia! —dije para mis adentros, pero lo que vino después fue peor.
Resulta que se llevó a la boca la mitad del pepino y haciendo el ruido correspondiente comenzó materialmente a roerlo.
Solo se oía “crunch…crunch…crunch”.
Yo fingía estar leyendo correos en mi computadora, aunque en realidad estaba boquiabierta observándolo a escondidas.
Pensé de inmediato en mi hija Antonietta que si me veía seguramente me diría: Mamaaaaaaa deja de mirarlo. Pero en verdad que no podía.
Me atormentaba pensar que en algún momento ese ejemplar de lo que es la falta de modales, educación y sentido común llegara a la vida de alguien comportándose de esa manera.
El joven aquel era todo un cavernario. No se puede decir que comía, sino que materialmente roía —para ese entonces— la mitad del otro pepino.
De pronto se metió los dedos para sacarse de entre los dientes el rastro quizá de una semilla y escupió en la bolsa de plástico que hizo las veces de una improvisada lonchera.
No pude abstraerme de pensar. ¡Que horror si un chico de estos le llega a una como novio de una hija!
Cari, la esposa de Jorge Álvarez, intervino.
“Te estaba observando horrorizada y tenías toda la razón. No imagino quien lo educó para comportarse de esa forma… y lo mejor es que cuando entramos nos advirtieron que este era un sitio para gente muuuy especial y mira qué especial personaje hemos tenido que soportar en esta exclusividad”.
Poco después el personaje se fue, no sin antes escupir unas cuantas semillas más dentro de la sucia y arrugada bolsa de plástico que dejó ahí ¡tirada en el piso!
Como iba solo era fácil ver que sin lugar a dudas sería alguien importante que había ganado el derecho de entrar al exclusivo lugar, pero sin temor a equivocarme, el dinero que haya tenido no le ha comprado la capacidad de no comportarse como troglodita, “El troglodita del pepino”. ¿O no?
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