María Antonieta Collins

Envejecer feo, sin darse cuenta (o no querer darse cuenta)

Cuando uno envejece y no quiere reconocer que la mente le está haciendo una mala jugada, puede crear conflictos personales con desconocidos y familiares.
Cuando uno envejece y no quiere reconocer que la mente le está haciendo una mala jugada, puede crear conflictos personales con desconocidos y familiares. Unsplash

Si hay algo a lo que no solo le tengo miedo, sino pavor, es a envejecer feo y especialmente cuando se pasa de los 60 y la mente comienza a jugar mal.

Más gráficamente que nunca me di cuenta de esto el otro día mientras iba a estacionarme en un espacio que era estrecho, en aquel congestionado estacionamiento a las afueras de un popular restaurante.

De pronto me di cuenta que el auto parqueado adelante de mí ocupaba más de dos sitios, y que dentro se encontraba todavía el conductor.

Con mi mejor sonrisa y amabilidad fui a verlo, especialmente porque se trataba de un anciano de cabello blanco, y le pedí a aquel caballero el inmenso favor de moverse un poquito hacia adelante para que yo pudiera parquearme detrás de él.

Esperaba una gentil respuesta.

Aun cuando el hombre de inmediato respondió que sí, que se movería un poco hacia adelante, mientras en mi auto esperaba que lo hiciera, de pronto veo que el hombre se baja, y enfurecido vino hacia mí.

“¡Fíjate bien hija de @#$%&* que a mí nadie me dice donde me parqueo!”.

Me quedé petrificada viendo a aquel hombre convertido en un energúmeno sin control gritando groserías a voz en cuello, como yo si le hubiera ofendido.

Traté de decirle que era solo moverse unas cuantas pulgadas para que yo pudiera entrar…

“A mi ninguna mujer @!#$%&* me dice que estoy mal parqueadoooo…”.

No parecía entender lo que yo tan gentilmente le había pedido y que a cualquier otra persona que estuviera ocupando dos espacios no le hubiera molestado al darse cuenta, por el contrario aquel energúmeno seguía gritando improperios a diestra y siniestra…

“Y te quiero decir, quítate de ahí @#!$%&* porque nadie va a dañar mi auto o le doy al tuyo”.

Ahí sí que me di cuenta que el hombre estaba mal de la cabeza, porque nada más observar el vehículo en el que estaba, era todo lo contrario. Se trataba de un auto viejo en mal estado, abollado por los costados, con la pintura comida por el sol de tantos años.

Decidí no solo no escuchar sus insultos machistas y poner distancia del ofensivo y abusivo anciano. Cuando pasé al restaurante y tuve que ir por donde se encontraba el vehículo me di cuenta que lo manejaba una persona con placa de deshabilitado.

Pensé que no solo deshabilitado físicamente, sino que seguramente también en sus emociones. ¿Cómo es posible que a una petición educada respondiera fuera de sí?

Vuelvo a mi misma reflexión: si actúa de esa forma con desconocidos, ¿qué clase de vida llevará en su casa? ¿Cómo se comporta con la esposa si aún tiene? ¿Qué ejemplo puede darles a sus hijos y nietos?

“Eso es envejecer sin querer aceptarlo y no darse cuenta de que la mente nos está jugando mal”, me dice un experto.

“Ese señor abusa de su condición de persona mayor, y aún más con las mujeres que con los hombres que podrían darle un buen susto si se comporta de esa manera”.

“Me quedo pensando en que se pierden amistades, desafortunadamente amigos valiosos en el momento de envejecer de esa forma porque no distinguen que se han salido de control.”

¿Qué hacer entonces? Quizá la más empírica de las recetas: pedirle a amigos cercanos que cuando vean que tenemos cambios de conducta nos los hagan saber, de otra forma, estaremos perdidos.

Twitter: @CollinsOficial. Correo: mariaantonietacollins@yahoo.com.

Esta historia fue publicada originalmente el 14 de noviembre de 2019, 3:20 p. m..

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