María Antonieta Collins

Qué hacer con los regalos que no te gustaron

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Pasaron ya las fiestas. Pasó el ajetreo de las listas de regalos que dimos y que nos dieron.

Pasó el día de las devoluciones donde se cambiaron todas las cosas que no nos gustaron por otras que sí. Todo eso quedó atrás, pero no del todo.

Hay miles que piensan: “Esto puedo dárselo a fulana, seguro que le va a gustar”, o “este perfume barato puede ser para el jardinero”, y “este platón que no tiene que ver nada conmigo será para la vecina de al lado”.

Ojalá y en verdad ese fuera el fin de las cosas que nos dieron y que no gustaron: acumularlos.

La realidad es que en el muy humano sentimiento de la avaricia, todo eso que no se regala se va quedando en closets y roperos con una malvada esperanza: “apenas haya un regalo que hacer, de inmediato saco algo y de paso ahorro lo que hubiera gastado. Total, está nuevo y ni cuenta se darán del ‘roperazo’ ”.

Pero resulta que es todo lo opuesto. La gente que recibe los “roperazos” sabe que son eso y que se lo están dando.

¿Qué hacer entonces? ¿Cómo deshacerse de ellos con dignidad?

Alguien propone que así como se hacen las limpiezas de closets con la temporada de invierno y la de primavera, así mismo se haga con los regalos que no nos agradan.

¿Cuándo hacerlo?

Hay que hacer las cosas “en caliente”. Sencillo. Para eso está todo enero y hasta febrero.

Por principio quíteles la envoltura navideña. Después tome una caja, un contenedor de plástico, y póngalos dentro. (Yo uso una caja transparente de esas para almacenar cosas).

No los mire con compasión, los objetos son objetos y nada más. Ni sufren ni se acongojan, es decir, no le dé a su sentimiento de avaricia —con el que todos venimos equipados— la oportunidad de sabotearlo y abandonar esa limpia de objetos indeseados, y peor aún con el riesgo de convertirse en una avara o avaro de estos tiempos que solo deben ser de paz, comprensión y amistad.

Después hay que pensar en el destinatario, es decir, a quien o quienes dárselos y cómo decírselo.

Primero yo muestro la caja a quienes tengo más cerca y les pregunto si quieren algo de lo que hay dentro, y les digo que si les gusta es suyo y que es gratis, que son los regalos que me dieron y que no voy a usar, ni a guardarlos para darlos en las próximas Navidades a alguien más.

Créame que ahí se va a deshacer de una buena parte. Se llevan los perfumes, aretes, pulseras, de todo.

Lo que queda entonces puede tener otros destinos: puede ser su iglesia, Salvation Army, Goodwill Industries. Ellos recibirán encantados estos objetos sin usar, y usted se habrá deshecho de algo que si no es bueno para usted, tampoco debiera serlo para nadie a quien usted conoce.

Tengo esta costumbre anual desde que hace años recibí el famoso colgador de macetas de tejido macramé con unos cocos incrustados entre el hilo del que hablo siempre. Está por demás decir que era espantoso.

El asunto es que cuando fui a abrirlo, al extenderlo cayó una tarjeta envejecida que decía:

“Esto en tu family room se verá bello. Cariños de Tía Hercilia”.

De inmediato pensé en que no tenía ninguna tía llamada Hercilia y al no tenerla, jamás pudo ir a mi casa y por tanto no sabía cómo era mi family room

¡Había sido yo víctima de una Scrooge de la Navidad que me había dado un famoso “roperazo”!

Dicen que los ciclos malos hay que romperlos y la mejor forma es con la generosidad.

Así que cuando hago lo que le he narrado antes, es decir, deshacerme de ellos sin mentir a nadie, créame que es una sensación de calma la que me invade. Nadie se merece ser “plato de segunda mano”, entonces los regalos que no me sirvan, al compartirlos de esta forma, no serán nunca más regalos de segunda mano.

Twitter: @CollinsOficial. Correo: mariaantonietacollins@yahoo.com.

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