Maratonista a los 50, 60 y más
Si hace años alguien me hubiera dicho que algún día, después de los 60 años yo sería capaz de hacer un medio maratón, es decir, 13.1 millas de distancia y que para recorrerlas corriendo y caminando fuerte tendría que soportar sin parar 4 horas y 6 minutos, seguramente que hubiera dicho que esa era una tarea imposible para una señora de 67 —y casi 68 años de edad.
Nada más falso.
Me he vencido a mi misma y por segundo año consecutivo, lo he hecho e incluso bajé en más de 20 minutos mi marca anterior. ¿Qué es lo que me ha motivado?
Sencillo. Hace seis años que decidí resistirme a pertenecer a una cofradía muy popular de aquellos que apenas se cumplen los 60: los de la pastilla de la presión, el barandal y los zapatos sin tacón.
Tomaba entonces dos pastillas para la presión arterial alta: una en la mañana y otra por la noche, eso sin contar la que era para el colesterol, la de los dolores musculares, en fin.
Pero había algo más: llegaba a algún sitio y lo primero era buscar el área de las personas mayores para encontrar un barandal metálico para asirme y así caminar mejor.
Y lo peor era que ya había desechado los zapatos de tacón alto y únicamente mis pies que soportaban un sobrepeso de más de 80 libras, solo podían caminar sin tacón alguno.
Me veía en el espejo y en verdad que no solo me daba lástima a mí misma, sino que también me cuestionaba sobre el futuro: ¿Cómo iba a envejecer? ¿Con qué calidad de vida?
De pronto me dije a mi misma: Hellooooo, Collins, ¿acaso no te has dado cuenta de que el futuro está aquí, que no es para mañana?
La realidad se me pintaba aterradora.
Ya usaba talla 18 y enormes blusones que intentaban hacer pasar desapercibido un cuerpo que se había deformado por las libras de más.
El dolor diario me martillaba las articulaciones que sostenían un cuerpo que no estuvo programado para soportar tanto peso.
En medio de ese panorama, cuando alguien me ofrecía un consejo jamás solicitado este invariablemente era el mismo: ¿Por qué no empiezas a hacer ejercicio?
Me daban ganas de callarles la boca por su impertinencia. ¿Qué les importaba? Lo menos que yo quería escuchar era la recomendación de poner mi cuerpo a trabajar con ejercicio.
Antonietta, mi hija, me dio la más real de las anécdotas de entonces.
“Te enojabas tanto porque uno tratara de que te ejercitaras, que lo que respondías era increíble: furiosa me dijiste en más de una ocasión, ‘Tú vienes de vacaciones a Miami y en vez de estar conmigo, en vez de que pasemos juntas el tiempo, noooo. Resulta que te vas a entrenar, a correr como liebre por la ciudad mientras yo me quedo aquí esperándote. Se me hace lo más egoísta del mundo. Yo no necesito para nada ponerme a correr por ninguna parte y menos que alguien como tú me diga que semejante cosa va a mejorarme la salud. Eso es egoísmo puro’ ”.
Hoy, al ver la foto que más orgullo me ha dado, la de nosotras dos en la meta del Maratón de Miami abrazadas mostrando nuestras medallas, pienso que aquella anécdota no fue verdad, pero sí que lo fue.
Y es que soy otra desde la cirugía de la manga gástrica donde el triunfo ha estado basado en que cambié mi vida totalmente y de aquella mujer envejeciente en fea forma no queda nada. La de hoy es una mujer de casi 68 años que no tiene miedo a los retos, que ama el ejercicio, que lo mejor que me ha pasado es ejercitarme junto a mi hija, y junto a ella seguir en las metas que vienen que nos llevaran caminando de Portugal a Santiago de Compostela, en España. Entonces, ¿quién dijo que no se puede?
Twitter: @CollinsOficial. Correo: mariaantonietacollins@yahoo.com.