María Antonieta Collins

¿Qué nos queda? Solo acostumbrarnos a la ‘nueva normalidad’

Entro a uno de mis restaurantes favoritos de todos los tiempos –por sabor y ambiente– nada que tenga que ver con el lujo sino con la comida casera sabrosa y la atención para disfrutar siempre con el que entra, con el que come y con el que se va. En el mismo sitio todo eran anécdotas, risa y hoy es exactamente lo contrario.

Mesas vacías, intercaladas para alejar a unos de los otros, las máscaras, los guantes de hule y la ausencia de plática con los meseros que, con el horario recortado, atienden sin la cálida conversación de hace apenas tres meses.

“Tendremos que vivir así”, me dice una clienta del lugar, “o seguir pidiendo comida para llevar a casa, porque sentarse así, lejos de alegrar es deprimente”.

“¿Pagar para venir a caerse de la tristeza recordando cómo eran los restaurantes apenas en marzo?”.

“¿No veníamos a ver la alegría tropical de cómo cantaban el ‘Happy Birthday’ al son de claves y maracas?”.

“¿No nos recibían con el abrazo o el apretón por lo menos de hombro?”.

Me quedo pensando en lo que dice y reflexiono.

Hoy todo es esa distancia social que seguramente aleja al malvado coronavirus y nos salva, pero que nos hace sentir la falta de la cálida diferencia de apenas hace poco.

Sucede lo mismo en las tiendas, que recién abren bajo nuevas reglas y que lucen con poca mercancía.

Si las colas para entrar son grandes, más grandes aún son las de las cajas para pagar.

Dos mujeres que estaban juntas me comparten su “estrategia” para comprar donde los artículos son rebajados todo el tiempo y que por tanto, tienen a cientos de clientes esperando.

“Como ya sabemos que las colas tienen una espera de una hora, mientras una de nosotras la hace, la otra compra. Media hora después cambiamos los papeles. En caso –muy raro– que la cola avance rápido, pues dejamos pasar al de atrás, que feliz se adelanta. De otra forma comprar es una tortura”.

Es la nueva normalidad con otras variantes.

Me vi aplaudiendo a rabiar en el momento en que la manager de la tienda cada media hora repetía lo mismo: “Guarden la distancia por favor”, “sepárense por favor”, “obedezcan los señalamientos”.

“Es que pocos hacemos caso” –me dice mirándome una clienta en la fila– “pocos entendemos que hay que estar alejados y lavarse las manos, que es lo único que tenemos en claro desde que en marzo pasado cerraron todo esto y nos tuvieron confinados en casa por el mortal contagio”.

La realidad es más cruda: pocos entendemos que había dos sopas y que una se terminó.

La respuesta es: pa-cien-cia. Tenemos que aprender a vivir con la paciencia a cuestas.

Si, la misma paciencia que nos permitirá entender que nuestras vidas cambiaron para siempre, igual que sucediera después de septiembre de 2001. ¿Recuerda usted cuando cualquiera entraba a recibir y despedir a las salas de abordaje en los aeropuertos? ¿Y cuando no había más colas que las de los mostradores porque nadie revisaba lo que teníamos con nosotros?

Pero también cuando aprendimos a quitarnos los zapatos, a no traer más que pequeñas botellas de líquido de hasta tres onzas y a no cargar armas, ni cuchillos y tantas limitaciones más.

Eso mismo nos está sucediendo en esta etapa de las reaperturas donde no entendemos bien que nuestra vida ya es otra y que si queremos seguir adelante solo nos queda obedecer las disposiciones y estar al tanto de las que se imponen.

¿Es fácil acostumbrarse a entrar a todas partes con máscara? ¿Nos gusta? ¿Estamos contentos?

La realidad es que no, pero la conciencia hace un fácil examen: ¿hay acaso vacuna contra el COVID-19? ¿Hay acaso medicina? La respuesta por ahora también es un… No. Entonces, solo contamos con la distancia social, las máscaras y lavarnos las manos, y si eso neutraliza el peligro de terminar entubados y al borde de la muerte, ¡pues bienvenido sea! Que la vida vale más que eso, ¿no lo cree?

Twitter e Instagram: @CollinsOficial. Correo: mariaantonietacollins@yahoo.com.

Esta historia fue publicada originalmente el 8 de junio de 2020, 4:16 p. m..

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