El valor de enseñar a los hijos a orar
Mi hija Antonietta sabe que me levanto temprano, igual que ella cuando entra muy temprano a trabajar, por eso su llamada no me alarma, a pesar de que sea en la madrugada.
“Mamá, buenos días, ¿podemos orar? Cuando tú lo haces por mí, cuando lo hago contigo, me siento protegida”.
De más está decir que de inmediato oramos, y que lo hacemos no solo por ella, por sus compañeros, por su trabajo, bendecimos a quienes no la quieran —que a Dios gracias son muy pocos—, pedimos por todos a su alrededor, especialmente en este tiempo de COVID-19 de tantísima necesidad, y usualmente sus palabras me hacen pensar que a pesar de todo, como madre valió la pena ser fuerte y no dejarme vencer cuando de obligarla a orar se trataba:
“Gracias mamá por haberme enseñado a tener fe. En muchas ocasiones difíciles no sabría qué hacer si no me la hubieras enseñado. No sabría qué hacer si hoy no supiera buscar a Dios con la oración”.
Esa madrugada al terminar de orar por teléfono, su agradecimiento me dio una reflexión: ¡valió la pena ser fuerte y no dejar que sus excusas entonces, vencieran sobre mi propósito de que no solo conociera de Dios sino que aprendiera a orarle cada día y también que agradeciera todo lo que él le provee: salud, trabajo, casa y comida!
Siempre entendí que esa era mi obligación de madre.
Esas llamadas son aquellas inimaginables 25 años atrás cuando las cosas eran diferentes y que cada vez que lo hace me muestra que no hay esfuerzo en vano cuando tenemos que enseñar a los hijos las cosas fundamentales en la vida como es el poder de la fe y el de la oración.
No es fácil, ¡por supuesto que en mi caso, como quizá usted que me lee tampoco lo es! porque las peleas son las mismas en cualquier casa cada donde haya adolescentes —sea cual fuere la religión que se profese— a la hora de ir a la iglesia cada domingo. No hay padres que se hayan salvado de las malas respuestas, de las malas caras mirándonos con enojo, de las bocas que tuercen acompañando las excusas de los hijos nos ponen un extra estrés a último momento.
-No quiero ir. ¿Por qué hacerlo ahora, en domingo, en vez de quedarme durmiendo más tiempo? ¿Por qué a ti se te ocurre que hay que ir?
Casi nadie se escapa de las discusiones teológicas de los hijos para no ir.
-¿No que Dios está en todo lugar? Entonces me quedo en casa, tú vete a la iglesia que yo oro a mi manera y creo en Dios a mi manera... No hay necesidad de ir…
En ese instante era cuando me salía el deber de madre para hacer prevalecer la enseñanza
-Aunque no te guste —decía de inmediato— mientras vivas en esta casa vas a aprender a poner en práctica la fe. Aunque no te guste ahora mismo nos vamos a la iglesia a cumplir cada domingo con Dios.
Aunque no quieras, vas a ejercitar el poder de la oración… Nada de eso está de más ni daña tu vida…
Mi fuerza de madre prevalecía y la iglesia y la oración diaria nunca estuvieron en medio de ninguna negociación. Era ir o ir. Sin importar el enojo.
Por eso hoy, cada llamada suya a la hora que sea: “¿mamá, podemos orar?”, me hace sentir con el deber cumplido. No hay nada que me dé una tristeza más profunda que las respuestas de muchos jóvenes a quienes he entrevistado en las cárceles y a quienes invariablemente he preguntado durante años. ¿Oras? ¿Tienes fe?
-“No. En mi casa ni mi madre, ni mi abuela que fueron quienes me criaron me enseñaron a orar, a rezar, ni me acercaron a Dios. No creo en él y en mi casa nadie se propuso que tenía que conocerlo. A lo mejor eso me hubiera frenado el mal camino”.
Esas eran las respuestas que me hacían seguir adelante en mi enseñanza. Hoy, la llamada de Antonietta a cualquier hora del día es saber que enseñar a los hijos a orar es darles el arma más poderosa. No hacerlo es dejarlos solos sin creer en nada.
Twitter e Instagram: @CollinsOficial. Correo: mariaantonietacollins@yahoo.com.