María Antonieta Collins

Cualquiera se puede enfermar del coronavirus

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Es uno de los seres humanos más cuidadosos que conozco.

Por razones de privacidad no digo ni su sexo, ni mucho menos el nombre.

Desde principios de marzo cuando la pandemia llegó y sin que hubiera un mandato para usarlas, fue la primera persona de mi entorno en usar la máscara y el protector facial.

Apenas alguien se le acercaba entonces, de inmediato estaba a la defensiva haciéndonos ver que no quería que nadie se acercara.

Debo confesar que en más de una ocasión me sentí ofendida con su conducta. Apenas nos veía en su entorno se ajustaba la mascarilla facial, dejándonos saber que estábamos muy cerca.

“Es que no puedo contagiar a mi pareja ni a nadie de mi entorno”, aclaraba.

Con el paso de los meses nos acostumbramos a sus cuidados que tildamos de excesivos y al verle así, enmascarada, más que cualquiera de nosotros a su alrededor, y sus historias nos eran conocidas: no tendría ninguna vida social mientras el COVID-19 amenazara nuestras vidas.

“Por supuesto que nosotros no salimos ni a la esquina si no tenemos que hacerlo. De la casa al trabajo y del trabajo a la casa”, aclaraba de inmediato.

Le preguntábamos por las compras.

“Ese es el deber de mi pareja: nos hemos repartido las obligaciones en casa y la suya es ir por lo que necesitemos al supermercado. Por supuesto que a mí, que estoy trabajando, no me da tiempo, pero somos ambos muy cuidadosos sobre cómo guardar las cosas en la casa, no nos reunimos con nadie, no vamos a ninguna parte y tratamos de que esta amenaza pase con las menores complicaciones para todos. Por lo que toca a nosotros de ninguna manera nos arriesgamos”.

Quienes le conocemos sabemos que es fiel practicante de la distancia social, de lavarse las manos y sobre todo y por encima de todo, de usar su máscara facial a toda hora.

Hace más de una semana nos vimos por cuestiones laborales, y por supuesto que eso fue con distancia social y sin que se quitara el protector de su boca y nariz.

Pasaron dos o tres días y me llamó con voz de preocupación

“No sé qué me pasa pero siento que estoy como con destemplanza”.

Le pregunté de inmediato a qué se refería y me explicó que sentía un poco de calor en su cuerpo, como si fuera fiebre. De inmediato se quedó en casa y se fue a hacer la prueba del virus.

Al día siguiente ya le había arreciado la temperatura y estaba con gran preocupación trabajando desde su casa. Un día después me dijo que había perdido el olfato y el gusto, que la fiebre continuaba y que tenía dolores.

“Yo creo que tengo el COVID-19”. Me dejó helada.

¿Qué puede decir uno en esos momentos que ayude a una persona con semejante angustia?

Hace un par de días, mientras hablábamos le entró el correo que le confirmaba el diagnóstico: era positiva al virus.

De inmediato un sentimiento de desazón y preguntas se apoderaron de mí. ¿Cómo pudo contagiarse la persona más cuidadosa de mi entorno?

Desafortunadamente poco a poco supimos de más personas que resultaron positivas en el entorno donde esta persona se encontraba. ¿Qué pudo haber sucedido? No lo sé, pero por supuesto que decidí tomar el examen del COVID-19 y de los anticuerpos.

Estoy a la espera de los resultados, pero a pesar de hacer memoria y de todo lo demás no puedo evitar el mayor razonamiento: hoy el contagio puede venir de cualquiera.

Nadie tiene la culpa (si no hay un comportamiento irresponsable) de contagiar a nadie. Nadie se escapa de algo que está oculto e invisible, por eso la misma recomendación: distancia, (vea feo y muy feo a quien se le acerque demasiado) y use siempre la máscara, que a fin de cuentas nos puede salvar inmensamente.

Ah, y no olvide que hoy para contagiar y para contagiarse puede ser cualquiera.

Twitter e Instagram: @CollinsOficial. Correo: mariaantonietacollins@yahoo.com.

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