María Antonieta Collins

María Antonieta Collins: ¿Cuándo crecen los hijos?

Otra amiga me aseguró: ‘Te darás cuenta de que creció cuando se vaya al College: cuando deje la casa para irse a estudiar’.
Otra amiga me aseguró: ‘Te darás cuenta de que creció cuando se vaya al College: cuando deje la casa para irse a estudiar’. Miami Herald

Paseando con mi hija Antonietta en unas cortas vacaciones en un crucero, la sensación de paz entre ambas platicando largamente, incluso, tomándonos una copa de vino por las noches me hizo caer en el origen del sentimiento que me embargaba y que respondía –aunque tarde– a la angustiosa pregunta que invariablemente nos hacemos los padres en algún punto de nuestras vidas. ¿Cuándo van a crecer?

Generalmente, la pregunta llega tan pronto como después de que nacen, en las noches en vela con los bebés llorando y sin querer dormir. No me salvé de eso durante décadas. Primero pensaba en lo que alguien me había dicho: “El primer síntoma de que crecen es cuando quitas el asiento de seguridad del auto”.

Llegó el momento en que tuve que retirarlo y confieso que eso me hizo feliz por un tiempo, hasta que vinieron esos terribles años de la preadolescencia, cuando el cambio de hormonas equivale a cambio de carácter, enfado, malas maneras, mala actitud y situaciones que a los padres nos sacan de control y volvemos a preguntarnos: ¿Cuándo va a madurar?

En medio de esa situación alguien me dijo: “Te darás cuenta el día que le compres su primer auto y tenga licencia para conducir”.

Esas palabras fueron proféticas. Antonietta tuvo auto a los 16 años y se convirtió en una enorme ayuda para ir a hacer las diligencias al supermercado, a cualquier cosa para la que se ofrecía sin pensarlo con tal de salir manejando y gozar de su nuevo estatus. Entonces llegaron los dolorosos problemas de la adolescencia, que en el caso de ella fue difícil. Todo lo que ya he contado en mi libro Cuando el Monstruo despierta (Confesiones de padres de adolescentes).

Capeando los peores tiempos de esa adolescencia descarnada, me volví a preguntar: ¿cuándo madurará? Y otra amiga me aseguró: “Cuando se vaya al College. Cuando deje la casa para irse a estudiar, comprenderás que ya no son tuyos y que es la primera vez que has quedado en libertad como madre. Y de paso tienes una habitación libre para usarla como quieras”. Y así fue. Antonietta partió a estudiar a Ohio y mientras unos padres lloraban por el “síndrome del nido vacío” que dejan los hijos al partir, yo estaba feliz tratando de poner mi vida en orden y de renovar la habitación disponible. Hasta que me di cuenta de que ¡todo lo que había dejado mi hija dentro me impediría hacer cambios sin su consentimiento! Y sin el sermón que me daría remordimientos por ser “mala madre” queriendo deshacerse rápidamente de su hija.

Después de conseguir trabajos fuera de Miami y de solo regresar a casa de vacaciones, Antonietta, mi bebé, a Dios gracias, pide el consejo de su madre varias veces al día –siempre desde la distancia– ya sea por una llamada telefónica o por mensaje de texto, al grado que me sigo preguntando: ¿Cuándo va a madurar?

La respuesta la tuve en medio de las minivacaciones que pasamos juntas y donde nos divertimos tanto. Ella hacía burla de las cosas que yo decía o hacía; y yo feliz de haberme dado cuenta de que un signo de que los hijos crecieron es que se comparten pláticas sin el consabido: “Ay, mamá no te metas conmigo”, sino todo lo contrario. Me di cuenta cuando caminamos juntas por la cubierta del barco, con sendas copas de vino en mano: ya no existía el peligro de que alguien me acusara de inducir a mi hija a beber alcohol, sino todo lo contrario.

Aunque en el fondo hay una verdad, y esta es que, tengan los años que tengan, nunca dejarán de ser nuestros niños y seguiremos preguntándonos: ¿Cuándo van a crecer? • 

mariaantonietacollins @yahoo.com

@CollinsOficial

  Comentarios