María Antonieta Collins

Eramos tan felices y ni cuenta nos dábamos | Opinión

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Lo que sucedió la noche del debate final entre los candidatos a la presidencia, al terminar la transmisión pudo ser exactamente lo que era cada vez que terminaba una larga, larguísima transmisión donde la espera para poder hacer el programa son por lo menos seis, siete horas aguardando el momento de salir al aire.

Pero siempre después que las cámaras y las luces se apagan, lo mejor es la convivencia con los amigos que se reunían para, sobre todo en Miami, a la hora que fuera, antes de la medianoche, o después de esta sentarse en los restaurantes tradicionales: Versalles, la Carreta de la 40, El Rinconcito latino a tomar el café con leche, la ensalada de pollo, la copa de sangría o un buen plato cubano.

Los lugares para donde ir sobraban, pero eso por el COVID es cosa del pasado.

Me da tristeza ver que eso es cierto. Me dolió vivirlo la semana pasada.

Con mi amiga Niuvis Miralles salimos con un hambre de caníbales. “Estoy que me como cualquier cosa devorándola. Me muero del hambre”, decía. Después de las horas de tensión se antojaba un plato de arroz blanco con caldo de frijol negro colado y una palomilla. Bueno, lo menos sería hallar un batido de mamey.

Íbamos a los sitios de la Calle Ocho y nada. Cerrados y con las sillas sobre las mesas.

Seguimos por la Calle Flagler y tampoco hubo un solo sitio abierto.

Así recorrimos media docena de lugares hasta que, vaya, se me ocurrió ir un sitio de hamburguesas por tradición abierto toda la noche. Ahí sí que por lo menos comemos, yo una con queso y tú los “chicken nuggets” con salsa agridulce. Entramos rápidas y veloces al “drive-thru”, solo para que una voz que sonaba de ultratumba, desde un micrófono nos advirtiera.

“Por la pandemia estamos cerrados a las 10 de la noche hasta nuevo aviso”.

¿Pero no que ya no había toque de queda en Miami sino hasta la medianoche?

“Estas son nuestras nuevas reglas”, respondieron, al tiempo que cortaba la comunicación.

Entonces comenzamos a hablar como ancianas recordando su juventud.

“¿Recuerdas cuando íbamos al teatro a una función o a un concierto y que hacíamos al terminar? ¡Salir corriendo al Versalles a comer algo!”.

Le digo que tengo la escena presente como nunca: Con mi amigo Mauricio Zeilic las noches de cabaret después de ver en el “Hoy como Ayer” a Malena Burke tal cual dictaba la tradición pre-pandemia, generalmente terminaban alrededor de una mesa del Versalles luego de desfilar por esos pequeños espacios llenos de gente a quienes saludábamos y hasta platicábamos si las conocíamos.

“Esto es como entrar a una alfombra roja”, siempre decía Mauricio.

Eso es cosa del pasado.

La noche del 22 de octubre el ambiente era para provocar llanto en Versalles, pocas mesas y meseros que ya no podían atendernos. De mi Carreta de la 40 ya ni digo porque lucía cerrada horas antes.

¿Cómo era el Miami nocturno antes de la pandemia?, pregunta alguien también frustrado como nosotros por no encontrar donde comer algo. La respuesta me sacó a flote la tristeza.

Había que ver el orgullo de los miamenses de decir: ¡Nada como Miami para comer a cualquier hora y comer bien y eso no lo encuentra uno en cualquier parte… solo en Miami!

Esa noche, cuando los toques de queda ya son más flexibles, cuando se han relajado las prohibiciones por la pandemia, me di cuenta que el verdadero panorama de nuestro Miami es desolador. Ya no solo no hay donde divertirse –y mejor no hacerlo hasta que sea seguro- sino que sentarse a comer algo y convivir después de una larga jornada de trabajo tampoco ya es factible.

Teníamos tanto que ni siquiera lo apreciábamos.

Éramos tan felices que ni cuenta nos dábamos de eso. La realidad es tan clara como esa oración. Ahora lo que queda es esperar a que vengan tiempos mejores y que esta, la de hoy, no sea nuestra “nueva normalidad”.

Twitter e Instagram: @CollinsOficial. Correo: mariaantonietacollins@yahoo.com.

Esta historia fue publicada originalmente el 28 de octubre de 2020 a las 4:43 p. m..

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