Cavernícolas y todo por comprar un café en el aeropuerto | Opinión
Es una historia que no me contaron, sino que con impotencia la viví, mejor dicho, la vivimos en un aeropuerto —no digo donde para no señalar a la gente noble y buena de esa ciudad— que no tienen la culpa de lo que dos personas hagan.
El equipo formado por los camarógrafos Jorge Álvarez, Roberto Olivera, la productora Cynthia Oviedo y yo regresábamos a Miami luego de una intensa semana de trabajo. Usualmente tomamos siempre el primer vuelo, lo que nos permite llegar temprano a casa y hacer todos las cosas pendientes luego de una semana fuera.
Esta vez el vuelo salía a las 6 de la mañana, por lo que ya a las 3 de la madrugada estábamos en el aeropuerto. Mientras hacíamos el chequeo de las maletas todos pensábamos lo mismo:
“Antes de llegar a la sala de abordaje, llegamos a comprarnos un café calientito para despertarnos”.
De hecho, así lo hicimos.
Justo delante de nosotros y corriendo, llegó uno de los dos empleados del famoso establecimiento que vende por todas partes café. Nos vio que estábamos ya esperando a que abrieran el negocio que tenía justo al frente una hilera de sillas de otra sala de espera y donde los cuatro estábamos sentados.
Dejé mi maleta para guardar el sitio en la cola —que era el primero—.
Habría pasado una media hora cuando una mujer joven, haciendo caso omiso a que había una maleta ahí, bruscamente se fue a parar adelante, sin tener en cuenta la menor cortesía que sería preguntar de quién era la maleta y si esa era la línea.
Yo le dije que nosotros estábamos esperando delante de ella. Altanera y agresiva de inmediato respondió: “¿Esperando? Ustedes están ahí sentados, no esperando aquí”.
¡Nos quedamos con la boca abierta! Y la cosa se puso peor porque se quedó ahí sin intención de respetar la fila. En este punto un hombre joven que la acompañaba sin la menor educación, vino a formarse junto a ella sin importar lo que había hecho, mucho menos recriminarle su conducta.
Cuando el negocio abrió las puertas, de inmediato hicieron su pedido, pasando encima de Roberto Olivera, conocido por su carácter bonachón y sobre todo siempre pacifico.
Ahí sí que el buen Robertico no aguantó más y les reclamó su actitud increíblemente prepotente y grosera. El par aquel totalmente fuera de cualquier regla de cortesía hacia otra persona a la que voluntaria o involuntariamente se le quita el sitio en una fila de espera, hicieron lo contrario, cubanamente dicho, “A la cañona” se quedaron ahí mientras Robertico les hacía ver su error:
“Yo puedo aguantar muchas cosas, menos la zoquetería de nadie”. Jorge entró a calmar a Robertico quien sin lugar a dudas tenía razón.
“Ustedes saben que yo no me pongo violento con nada, pero no trates de pasar a la mala sobre mí. Si me hubieran dicho, disculpe, que no los vi, yo la entiendo y no pasa nada”.
Era verdad. Flagrantemente la mujer había impuesto su ley de la selva, al tiempo que seguía burlándose. Increíblemente, en voz alta, hablando mal de Robertico con el empleado de la tienda de café, que increíblemente no hizo nada para calmar los ánimos, lo que echó más leña al fuego.
“Si me dicen: mire, déjeme el lugar que tengo prisa, de inmediato le doy el lugar, pero eso de burlarse y quitarnos el sitio porque se le dio la gana… eso no se vale entre gente educada y con civilidad”.
Finalmente les dieron su orden y se fueron a la sala de abordaje, mientras nosotros comentábamos.
“No sé quién de los dos es peor, si ella con esa forma de comportarse como salvaje o él, que en vez de arreglar todo, le permitió a su mujer esa actitud”, decía Robertico.
Reflexiono en que ella es un claro ejemplo de un comportamiento cavernícola que no tiene freno ni por un café. ¿Qué clase de madre puede ser? ¿Qué les enseña a sus hijos? El colofón fue que, formados en la fila para entrar al avión, la pareja tuvo que soportarnos a los cuatro porque, íbamos al mismo lugar y sentados, conmigo adelante y con mis compañeros exactamente en la fila de atrás.
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Esta historia fue publicada originalmente el 22 de marzo de 2021, 3:23 p. m..