Contra todo lo que se pensara, las jóvenes tenían grandes modales | Opinión
Decidí tomarme un día de asueto luego de semanas sin parar y decidida a no pensar en nada, sin más llegué a uno de los centros comerciales más bellos que tiene Miami y que sin lugar a dudas es el de Bal Harbor, con sus tiendas de mega renombre, siempre con gente bien vestida, con la elegancia y el dinero a flor de piel. Ese día yo quería respirar algo de eso.
Cada vez que veía algo que llamaba la atención me repetía: “esto sí que es vida, a esta gente que lo tiene todo sí que no le preocupa nada”.
Decidí entonces ser mi propio “date” ese día, es decir tomar el lunch conmigo misma en el restaurante de comida japonesa que me gusta con una copa del riesling dulce que tanto me gusta.
Me encontraba en esa disertación cuando fijé mi vista en la mesa que estaba a un lado y donde se sentaron cuatro jóvenes de no más de 18 años.
Eran lindas, bien peinadas, requete bien vestidas en forma sport pero con elegancia, nada de mucha piel de fuera y poca tela, por el contrario, lucían muy modernas. Se veían animadísimas y de inmediato su comportamiento llamó mi atención.
Contrario a lo que se pensara, de que estas niñas ricas comenzarían a hacer gala de una mala educación, tratando mal al personal que las atendía, haciendo escándalos, en fin, muchas de las actitudes que vemos a diario, todo ocurrió de forma distinta.
A la mesa de las muchachas, quienes tenían carteras que seguramente no costaban menos de $3,000, se les acercó a saludarlas otra amiga y su madre, asumí yo. De inmediato todas, sin excepción, dejaron de hablar y prestaron atención a la señora y su hija, además saludándolas todas con mucha cordialidad, y volvieron a lo suyo cuando, poco después la madre e hija se fueron.
Yo las miraba complacida cuando llegaron los platillos y una de ellas, la que se veía que llevaba la voz cantante, explicaba a sus amigas las delicias de lo que habían pedido de la exquisita comida japonesa.
Todas hacían gala de buenos modales al comer, la servilleta en el regazo, utilizando correctamente los cubiertos y palitos de madera, a cada probada se veían alegres, y no había nada, nada fuera de lugar.
Con gran educación llamaron al mesero que les atendía en varias ocasiones para pedir lo que les hacía falta y el “gracias” y el “por favor” estuvieron por delante de todo.
¿De dónde habrán salido estas jóvenes tan educadas? Me pregunté, encantada de verlas comportarse como todas unas “ladies” en un mundo a donde muchísimas jóvenes difícilmente les interesa comportarse de esa forma.
¿De qué forma las han educado a pesar de lo que se ve alrededor es una gran mayoría que apenas saludan? Donde muchas chicas ni siquiera saben dar los buenos días, las gracias o pedir permiso como una cortesía, simplemente porque en sus casas no se los enseñaron nunca.
Sin lugar a dudas el gran trabajo lo han tenido los padres de ellas, que seguramente educan con el ejemplo.
Pregunto a la persona que llevaba los platos y cubiertos y el agua a esa mesa –porque ninguna de ellas pidió una bebida que no fuera agua embotellada, sobre la forma de comportarse tan especial de esas muchachas.
“En verdad —me dice— ellas son diferentes a muchas jóvenes que vienen y que son groseras, soberbias, que exigen cosas de mala manera solo porque saben que pueden pagar. Tiene usted razón en decir que las muchachas de esa mesa, si han hecho gala de algo, es de buena educación no solo para comer, sino para con nosotros los empleados más humildes después del mesero”.
Tocó el tiempo de irme y lo hice no sin antes ir a la mesa de ellas. Las felicite por ser todas unas “ladies” y les dije que me reconciliaron con las jóvenes que respetan y que llaman la atención por su forma extraordinaria de ser. Sonrieron agradecidas por mis palabras. No me fui sin antes decirles que felicitaran a sus padres por la gran labor de educarlas. De ellos ha sido la gran labor.
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