María Antonieta Collins

A veces en los elevadores se escuchan confesiones increíbles | Opinión

Unsplash

Estaba en la Ciudad de Panamá hace unos días, cuando, supremamente protegidos por las medidas anti-COVID en los elevadores de los hoteles, únicamente pueden ir dos personas y se advierte que por la distancia mínima los pasajeros deben de ir uno al frente y el otro en la esquina más alejada.

Así que me monté en un elevador mientras mi compañero de viaje iba muy ocupado hablando por su celular al fondo. Me di cuenta que habían innumerables pisos llamando al aparato, así que me dispuse a hacer lujo de la paciencia, cuando de pronto la conversación de mi compañero de jornada me dejó boquiabierta.

“¡Es mi mujer!”, dijo con tono alterado que llamó mi atención de inmediato. “¡Entiendan, no es la de nadie más!”.

Era una plática fuera de este mundo, de las que solo me tocan a mi mientras el elevador se paraba en pisos donde los que lo llamaron seguramente habían abordado otro porque nadie subía.

Me di cuenta que el joven iba aumentando el tono de su voz.

“¡Ninguno de ustedes se acuesta con mi mujer solo yo! ¿O sí?”.

En este punto me quedé picada con la conversación y sobre todo, obligada a escucharla, mientras el joven gritaba a alguien en el teléfono.

“Escucha Samurai… Di todo lo que quieras ¡que no te voy a hacer caso!”.

¡Ahí tuve el primer indicio! Había llamado “Samurai” a quien le escuchaba al otro extremo de la línea telefónica de su celular.

Mi intuición me decía que estaba peleando quizá con un amigo que le estaba hablando mal de su pareja, su mujer, quizá su esposa y que él estaba haciendo lo correcto defendiéndola, sabrá Dios de qué.

Comencé a especular en lo que había escuchado. Me dije para mis adentros, “de verdad que hay gente insidiosa como ese amigo que le llama a este chico. Hay que tener fuerza para llamar a un amigo para hablarle mal de su mujer...”.

En eso estaba cuando lo siguiente me dejó helada.

“Papá escucha… es inútil lo que me digas. La quiero y soy, te repito, quien se acuesta con ella y no ninguno de ustedes y no me importa nada, absolutamente nada”.

En ese punto —¡madre mía!— me di cuenta que el tal “Samurai” era el padre del joven quien seguramente lo llamaba así en confianza. La interesante plática siguió de largo mientras el viaje a la recepción demoraba.

“Es más papá, mira, que si me ponen a escoger entre ustedes o ella, ¿sabes qué? ¡Me quedo con ella y los dejo a ti y a mi mamá!”.

Escuchando aquello en verdad que no podía adivinar el tema que encendió aquella conversación entre hijo y padre, ni el sensible motivo donde el centro era la esposa del muchacho, y la gravísima acusación, quizá de infidelidad, mientras que el enamorado defensor en este punto había perdido toda compostura.

Me miró, y como si yo no estuviera ahí, siguió gritando a voz en cuello al celular, mientras yo no sabía qué hacer, si salir o quedarme ahí. Al final, como la reportera que soy, decidí abrir mi celular y comenzar a escribir los puntos clave de aquella “confesión de elevador” porque seguramente tendría que escribir esta columna.

“No pierdan su tiempo. En verdad que no lo pierdan. Naaaada de lo que me digan me hará cambiar lo que siento y mucho menos hacerles caso”.

De pronto la puerta del elevador se abrió anunciando que yo había llegado a mi piso y salí dejando al joven peleando con sus padres.

Debo confesar que me hubiera gustado con algún pretexto seguir montada en aquel elevador viendo en que terminaba aquel increíble dialogo entre un padre y su hijo.

También pensé en el dolor del padre de escuchar “si tengo que escoger entre ella y ustedes… me quedo con ella”. Sin lugar a dudas fueron una increíbles confesiones en un elevador.

Siga a María Antonieta Collins en Twitter e Instagram: @CollinsOficial. Correo: mariaantonietacollins@yahoo.com.

Reciba acceso digital ilimitado
#TuNoticiaLocal

Pruebe 1 mes por $1

RECLAME SU OFERTA