El dolor de Liliana, 20 años después del 9/11 | Opinión
El abrazo no fue diferente al que hubiera dado a cualquier familiar a quien no hubiese visto por años: largo, esperado, con lágrimas que anudaban la garganta.
Nos abrazamos fuerte, y lloramos.
Conocí a Liliana Ospina exactamente en la zona cero de las Torres Gemelas la tarde del 12 de septiembre de aquel trágico 2001.
¿Por qué la exactitud en la fecha? Por algo dolorosamente imborrable. Era la mañana siguiente a los ataques, y mientras con un equipo de Noticias Univisión formado por la productora Marilyn Strauss y el camarógrafo Ángel Matos habíamos manejado desde Miami 18 horas con 20 minutos, con solo dos paradas para recargar combustible, llegamos por la madrugada y nos estacionamos donde nadie nos dijo que no se podía.
Con la oscuridad de aquel momento no lo sabíamos, pero al amanecer nos dimos cuenta que estábamos a dos cuadras de la zona cero.
Con el paso de las horas el auditorio siempre fiel al Noticiero Univisión nos iba a buscar con la esperanza que diéramos a conocer la foto de sus seres queridos desaparecidos. Así llegó a mi vida la historia de Liliana Ospina. La recuerdo como hoy. Hablaba en presente de Víctor Hugo Paz, su pareja, ambos colombianos, y me contaba todo mientras gesticulaba señalando con dirección a la Torre Norte.
“Yo sé que él está vivo. Él es muy inteligente. Él trabajaba ahí en la pastelería del restaurante Windows on the World, en el piso 106”.
Recuerdo que mientras ella señalaba al sitio yo me decía para mis adentros: “Ahí ya no hay nada”.
Y así pasaron un par de días con Liliana a diario actualizándome su vida. Al tercer día me decía, “Seguro que él está en un hospital y aún no registran su nombre. Al quinto, “Él no debe poder hablar por eso no me ha llamado”. Cuando pasó una semana me fue a buscar. Traía una bolsa de plástico.
“Aquí llevo la última ropa que uso, su cepillo de pelo y su cepillo de dientes. Seguramente Víctor no sobrevivió”.
Pasó de la negación de que su pareja estaba en un sitio imposible de sobrevivir y le llegó la aceptación de lo impensable.
“Él no se tiró, tampoco fue para abajo. Él seguro que subió esperando que los helicópteros los rescataran del techo de la torre. Probablemente ahí le tomó el desplome de la torre”.
Después no supe nada de ella y pasé 19 años buscándola por cielo, mar y tierra hasta que en este aniversario número 20 di con su paradero y le rogué que me contara su historia.
“Sigo viviendo en el mismo departamento que compartíamos. Sigo pensando que él hubiera sido un gran padre porque era un gran esposo. Estábamos en el proceso de tener familia y de este departamento salió dejándome un beso en la mejilla, y nunca más volvió”.
Se ha reconstruido con terapias, pero aun en su vida quedan heridas:
“Cómo aceptar que en un sitio hay una placa donde está su nombre grabado y nada más, porque nunca recibí nada más que me permita llorarlo en una tumba. Únicamente el recuerdo y la fuente donde estuvo la Torre Norte, pero eso no me ayuda a cerrar esa etapa”.
“Poco a poco he ido aceptando al ver las torres desde la terraza de mi depto., algo que hacía a menudo, que de pronto ver no había una y que después no estaban las dos. Eso es algo que los ojos ven, pero que la mente no entiende”.
Le pregunto si dos décadas después aún hay dolor.
“El dolor se mitiga… pero nunca se irá”.
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