La tecnología infantil de los años 50 que nos mantenía entretenidos | Opinión
Nunca imaginé el revuelo que causaría en mis redes sociales una foto que publiqué hace poco.
Durante uno de mis largos viajes de trabajo hacia la costa oeste mataba el tiempo haciendo algo que ya es un asunto de la prehistoria: tejiendo una colcha, “throw” le llaman ahora en forma moderna.
La gente comenzó a preguntarme: ¿Cómo aprendió? ¿Qué tan difícil es? ¿Sirve en verdad para relajarse y disminuir la ansiedad? ¿Cuándo decidió ponerse a tejer?
Las respuestas eran de lo más sencillo, al igual que es para la gente de mi generación, es decir, para quienes éramos niñas en la década de los 50. En Veracruz, México mi amada abuela Doña Raquel, quien era conocida por ser excelente cocinera y repostera, también era un portento para lo que una ama de casa debía saber: bordaba manteles, servilletas, tejía de gancho y en punto de Crochet y era una maestra en el tejido de las agujas.
De más está decir que, como primera nieta, a mi me tocó aprender todo aquello que siempre me repetía: “una mujer siempre debe saber tejer, bordar y cocinar”.
Ay, mi abuelita adorada, lo cierto es que murió muy joven y no vio a su nieta en todas las aventuras por donde la vida me ha llevado y más triste aún: no pudo saber que tan gran maestra fue y como su nombre lo menciono por todas partes cuando la gente saborea mis platillos, por supuesto, todos ellos con la receta de mi abuelita Raquel.
¿En qué nos entretenían cuando éramos niños? La televisión nació en la década de los 50 y no todos tenían una en casa. Sin celulares, tabletas electrónicas, pantallas para ver películas de muñequitos, juegos de video, internet, redes sociales, sin nada para distraernos, la realidad era una y muy clara. Las tabletas electrónicas y demás distracciones que existen hoy entonces equivalían a una sola cosa: a las manualidades que se aprendían a la fuerza.
Así que las agujas de tejer fueron mi mayor distracción. Y me encantaba poder crear piezas que salían de una bola de estambre. Ahora sé que el tejido borra la ansiedad o por lo menos la disminuye, también que facilita la concentración, que perfecciona el enfoque, ¡y cómo no! si hay que estar listo para no perder la puntada de derecho y revés, so pena de hacer las cosas mal y tener que deshacer el tejido y comenzar de nuevo hasta que las cosas sean lo más cercano a la perfección.
Las niñas tejíamos de todo.
En realidad, nunca me imaginé que las palabras de mi abuelita Raquel fueran proféticas:
“Ahora lloras m’hija, pero algún día me agradecerás que te haya forzado a aprender todas las cosas que una niña debe saber para en su momento ser una gran ama de casa”.
Ay, abuelita —recuerdo haberle dicho en más de una ocasión— para que yo me case falta mucho, si apenas son una niña.
Cuando todo aquello que aprendí a la fuerza y de lo que hoy me enorgullezco parece ser pieza de museo, hoy bendigo las manos femeninas que me lo enseñaron.
Lo demás es sencillo de entender: fuimos una generación donde la observación, la agudeza, y la comunicación no tenían rivales.
No había textos por teléfono, ni aparatos que distrajeran la atención de ninguna forma. Así que las agujas de tejer y el estambre hoy tendrían un equivalente en toda la tecnología con que crecen nuestros hijos y nietos.
El asunto es, ¿con tanta tecnología quién les va a enseñar lo que nosotros aprendimos entonces?
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